Rusia 5 – Arabia Saudí 0

Además de confirmar que el partido que inaugura todo Mundial de fútbol es un jodido tostón, el Rusia contra Arabia Saudí que ha abierto la edición de este 2018, y que también se celebra en Rusia, ha aclarado otras dos cosas: la primera es que la relación de Rusia con el entorno árabe es cada vez más profunda, y para muestra los manoseos de Putin con el gerifalte arábigo que en cada gol transmitía, sin ahorrarse detalles ni cámara lenta, el operador que televisa este mundial; y la segunda: que es mejor quitar el sonido de la tele antes que tener que escuchar las retransmisiones pazguatas y estúpidas de los comentaristas de Mediaset. Poco podremos hacer, existe algo peor que las tres mellizas: CarreñoKikoCamacho; y ese no es otro que Luque, y llegará. Pero podría ser aún peor: Antonio Esteva.

Tras todo esto, casi poco más se puede añadir a la victoria contundente de los rusos contra los árabes. El juego casi romántico que practica Arabia Saudí no fue suficiente para detener a una Rusia que, planteada para el contraataque por su entrenador Stanislav Cherchésov y con muy poco, le endosó cinco goles. Si bien tres de ellos fueron en la segunda parte de los que, los dos últimos, se gestaron en los minutos de alargue.

Ver jugar a Arabia Saudí, a pesar de tener un entrenador correoso como el argentino, naturalizado español por mor de Clemente, Juan Antonio Pizzi, es volver a un fútbol de otra época. La selección saudita parece no haber llegado aún al HD, se comunica con imágenes televisivas de grano ochentero. Un fútbol para románticos, sin los corsés tácticos del fútbol físico europeo. Un fútbol al que solo le podría haber convenido el caos para prosperar frente a unos titanes rusos mejores física y tácticamente.

A pesar de eso, la primera parte tuvo algún destello, como ver a Al Dawsari, elástico, intentar cruzar media cancha al más puro estilo del “Mágico” González. Pero no fue suficiente. Tampoco lo fueron las ocasiones que el conjunto saudí tuvo a balón parado y que estuvieron muy bien ejecutadas. Los rusos impusieron primero su físico. Luego la táctica. Y finalmente ganaron gracias a Gazinski en el minuto 11’ del partido, en segunda jugada tras córner; y después por el golazo de Cheryshev, que fue de la partida por la lesión de Dzagoev en el minuto 24’, y que sentenció el partido con un soberbio zurdazo a la escuadra después de un recorte sensacional en el área saudí, también en segunda oportunidad tras el lanzamiento de otro córner y rozando el final de la primera parte.

El resto fue una filfa que demuestra que un mundial de fútbol con treinta y dos equipos, y tal y como está planteado, solo tiene emoción durante la última jornada de grupos y, sobre todo, a partir de los octavos de final. Una cuestión que no es menor, pues a partir del mundial de 2026 -que se repartirán Canadá, Estados Unidos y México-, serán cuarenta y ocho los equipos que participen.

Tampoco la novedosa implantación del VAR fue, no ya decisiva, siquiera útil. Y eso que en la primera parte hubo dos claros fueras de juego de Rusia que no fueron señalados, e incluso la jugada del primer gol ruso resultó polémica en directo, y tampoco fue repetida por el operador desde un ángulo oportuno, -quizá más interesado en las manitas que en el palco se hacían el presidente ruso y aquel que fuera el representante saudí,- por lo que se vio al defensor de Arabia Saudí caer al suelo sospechosamente ante el impulso de Gazinski.

Poco más se puede relatar del cinco a cero perpetrado por los rusos, pues Arabia Saudí, técnicamente digna, no es un equipo que pueda hacer sombra a ninguna selección europea que participe en este mundial.

Se podrían destacar las incorporaciones al ataque que hizo en la primera parte el lateral diestro ruso-brasileño Mário Fernandes. Pero las notas de calidad las puso Golovin en la media-punta, muy liberado cuando Dzagoev tuvo que ser sustituido. Y la verticalidad ser personificó en Cheryshev, el hijo del icono de finales de los noventa del Sporting de Gijón Dmitri Cheryshev, que con dos goles en el partido reclamó una titularidad que incomprensiblemente aún no parece haberse ganado. Quizá la lesión de Dzagoev le limpie de rastrojos el camino.

 

Luis Aragonés qué borracho es

Luis Aragonés, qué borracho es. Eso decían en los tantos campos del fútbol español.

No sé si pensáis en la muerte. O al menos tanto como lo pienso yo. Porque yo lo hago constantemente desde que tengo uso de razón. Y, al fin y al cabo, lo único que tengo claro es que somos una comunidad de animales que habita en el planeta Tierra. Así que morimos como cuando muere la polilla que nos estorba en el armario. Y que entonces se acabó todo.

Por desgracia, nuestra educación judeocristiana nos imprime un miedo irracional hacia este suceso, el de la muerte, que sólo circunstancias tales como las que se sucedieron el pasado domingo dos de Febrero de 2014 en el Estadio Vicente Calderón nos alivian la melancolía y nos hacen creer, más allá de la conjunción de los planetas, en que todo esto tiene finalmente un sentido.

Y es que el Atlético de Madrid enfrentaba en casa la tercera fecha de la segunda vuelta del campeonato nacional de Liga contra un equipo de Champions, la Real Sociedad, mientras la Parca, un día antes, se llevaba para siempre a un tal Luis Aragonés.

Y sin ese detalle, sin ese matiz, el de la muerte, el domingo habría transcurrido como tantos otros, conociendo el resultado del rival directo, el F.C. Barcelona, que había perdido en el Camp Nou contra el Valencia, un pimpampum en el Calderón. Y teniendo muy claro que los rojiblancos, en parte amedrentados por la responsabilidad, en parte por el que se viste de negro que también conoce el resultado del rival, no podrían haber hecho otra cosa que igualar a su contrincante.

Pero esta vez no fue así.

El partido es fácil de resumir. Durante los primeros ocho minutos de silencio (detalle espontáneo de los socios), ninguno de los equipos se atrevió a hacer nada aún contagiados por los elogios y homenajes a Luis Aragonés.

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Probablemente, el momento más emotivo que el que suscribe ha vivido en el Calderón.

A partir de ahí, la Real Sociedad dominó la posesión del balón para manosearlo de un lado a otro, horizontalmente, pero sin capacidad para crear ocasiones de gol importantes. Hasta que en la segunda parte, tras del 1-0 de Villa en el minuto 38 y que la Real Sociedad continuase con su guión del horizontalismo, saltara al campo un brasileño llamado Diego Ribas Da Cunha para convertir el pragmatismo del Cholo Simeone en brillo, lustre, magia y poesía. Y desde ese momento, casi cincuenta mil gargantas se unieron para determinar un encuentro a favor de los de casa a través de la emoción y de la pasión. El equipo resplandeció gracias al brasileño y la grada respondió en comunión con el conjunto y con devoción a un jugador que, como Billy el Niño, tiene en el ADN la sangre fría y la belleza. Cuatro contra cero en el tanteador. Con Diego, que debutó con gol. Y que cerró la boca a todos aquellos que consideraban equivocado su fichaje.

Como tuvo que morir Luis Aragonés para acallar el menosprecio de un país que aún está en deuda con él.

Puerta 8, Puerta Luis Aragonés
Puerta 8, Puerta Luis Aragonés

Al parecer Don Luis era un tipo huraño, esquivo y malcarado. Todos dicen que era de esos que no hablan. Pero demostraba su empatía y amor a través de sus gestos y acciones. Es como el tipo ese que tenéis por el curro. Ese que va con una camiseta raída y unas zapatillas de hace diez años, mientras todos vosotros vais en traje. Don Luis vestía de chándal mientras los demás visten de traje. Sí, no sé si os acordáis de ese tipo, ese que no se sabe muy bien cómo, pero que conoce al dedillo las vicisitudes de su negocio, aporta ideas y soluciones, y es capaz de cambiar su filosofía del contragolpe puro por el juego de la posesión. Es decir, aquel que sabe, como se dice ahora, valorar los daños, pero para aprehender (sí, con h) y tomar las apropiadas decisiones de mejora.

Llevó al Oviedo a la UEFA. A un ramplón Mallorca a la Champions League. Para luego seguir los meandros de su vida y volver al Atlético de Madrid segundón y llevarlo de nuevo a la Primera de la supuesta mejor Liga del Mundo.

Después fue seleccionador de España. Y tras el batacazo en el Mundial 2006 de Alemania ante Francia, a la postre finalista frente a la Italia campeona, y las dos siguientes derrotas en la fase de clasificación para la Eurocopa 2008 de Austria y Suiza, en la que España resultó campeona contra Alemania, además del caso Raúl, aquel 7 de España, Don Luis decidió dejar de tratar con la prensa. O con determinada prensa. Con muchos de los que hoy le alaban y bendicen y que en aquel momento le creyeron un viejo que chocheaba.

Sin embargo, convirtió en competitiva a una selección, la española, abocada al fracaso en cuartos de final de las competiciones, poniendo de relieve y dando toda la confianza y la responsabilidad a jugadores tan jóvenes como aquel Cesc Fábregas, fundamental tanto en aquella Eurocopa como en la posterior final del Mundial 2010 en Sudáfrica .

Dirán que un pícaro, un listo, un Lazarillo tan típicamente español. Sí. Pero no os confundáis, para llegar a todo eso no se le puede tachar la condición de Sabio.

Según dicen, nunca nadie habló mal de él. Me refiero a sus pupilos. Y eso que era un tipo huraño, esquivo y malcarado que, según Andoni Zubizarreta, respondía al cariño con un gruñido.

Los atléticos enfilamos el Paseo de los Melancólicos con el fino sabor de la herencia y el magisterio de Don Luis. Líderes.

Mientras Don Luis se fue en silencio. Descanse en Paz.