Camarón: Flamenco y Revolución

  “Contar” la música es una profesión de riesgo. Más aún si el que la trata de “contar” es español. Por desgracia, al contrario de los anglosajones, el conocimiento técnico musical escasea en casi todas las crónicas y relatos musicales que se hacen en España. Algo con lo que se puede salir adelante, incluso en algunas revistas especializadas, pero que no debería abundar en trabajos digamos más “científicos”, especializados y centrados que no solo tratan de dar a conocer y definir los abstracto (la música, el gusto musical), por ejemplo, a través de la metáfora. Cuando uno se sienta para ver un documental, Camarón: Flamenco y Revolución dirigido por Alexis Morante, de cuyo título (revolución) implícitamente se infiere el análisis de un cambio, debe estar preparado para conocer aspectos más específicos a cerca de eso que los propios autores han denominado Revolución. Y es que tocar una figura clave en el desarrollo de la música, tan manoseada como la de José Monje Cruz, el Camarón de la Isla, es difícil si no se aporta nada nuevo sobre ella o una perspectiva distinta de la oficial. Y eso es lo que no hace la reciente producción de Netflix, Camarón: Flamenco y Revolución (que también puede verse en algunas salas de cine desde el pasado 1 de junio). El documental ni siquiera profundiza en el aspecto revolucionario de La Leyenda del Tiempo, el disco publicado en 1979 y que supuso una nueva forma de entender el flamenco. Así que la pieza no deja de ser, por tanto, un acercamiento al cantaor de San Fernando lineal y sin consistencia que bien podría haberse titulado Camarón de la Isla para Dummies.

  A lo largo de una hora y cuarenta y cuatro minutos, asistimos a la biografía –o quizá debamos llamarlo hagiografía por el tono del documental– ya conocida de sobra, tanto por neófitos como por los más versados, de José Monje Cruz, el Camarón de la Isla. Desde su nacimiento hasta su muerte, desde sus inicios en la Venta de Vargas, pasando por su trabajo en la compañía de Juanito Valderrama, su sociedad con Paco de Lucía y, posteriormente, con Tomatito, hasta que fallece a consecuencia de un cáncer de pulmón en 1992 y asistimos, entonces, a las archiconocidas imágenes de su entierro, en las que su ataúd es prácticamente engullido por un mar embravecido de gentes.

  Nada nuevo, todo eso está a la mano de cualquiera que posea una conexión a internet, googlee Camarón y pinche en el enlace de la Wikipedia. Y no es de extrañar si atendemos a los créditos que nos advierten, al final de la película, que los asesores de guion fueron Ricardo Pachón (productor de Camarón desde La Leyenda del Tiempo), Luis Monje (hijo de Camarón) y, cómo no, “La Chispa”, la mujer de Camarón. Y es que incluso en la documentación especial para el guion aparece el propio libro de La Chispa: La Chispa de Camarón.

  A todo esto, tampoco ayuda la sobreactuada e intensa narración de Juan Diego que, en lugar de ser la voz neutra que introduce o acompaña al contenido y a la imagen, se muestra como un piropeador torpe que se da importancia sobre el entendimiento de lo intangible (el aire, el duende, el quejío), de los clichés que a muchos no iniciados espantan cuando intentan aproximarse al flamenco y que, además, no sirven más que para redundar una hagiografía melodramática que lleva a ninguna parte.

  Como consecuencia de todo esto, hay en el documental una poesía mal interpretada por mal entendida y exagerada en la que la concreción se olvida por una intensidad impostada que no es verosímil y que ni siquiera hace bien a lo que se está retratando, porque suena a viejo, cuando, en el fondo, Camarón fue modernidad.

  El oficio del que “cuenta” la música no debería consistir en rellenar un relato con expresiones como mito, leyenda o magia; el que “cuenta” la música debería ahorrarse esos caracteres para explicar, exponer y relatar una historia que el espectador, entonces sí, valorará como mito, leyenda o magia; o como una puta mierda. Con esta condición presente, el resultado de Camarón: Flamenco y Revolución es el de una historia buenista, agradable, autocomplaciente y pagada de sí misma que no aporta nada sobre una de las figuras más especiales y relevantes de la música en español.