Paquita Salas

  No, Paquita Salas no es la mejor serie de la historia audiovisual española. La comedia creada por Javier Calvo y Javier Ambrossi, estrenada en Flooxer en 2016 y desarrollada en Netflix en 2018, es directa, divertida y engancha – a un público que se relacione bien con las formas del humor actuales – pero, a pesar de la euforia, existen algunos puntos en los que la serie patina.

  En Paquita Salas todo gira alrededor de la propia Paquita, personaje interpretado por Brays Efe. La mimetización de Efe con Paquita es brutal, hasta el punto de resultar natural cuando Paquita va a mear y se limpia el coño, e incluso cuando folla con su exmarido, ejecutado por Andrés Pajares, cuyas apariciones en la serie son de los mejores momentos de su carrera profesional. Paquita tiene una agencia de representación de actores anclada en los noventa. Una secretaria, Magüi (Belén Cuesta). Y un porrón de actrices que, cuando consiguen su primer éxito, la abandonan, principalmente por otro representante de actores, interpretado por Secun de la Rosa, al que Paquita enseñó en sus inicios; y encima esas actrices que se van no la pagan los gastos de representación. Y a partir de aquí, con un imaginario particular – Paquita fuma ducados, bebe Larios y come torreznos –, la trama se desarrolla como un falso documental en el que predomina la histeria y en el que la representante trata de atraer – a actores, al espectador implícitamente – a través de cualquier artimaña, ocultando (manifestando) todos sus puntos débiles y fracasando en cada intento, ya sea profesional o personal. Como prueba de su fracaso: Lidia San José, que se interpreta a sí misma, – “la niña de A las diez en casa y Aladina” –, la única actriz que perdura con Paquita y cuyo logro con ella es ostentar el récord de “Pasapalabras” (apariciones en el programa). Paquita es una mujer desengañada y hundida. Y así nos deja el final de la segunda temporada.

  De esta manera, la serie es directa, avanza sin melodramas, las subtramas, que se agradece que sean pocas, se resuelven con rapidez y verosimilitud y no ocultan el objeto principal. No se trata, por tanto, de un drama con sketches (Los Serrano). Además, los entre veinte y veinticinco minutos que dura cada uno de los diez capítulos que componen las dos temporadas de Paquita Salas (5+5) son suficientes para hacer buena comedia y entretener al espectador sin recursos cargantes que a uno le saquen de la historia principal.

  Además de ser directa, Paquita Salas es ocurrente y hábil en los diálogos. Casi todos los personajes – los principales y las colaboraciones – están contenidos, metidos en el contexto y no patinan ni resultan chirriantes. Por ejemplo, el anteriormente citado Andrés Pajares, o Lydia Bosch que interpreta a la tía Alicia – sí, la de Médico de familia – que lee el cuento de ‘Paquita Salas’ al comienzo de la segunda temporada, y que posiblemente también sea de las mejores actuaciones de la carrera de la actriz de televisión más mediática en la España de los noventa.

  Dentro de esa frenética euforia también aparecen a lo largo de la serie con actuaciones interesantes: Belinda Washington, Ana Obregón, Miriam Díaz Aroca, Antonio Resines o Ignatius Farray. Casi todos sin desentonar. Actores y actrices que se interpretan a sí mismos, o a un personaje (increíble la Noemí de Yolanda Ramos en la segunda temporada: desparpajo y casticismo), pero siempre en las últimas u olvidado, y que se suman a una atmósfera amateur, de no haber nadie al volante, y que imprimen esa pátina de oscuridad y decadencia que es el mayor acierto de la serie. Pero a la vez uno de los conflictos que pueden echar para atrás a aquellos espectadores no versados en el humor negro, en la mala leche, en provocar la risa a través de la incomodidad o el ridículo.

  Y con todo esto aún Paquita Salas no es la mejor serie. Tampoco es que debiera haber un ranking. Pero no lo es porque, una vez planteado el grueso de la imaginería personal de los creadores – que ya lo hicieron en La llamada y que cuentan aquí con un reparto similar al del musical o la película –, una vez expuestas las formas heterodoxas del humor actual, el final de cada capítulo es buenista, es adorable, invita a la melancolía de la forma más tosca. Paquita Salas es un corderito con piel de lobo que agacha la cabeza en lugar arramblar con todo y con todos. Amaga, pero no golpea. Provoca la sonrisa feliz, a veces la lágrima, en un espectador cuyas expectativas eran más altas: el caos total.

  Paquita Salas es un pastiche que se fija en las comedias americanas del estilo (Curb your enthusiam, The Office, la americana; Sarah Silverman, sin gamberrismo), pero que hunde sus raíces en la tradición y, sobre todo, en la caspa española. Recupera actores y presenta a otros. Mezcla realidad y ficción. Es moderna y demodé al mismo tiempo. Y además, tras esa capa de amateurismo preciso, es divertida y entretiene, a pesar de que los puntos de maldad, que sería lo verosímil del trasunto, son pocos y azucarados. Y si esto es así ahora, la compra de la serie por parte de Atresmedia – que ya la está difundiendo por Neox y que desarrollará la tercera temporada – incita al espectador a hacerse una pregunta: ¿dónde estará el límite? Porque Atresmedia no es una escuela de arte y ensayo, es un conglomerado de empresas cuyo fin es el rendimiento económico de sus productos. Y los parámetros de las comedias para la televisión – o melodramas con sketches – no conectan con lo que propone Paquita Salas: brevedad, concisión, crudeza, decadencia y humor heterodoxo.

España 2 – Marruecos 2

Venía Marruecos al partido frente a España calentada por los malos arbitrajes que la eliminaron de un Mundial de fútbol, Rusia 2018, en el que, salvo excepciones como Perú -también eliminada en primera ronda- o Croacia y la propia Marruecos, ningún equipo ha jugado bien al fútbol. Lo que ya es un arquetipo construido a través de la historia de los últimos mundiales, y posiblemente con el que ganó España a la cabeza por ser el peor mundial de la historia reciente.

Pues venía Marruecos quejándose de los arbitrajes y siendo una de las selecciones que mejor fútbol ha mostrado hasta ahora gracias a su seleccionador, Hervé Renard que, además de guapo, conoce al dedillo el fútbol africano y las bazas que deben jugar sus equipos en los torneos internacionales. Ahí están sus copas de África conseguidas con Zambia en 2012 y con Costa de Marfil en 2015, o su puesto de asistente de la mejor selección de Ghana de la historia durante los años 2007 y 2008, una selección que luego llegaría al Mundial de 2010 para ser la sensación de una competición plana de la que Ghana fue eliminada injustamente por la Uruguay de un incipiente Luis Suárez -es memorable el penalti que cometió frente a Ghana y que Gyan, uno de los mejores jugadores del torneo de 2010, falló- y un bota de oro como Forlán.

Así que Marruecos, tras veinte años sin participar en un Mundial, se presentó frente a España, en el partido definitorio para los españoles, solo con la garantía de salvar su honra, una vez que, con dos partidos perdidos, contra Irán y Portugal, sorpresivamente y por el peso de las decisiones arbitrales, ya no tenían opciones para poder clasificarse para los octavos de final.

España, en cambio, con una selección de jugadores adorados hasta el ridículo, se presentó, en el partido determinante para optar a la clasificación para los octavos de final, tras dos encuentros frente a Portugal e Irán en los que el juego de “La Roja” había sido tan plano como el cerebro de aquellos que ahora, en el siglo XXI, vuelven al antropocentrismo y consideran que el planeta Tierra es tan llano como el lenguaje del pobre seleccionador español, Fernando Hierro. Un tipo, el malagueño, que a pesar de todo asegura buenas intenciones para salvar de lo grotesco a una selección apuntillada por la irresponsabilidad de Julen Lopetegui al firmar por el Real Madrid a solo dos días de comenzar la competición.

Con estos fundamentos llegaban las dos selecciones a un enfrentamiento en el que, para ambas, el premio era mucho mayor que solo una victoria efímera.

Así que Marruecos salió alegre en la primera parte, con una alineación ofensiva para tratar de presionar a España en un medio campo que, sin una solución como la que consiguió el exseleccionador Vicente Del Bosque en el Mundial 2010 al poner a dos medio centros defensivos (Busquets y Xabi Alonso) y un medio centro puro (Xavi), aún no se ha determinado por una dirección (defensa-ataque) y en el que la posición de acompañante de Busquets ha rotado en los tres partidos que lleva disputados “La Roja” hasta el momento. De esta manera, la línea de cuatro media puntas marroquíes formada por Ziyech, Belhanda y sobre todos Boussoufa y Amrabat, con El Ahmadi de contención por detrás, puso en muchas dificultades a un medio campo español en el que Thiago siempre partía por detrás de Busquets y al que tenían que bajar los media puntas españoles, Isco e Iniesta, para tratar de desatascar un juego en el que el balón lo manipulaba Sergio Ramos como quien se bebe tres copas y se mira en el espejo y se dice a sí mismo que está en su mejor momento.

En una de esas contiendas llegó una entrada de Piqué con las dos piernas por delante en la que el jugador español debió de ser expulsado. En la siguiente, Sergio Ramos, creyéndose de nuevo Rijkaard en la Holanda de los ochenta, puso en problemas a Iniesta para posteriormente desatender el pase del media-punta, perder el balón y dejar a Boutaib solo frente a De Gea. El delantero marroquí hacía el cero a uno a favor de los “Leones del Atlas”. Llamó la atención en todo esto, mientras Marruecos ponía difícil no solo la victoria de España, sino su continuidad en la competición, que, en la jugada decisiva del partido hasta ese momento, fuera Iniesta el que corriera más que Sergio Ramos para defender el error del defensa.

Pronto, a los cuatro minutos, Isco remató dentro del área un balón cedido por Iniesta al pase de la muerte tras una orientación sensacional de Diego Costa, posiblemente el mejor jugador del partido, en el borde del área defendida por los marroquíes. Isco hacía así el uno a uno y, si mientras Portugal ganaba a Irán, España se clasificaba para los octavos de final, eso sí, en segunda posición. Era el minuto 19’ del partido, y en el 24’ otro error de la defensa española al saque de banda de Marruecos dejó solo, en uno contra con De Gea, a Boutaib que, apresurado, erró el disparo lanzándolo al cuerpo del portero.

Desde entonces siguió errando España. Con un Sergio Ramos aún más romo y preocupado de sí mismo que en su propio club. Con una selección que tiene que adaptarse al juego lento y parsimonioso de Isco, un jugador que solo sobresale cuando se le da esa potestad, ese protagonismo, pero que no es válido para el juego tejido que quiere realizar España. Con un Iniesta que solo aporta detalles sin sentido práctico y que molesta a Isco, igual que Isco molesta a Iniesta. Y con unos Diego Costa y Silva trabajadores, tratando de abrir huecos en la defensa marroquí, pero con poco protagonismo en las combinaciones por la dejadez de Isco e Iniesta. Y con un Thiago Alcántara acompañando a Busquets que solo puede demostrar dos cosas: la primera es que Hierro no tiene claro el compañero de la boya española en el centro del campo; el segundo es que se infiere, con esta alineación -en la que no se produjeron los cambios que vaticinaron los comentaristas de las nadas durante los días previos al partido-, que Saúl debe sufrir un estado físico deplorable para no escoltar al 5 español en el centro del campo.

Las sensaciones que transmitía España al descanso eran las de un equipo agotado y sin rumbo. Y la segunda parte las confirmó. Iniesta e Isco torpes, pero adorados por el colectivo hasta creer que deben seguir jugando como por decreto, mientras esperan en el banquillo Asensio y Aspas. Y mientras Silva, escorado en la derecha, no tiene el protagonismo que sí soporta en el Manchester City.

El juego español en la segunda parte fue desastroso. Diego Costa y Silva se movían entre líneas para intentar aclarar el borde del área marroquí, pero Isco prefería sobar el balón sin una intención clara. España se diluía, salvo por los arranques de bravura de los laterales tratando de echar el balón hacia adelante, con Diego Costa memorable soltando la pelota al primer toque y dejando en posiciones ventajosas a sus compañeros. Pero el fútbol no fluía y Marruecos aún daba la impresión de poder acabar con los españoles en un contragolpe gracias a la presión de la línea de cinco en el medio del campo y al repliegue defensivo que ponía a seis jugadores al borde del área defendida por Munir, pero sin acularse ni achicarse.

En esas, con seis jugadores marroquíes incorporados al ataque, vino un disparo de Amrabat con derecha desde el costado y fuera del área que a punto estuvo de colarse por la escuadra de la portería defendida por De Gea. El balón golpeó la cruceta y rebotó en el suelo mientras el propio De Gea permanecía impasible e incluso cerraba los ojos. El rebote hubiese dado una segunda oportunidad para hacer gol a un delantero con más picardía de la que demostró en ese instante Boutaib. Era el minuto 54’. Y hubo que esperar casi diez minutos más para que España respondiese con un cabezazo de Isco a centro de Carvajal desde la derecha, después de una apertura de espacio de Silva -incluso pudo haber rematado- y un pase de Diego Costa, como un frontón, que dejó al lateral con espacio suficiente como para poner un buen centro.

Sin mucho más que añadir, salieron Aspas y Asensio por Thiago y Diego Costa. Se notó el coraje y la inteligencia del gallego, pero que posiblemente juegue mejor en las posiciones de Iniesta o Isco, por detrás del delantero, como la pasada temporada jugó en el Celta por detrás del uruguayo Maxi Gómez, que hoy debutó en el mundial frente a Rusia.

Así llegó una flamante oleada de Marruecos que terminó con un córner sacado por Fayçal Fajir y que remató de cabeza En-Nesyri a la escuadra izquierda de De Gea. Otro error de Sergio Ramos, esta vez en la marca de En-Nesyri al que dejó solo. De Gea podría haber salido, pero poco más se le puede achacar en este gol al portero. Era el uno a dos y de nuevo España estaba por detrás en el marcador y, con la incertidumbre del resultado del partido que jugaban Irán y Portugal, con los planes de clasificar para octavos completamente desmantelados.

Fue más allá del 90’, de nuevo los minutos más resolutivos en otro partido de este Mundial de Rusia, el momento decisivo del encuentro. Centró Carvajal por la derecha y Aspas, moviéndose como pez en el agua entre líneas, de un taconazo soberbio mandaba el balón contra las redes de la portería marroquí para hacer el dos a dos. Aspas demostró así lo injusto de su suplencia en una selección que ni juega ni gana.

El gol de Aspas vino acompañado de un penalti a favor de Irán con el que los iraníes consiguieron empatar el partido contra Portugal y qué a su vez, gracias al gol de Aspas, puso primera del grupo B a España, salvándose así “La Roja” de disputar los cuartos de final contra Uruguay, selección a la que todos los opinadores dan como muy favorita, pero que hasta hoy no demostró nada.

El lado del cuadro de España a priori debería de estar despejado de selecciones incómodas, a parte de Rusia, la organizadora -como Corea del Sur en 2002- y rival en octavos de final. Pero, teniendo en cuenta que caerán por ese lado Bélgica o Inglaterra -aunque solo se han mostrado ante selecciones de muy bajo nivel como Túnez y Panamá-, y que ni Alemania ni Brasil, ni siquiera Francia -pues depende del último partido frente a Dinamarca, aunque le vale el empate para ser primera del grupo C-, tienen aseguradas las primeras plazas en sus grupos, el descosido futbolístico español se puede unir al destrozo de tópicos en los resultados de este mundial y dar con unos octavos de final encendidos y que pondrían a España en la peor de las situaciones que se podían anticipar antes de comenzar la competición.

Portugal 3 – España 3

Era de esperar que el primer partido entre dos selecciones favoritas al título final de este Mundial de fútbol 2018 no dejase el mismo regusto a amateurismo que se había vivido en los tres partidos que antecedieron al Portugal contra España. De hecho, es que casi ni dio tiempo a mirar las alineaciones, sorprenderse por ver de titular a Nacho y no a Odriozola en el lateral derecho de la roja y aún menos a hacer la digestión de la movida de Lopetegui, cuando Cristiano Ronaldo ya marcaba el primer gol, de penalti. Fue en el minuto 3’ de la primera parte. Y como en el partido que enfrentó a Rusia contra Arabia Saudí, el VAR permaneció desaparecido ante una falta muy dudosa y que se dejó a libre interpretación del árbitro. Así que de esa manera, el musculado Cristiano Ronaldo hizo el primero de los tres goles que terminaría por realizar. Cero a uno contra los españoles sin apenas haberse quitado las legañas de la siesta.

A partir de ese momento se pudo ver el encuentro que todos teníamos en nuestras cabezas. Una España horizontal y sin fuste, como criticó Aspas después del partido ante la selección de Túnez. Y una Portugal ligera, pendiente de robar balones en el centro del campo para lanzarlos cual quarterback hacia las carreras de Cristiano Ronaldo o Guedes, ambos desaparecidos durante los noventa minutos. A excepción de las posturitas y los tres goles de Ronaldo.

En la horizontalidad infumable de España, trataban de despuntar Silva e Iniesta pero con poco acierto. Isco, en cambio, a su rollo, gustaba del gambeteo pueril y despreciaba el primer toque, corto y rápido, la triangulación sencilla y de patio de colegio, por embolsar balones y hacer la ardilla girando sobre sí mismo para dar el balón atrás tras control manoseo y pase, o directamente perderlo. Así que tuvo que ser con un balón en largo que el bueno de Diego Costa controló, frente al actor de telenovela Pepe, como tuvo que llegar el primer gol de España. Con una soberbia jugada personal del hispano-brasileño, muy de las suyas, que desde casi el borde del área cruzaba el balón raso y lento hasta rozar sin fuerza las redes de la portería defendida por Rui Patrício., hasta entonces como actor de relleno, de los que aparecen en los créditos pero no se le ve en la peli.

La alegría del empate en España duró veinte minutos y una asistencia de Jordi Alba que Iniesta, solo, desaprovechó dando fe de que no es un hombre para los últimos veinte metros de campo. Todo esto hasta que Cristiano Ronaldo se inventó un disparo párvulo desde fuera del área que el portero español De Gea se metió en la portería como si de un niño de cinco años se tratase.

Así se llegó al descanso. Posiblemente con un Fernando Hierro, sustituto del malintencionado Lopetegui, sin muchas argucias en sus entendederas e inclinado a tirar de la casta o del coraje para dar la vuelta al marcador en contra.

Y así fue el comienzo de la segunda parte. Con un Jordi Alba en muy buen tono. Con Piqué y Sergio Ramos defendiendo en el centro del campo. Mientras la pelota, por desgracia, seguía yendo de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, sin sentido, sin peligrosidad, con Isco como acostumbra y que seguro será del gusto de los bisoños, pero que en el fútbol del siglo XXI no es más que un segundón. Tuvo que ser Silva, imperial cada vez que se le dejaba participar, el que colgase un balón a la derecha del área portuguesa para que Busquets asistiera de cabeza el segundo gol de Diego Costa, en el filo de la línea de meta, que ponía el empate a dos en el marcador.

Solo tres minutos después, tras otro centro de Silva al área, el rechace cayó a la derecha de Nacho que, desde su costado, pego un zapatazo con la diestra que acabó linealmente en la esquina de Rui Patrício.

La remontada épica estaba conseguida. El pulso de los españoles se dilataba durante al menos los dos minutos de rabia y celebración. Pero luego llegó más de lo mismo. Horizontalidad española frente a un sabio como Fernando Santos que del error sabe hacer virtud, que del fango supo sacar una Portugal campeona de Europa. Y se fueron Bernardo Silva, Guedes y Bruno Fernandes, los únicos con algo de fútbol en el equipo portugués. Mientras España remoloneaba con el balón, sin intención, como guardando el resultado, a pesar de la entrada de Aspas y sin intención de que Asensio disputase el tiempo de la basura para tratar de meter miedo con su golpeo desde fuera del área o con su zancada vertiginosa. No. Hierro tampoco tuvo la culpa, salvo ser un cagón en los cambios. Pues en esas vino el minuto 88’ y una falta al borde del área española. De Gea colocó la barrera como un universitario de erasmus cuelga la ropa lavada de tres días. Cristiano Ronaldo se la pide. Y de un derechazo la manda al palo que debió cubrir la barrera, pero también sin disposición de De Gea por pararla.

Era el empate a tres. Un empate a tres. Una victoria para Portugal. Una derrota para la selección española. Mientras Cesc está de vacaciones y Silva sigue sin recibir los galones que merece. Zubizarreta 1998, De Gea 2018. Hagan sus apuestas.

Luis Aragonés qué borracho es

Luis Aragonés, qué borracho es. Eso decían en los tantos campos del fútbol español.

No sé si pensáis en la muerte. O al menos tanto como lo pienso yo. Porque yo lo hago constantemente desde que tengo uso de razón. Y, al fin y al cabo, lo único que tengo claro es que somos una comunidad de animales que habita en el planeta Tierra. Así que morimos como cuando muere la polilla que nos estorba en el armario. Y que entonces se acabó todo.

Por desgracia, nuestra educación judeocristiana nos imprime un miedo irracional hacia este suceso, el de la muerte, que sólo circunstancias tales como las que se sucedieron el pasado domingo dos de Febrero de 2014 en el Estadio Vicente Calderón nos alivian la melancolía y nos hacen creer, más allá de la conjunción de los planetas, en que todo esto tiene finalmente un sentido.

Y es que el Atlético de Madrid enfrentaba en casa la tercera fecha de la segunda vuelta del campeonato nacional de Liga contra un equipo de Champions, la Real Sociedad, mientras la Parca, un día antes, se llevaba para siempre a un tal Luis Aragonés.

Y sin ese detalle, sin ese matiz, el de la muerte, el domingo habría transcurrido como tantos otros, conociendo el resultado del rival directo, el F.C. Barcelona, que había perdido en el Camp Nou contra el Valencia, un pimpampum en el Calderón. Y teniendo muy claro que los rojiblancos, en parte amedrentados por la responsabilidad, en parte por el que se viste de negro que también conoce el resultado del rival, no podrían haber hecho otra cosa que igualar a su contrincante.

Pero esta vez no fue así.

El partido es fácil de resumir. Durante los primeros ocho minutos de silencio (detalle espontáneo de los socios), ninguno de los equipos se atrevió a hacer nada aún contagiados por los elogios y homenajes a Luis Aragonés.

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Probablemente, el momento más emotivo que el que suscribe ha vivido en el Calderón.

A partir de ahí, la Real Sociedad dominó la posesión del balón para manosearlo de un lado a otro, horizontalmente, pero sin capacidad para crear ocasiones de gol importantes. Hasta que en la segunda parte, tras del 1-0 de Villa en el minuto 38 y que la Real Sociedad continuase con su guión del horizontalismo, saltara al campo un brasileño llamado Diego Ribas Da Cunha para convertir el pragmatismo del Cholo Simeone en brillo, lustre, magia y poesía. Y desde ese momento, casi cincuenta mil gargantas se unieron para determinar un encuentro a favor de los de casa a través de la emoción y de la pasión. El equipo resplandeció gracias al brasileño y la grada respondió en comunión con el conjunto y con devoción a un jugador que, como Billy el Niño, tiene en el ADN la sangre fría y la belleza. Cuatro contra cero en el tanteador. Con Diego, que debutó con gol. Y que cerró la boca a todos aquellos que consideraban equivocado su fichaje.

Como tuvo que morir Luis Aragonés para acallar el menosprecio de un país que aún está en deuda con él.

Puerta 8, Puerta Luis Aragonés
Puerta 8, Puerta Luis Aragonés

Al parecer Don Luis era un tipo huraño, esquivo y malcarado. Todos dicen que era de esos que no hablan. Pero demostraba su empatía y amor a través de sus gestos y acciones. Es como el tipo ese que tenéis por el curro. Ese que va con una camiseta raída y unas zapatillas de hace diez años, mientras todos vosotros vais en traje. Don Luis vestía de chándal mientras los demás visten de traje. Sí, no sé si os acordáis de ese tipo, ese que no se sabe muy bien cómo, pero que conoce al dedillo las vicisitudes de su negocio, aporta ideas y soluciones, y es capaz de cambiar su filosofía del contragolpe puro por el juego de la posesión. Es decir, aquel que sabe, como se dice ahora, valorar los daños, pero para aprehender (sí, con h) y tomar las apropiadas decisiones de mejora.

Llevó al Oviedo a la UEFA. A un ramplón Mallorca a la Champions League. Para luego seguir los meandros de su vida y volver al Atlético de Madrid segundón y llevarlo de nuevo a la Primera de la supuesta mejor Liga del Mundo.

Después fue seleccionador de España. Y tras el batacazo en el Mundial 2006 de Alemania ante Francia, a la postre finalista frente a la Italia campeona, y las dos siguientes derrotas en la fase de clasificación para la Eurocopa 2008 de Austria y Suiza, en la que España resultó campeona contra Alemania, además del caso Raúl, aquel 7 de España, Don Luis decidió dejar de tratar con la prensa. O con determinada prensa. Con muchos de los que hoy le alaban y bendicen y que en aquel momento le creyeron un viejo que chocheaba.

Sin embargo, convirtió en competitiva a una selección, la española, abocada al fracaso en cuartos de final de las competiciones, poniendo de relieve y dando toda la confianza y la responsabilidad a jugadores tan jóvenes como aquel Cesc Fábregas, fundamental tanto en aquella Eurocopa como en la posterior final del Mundial 2010 en Sudáfrica .

Dirán que un pícaro, un listo, un Lazarillo tan típicamente español. Sí. Pero no os confundáis, para llegar a todo eso no se le puede tachar la condición de Sabio.

Según dicen, nunca nadie habló mal de él. Me refiero a sus pupilos. Y eso que era un tipo huraño, esquivo y malcarado que, según Andoni Zubizarreta, respondía al cariño con un gruñido.

Los atléticos enfilamos el Paseo de los Melancólicos con el fino sabor de la herencia y el magisterio de Don Luis. Líderes.

Mientras Don Luis se fue en silencio. Descanse en Paz.

Imperialismo-usura-negocio

@kurioso: Si recortan 10.000 millones en Sanidad y Educación se anuncia en nota de prensa. Si expropian YPF salen 2 ministros. ¿Cuál es la prioridad?

@wdewikileaks: Lo que más me duele de todo en el asunto de Repsol, es ver cómo parece que mantenemos un gen colonial que pensaba era de otra época.

Dice Paul Weller, en la Rockdelux del mes de Abril (RDL 305), al cuestionarle David Saavedra sobre la carga política de ‘Kling I Klang’, uno de los temas de su último disco ‘Sonic Kiks’, lo siguiente: (…) tiene mucho que ver con la indiferencia en Oriente Medio. (…) Mucha gente (…) supone que están llevando (por los soldados británicos) la democracia a sus habitantes, pero no saben por qué no están llevándola a otros muchos países que no la tienen. (…) Pensar en ello me resulta bastante espantoso.

Hace unos meses estuve en Londres. Disfruté tanto del viaje a una de las capitales del mundo que me costó la vuelta. Me empapé de cierto espíritu, quizá engrandecido por el hecho de viajar sólo, y conseguí un estado de libertad como nunca antes había experimentado.
Después de patearme durante cuatro días cada recodo de la City, mi talón de aquiles del pie derecho se resintió y se inflamó tanto como para que mi silueta mochilera caminando por Oxford Street pareciese la de un discapacitado físico y mental, y para que aun siga poniéndome hasta las cejas de antiinflamatorios, además de otros estupefacientes (unos con receta médica, otros no), con el fin de aliviar la inflamación y el dolor. Así que, enamorado de la ciudad por excelencia (no conozco New York), pero a la vez dolorido, decidí concluir mi viaje con una visita a los diferentes museos de la ciudad. Entre ellos, por supuesto, el Brittish Museum.
El Brittish Museum es una gran clase de historia y de arte. Concentradas en él se hayan multitud de imágenes y signos que nos devuelven a Mesopotamia, Siria, el Imperio Etrusco, Egipto, Grecia, Roma, a la cultura Maya, o a la Oriental, incluso a la actual África. Uno no puede contemplar todo esto sin dejar de babear. Pero a la vez determinar que se trata del Museo de la vergüenza. Londres guarda para sí todo un sinfín de reliquias y obras de arte que fueron arrebatadas, robadas a todos esos pueblos aprovechando algunos de los momentos más infames de sus historias.
Industria y arte, dos palabras que suenan tan mal juntas, pero que quizá contribuirían a un principio de cambio en esos países, masacrados por Occidente. ¿Dónde mejor que ver el arte que su original ubicación? ¿Por qué no crear esa industria devolviendo las obras a su origen? Así, el ‘extranjero’ (de alguna manera hay que llamar al foráneo, aunque suene tan xenófobo) tendría que desplazarse a esos países para contemplar y disfrutar las obras de arte, creando una industria, el turismo, que daría una oportunidad de subsistencia a esas regiones desbastadas y en miseria porque ‘lo occidental’ mira hacia otro lado (su propio ombligo).
Si uno se detiene en la primera planta y observa los videos de los artistas africanos, parece como si el propio museo, consciente de su ignominiosa actitud colonialista del pasado, tratase de limpiar su imagen mostrando a estos artistas, lo cuales relatan que sólo crean sus obras para ser expuestos en el Brittish Museum y de esa manera poder prosperar en sus vidas.

Como ya he escrito otras veces, no sigo la actualidad. No veo la tele, no escucho la radio ni leo los periódicos. No estoy ‘informado’. No me interesa salpicar mi vida del ruido y el barullo creado para permanecer en el asiento de atrás del coche sin poder moverme ni hablar mientras papá (eufemismo) conduce mi existencia. Pero, en las últimas horas, algo me ha llamado la atención.
El gobierno argentino ha expropiado YPF. En España, por su puesto, acuciados por la ordinariez y sumidos en un paletismo ancestral, determinados sectores han comenzado a expandir la nube de humo con sus comentarios racistas, las opiniones más estúpidas y los exabruptos, argumentando acuerdos pasados, poniendo encima de la mesa supuestos beneficios de la familia Kirchner y soliviantando al respetable para tratar el boicoteo a Argentina. Palabrería.
La explotación de los recursos naturales de un país, si es que estos debiesen ser explotados de la manera industrial en que se hace (recordemos el calentamiento global, contaminación, deforestaciones varias), tienen que ser explotados por el propio país. Los países occidentales hemos aprovechado las situaciones más calamitosas y duras de los otros para conseguir, de la manera más beneficiosa, sus patrimonios y riquezas.
Es innegable que Repsol, con la ayuda del gobierno de España, se hizo con la explotación de unos recursos impropios, sirviéndose del contexto perverso de Argentina y de la mezquindad de sus gobernantes, lucrados en perjuicio de los argentinos, ciudadanos a los que servían.
Por todo ello, la expropiación de YPF no sólo es justa, sino necesaria y, a pesar de que viniese de manos de los propios beneficiados, un modelo a seguir por todos aquellos países víctimas de la desatención y la ruindad de una pequeña parte del mundo. La rica. Nosotros mismos. Occidente.

 

El Desencanto

Una foto de familia en blanco y negro. La madre y sus tres hijos.

La cámara se fija en la conversación. Plano, contraplano. La descripción veraz de los personajes, de los presentes y de los ausentes, sin guión, sin la necesidad de emplear algún artificio.

Desencanto es la acción de quitar a algo el encantamiento al que está sometido. Si alguna vez hubiese participado en una de esas estúpidas elecciones de palabras que se organizan para promocionar el español, desencanto habría sido mi vocablo favorito.

Como una puerta que se bate en la oscuridad y no vuelve a abrirse nunca.

En 1976 se estrenó en España una de las últimas películas recortadas por el filtro de la censura franquista. El Desencanto, de Jaime Chávarri, es un documental de hora y media en el que, a través de la conversaciones de cuatro miembros del clan Panero, se desentrañan las miserias de esa familia y, a su vez, las de una sociedad, la española, que conformaba un país sórdido y aburrido.

Leopoldo Panero nació en Astorga, León (España), el 19 de Octubre de 1909. Estudiante de Derecho en las universidades de Valladolid y Madrid, publicó sus primeros versos en la Nueva Revista, publicación que él mismo fundó. Durante la Guerra Civil española, entró en la Falange y, al concluir esta, fue nombrado agregado cultural de la Embajada española y director del Instituto Español en Londres. En 1937 murió su hermano Juan en un accidente de automóvil, hecho que le atormentaría el resto de su existencia.

Felicidad Blanc, una niña bien de Madrid, como ella misma se calificaba, consideraba la vida una constante estación de primavera y del amor.    Una consideración de la vida que más tarde se troncaría. Conoció a Leopoldo por un grupo de amigos y el primer día no le gustó. En una segunda ocasión, Leopoldo le dijo: ‘Te veo como una persona vieja’, y Felicidad quedó impresionada. Semanas después, el poeta le dedicó unos versos que envió a su casa. ‘Es verdad tu hermosura, es verdad’, decían. En 1941, Felicidad Blanc se casa con Leopoldo Panero. No tuvo amigas desde ese momento.

Tres hijos: Juan Luis, un tipo desquiciado y peculiar hundido en la voraz lucha por matar al padre; Michi, el más sensato de todos; y Leopoldo María, compañero de juegos de Michi, un ser molesto, distinto, raro.

Dos constantes flotan en el ambiente de esta familia ennoblecida. La primera, la Guerra Civil y la consiguiente condición de poeta fascista de Leopoldo. La segunda, en palabras de Michi Panero, el carácter salvaje de un padre crápula, alcohólico y putero, que sojuzga la figura de la madre, Felicidad, mujer que encarna la pesadumbre de la pérdida del ideal, del amor no conseguido, y por tanto, aniquila el desarrollo afectivo e intelectual de los hijos.
Los hijos unen, dice Felicidad, pero también desunen.

La incomunicación.

Pero además de estos aditamentos, durante El Desencanto, las anécdotas se mezclan con los recuerdos. La pintoresca luna de miel de los enamorados, la amistad de Leopoldo con Luis Rosales o Cernuda, la polémica con Neruda, los intentos de suicidio de Leopoldo María y sus posteriores encierros en el psiquiátrico de Mondragón, la muerte de Leopoldo en la voz de Felicidad.

En definitiva, una obra portentosa, recuerdo de una sociedad no tan diferente a la nuestra, y que merece la pena ser revisitada.