4 abril 2019

Hoy he ido a la consulta de Trastornos Funcionales del Carlos III. Digestivo. Llevo yendo regularmente desde hace más de tres años, cuando me derivaron de Enfermedades Inflamatorias del Intestino. Hoy la doctora solo me ha confirmado el diagnóstico que ya me adelantó el doctor que me hizo la colonoscopia hace un mes: Enfermedad de Crohn.

Así que volveré a la consulta de Enfermedades Inflamatorias del Intestino. Y quizá lo más natural hubiera sido dar un puñetazo en la mesa y pedir explicaciones a la doctora de por qué hemos perdido casi cuatro años. De por qué unos síntomas concretos (diarreas), un historial repleto de parientes con Colitis Ulcerosa (otra enfermedad inflamatoria del intestino) y un diagnóstico de otra enfermedad inflamatoria (Espondilitis Anquilosante) asociada al Crohn, debía describirse como Colon Irritable de Origen Inespecífico. Sin haber realizado prueba alguna. Quizá debía haber mostrado un enfado brutal y hacerla sentir mal enumerando la cantidad de medicamentos que he tomado, que he pagado, estos años y que no han servido para nada. Podría haberla recordado que me aconsejó ir a la consulta de un psiquiatra de La Paz que imparte unos cursillos de mindfulness, a lo que respondí, comportándome como un tipo tozudo según ella, que pasaba de esas tonterías,que yo ya tenía mi propio psiquiatra, y que el dolor, las diarreas y las hemorroides eran reales, no a causa de un estrés que, en aquellos momentos, no padecía, porque estaba de baja, tranquilo en mi habitación, a mis cosas. Pero la he estrechado la mano y la he dado las gracias. Y volveré a su consulta después de que me traten la Enfermedad de Crohn porque la gustaría saber cómo voy. Porque el diagnóstico me hizo feliz hace un mes, y su confirmación me ha vuelto a hacer feliz. Por fin han puesto nombre a esos síntomas, a esas diarreas, a esos antecedentes familiares. Se llama Enfermedad de Crohn. Y pueden tratarla.

No estoy celebrando la enfermedad. Una enfermedad crónica es una puta mierda, es como un hermano siamés que te acompaña a cada lugar, en cada situación, en la escatología y en la sexualidad. Y entiendo la sorpresa que puede causar a extraños que desconocen lo que implica tener unos síntomas y que nadie concluya un resultado. No es una sonrisa imbécil la que ha aparecido en mi cara cuando la doctora ha puesto los informes encima de la mesa y, bajando los ojos, me ha dicho: “Es enfermedad de Crohn”. No es como cuando uno está sano, sin dolores, aprovechando la vida a tope, que dicen ahora los intensitos, y de pronto llega a la consulta del médico y le dice: “Es cáncer”. La enfermedad crónica y degenerativa es oscuridad. Pero a veces tiene estos instantes felices: “¡Chispas!”; en que el sol entra por el ventanal, pero no te agobia, solo te ilumina y acompaña.

Ahora, al llegar a casa, después de: currar-diagnóstico-currar; el sol me está jodiendo la vida al escribir esto porque se refleja en la puta pantalla del portátil y me ciega. Y pienso que es una buena tarde para escuchar el ‘Mr. Jones’ de Counting Crows. Y saltar un poco en el despacho. En el pasillo. En la cocina. Y abrir la nevera y pillar una cerveza. Y que la espuma rebose el orificio de la lata y me pringue los dedos y me los tenga que lamer y luego lavar porque huelen mal a saliva. Y dejar un poco de pensar en que mañana me tiraré todo el día en La Paz para que me pongan el Inflectra.