Vuelven Puzzles y Dragones

Volvieron Puzzles y Dragones en un momento en que el Nuevo Pop Madrileño, despojado de corsés, mira hacia atrás sin nostalgia y no le importa reconocer influencias tan legítimas como Los Secretos. Así suenan en Fuerzas absurdas, la canción que cierra la cara A de Vuelven Puzzles y Dragones (Discos de Kirlian, 2017), a la candidez de aquella sociedad primigenia entre los Urquijo y José Enrique Cano aka “Canito”.

Cuatro años después de Somos Puzzles y Dragones (Discos de Kirlian, 2013), el 7” con el que lograron convencer gracias a sus melodías suntuosas y sus letras fáciles de deglutir, la banda regresa embriagada de melancolía y cargada de frustración. El miedo al rechazo y su constatación se convierten en un trasunto adolescente que marca los caracteres. Están mejor producidos, el sonido es más íntegro que en 2013, menos coloreado, pero con el aplomo de una banda experimentada.

Puzzles y Dragones hacen un pop depresivo con horizontes progresivos y casi lisérgicos (Mientras dormía), flotando entre el power-pop, el pop psicodélico y más lánguido de Los Planetas (Carnavales de súplicas); y el popeo recurrente que se acerca al dúo xixonés Pauline en la Playa.

Pespuntes de guitarra que manejan entre Daniel de la Mancha y Miguel López Breñas y que llevan a Los Secretos y a Jackson Browne; y que a veces contrastan con melodías alegres, guitarras vencidas al punk empastadas con estribillos que tiran hacia arriba con heroicidad, junto a la potencia de los bajos de Mark Wiliams y de todo lo que hay por detrás de la melodía principal (Alberto Robla, Raúl Querido). Todo eso para relatar el amor no correspondido que solo produce dolor y que invita a beber unas birras en el pub hasta la hora de marchar a casa. Un universo en el que tampoco la amistad procura la redención.

Cierra la cara B del disco El hombre gris, que nos dice que no hay felicidad posible. La vida es una puta mierda. Pero que no tienes que dejar de ser bueno porque los demás te traten mal.

Canciones de domingo 006

 

  1. Tito Puente – Goza Boba
  2. Luis Aguilé – Déjenme en paz
  3. Rosalía – Malamente
  4. Vikki Car – Better than anything
  5. Kaoma – Chacha la vie
  6. Django Reinhardt – Brazil
  7. Toquinho, Vinícius de Moraes – Tarde em itapuã
  8. Antonio González “El Pescailla” – Notarás que aun te quiero
  9. Alfonso Santisteban – Nuestro ayer
  10. Julio Bustamante, Remigi Palmero – Desde que vine de Cuba
  11. J Balvin, Pharrell Williams, BIA, Sky – Safari
  12. Nathy Peluso – La sandunguera
  13. Calle 13 – Atrévete-Te-Te
  14. Major Lazer (feat. J Balvin & Sean Paul) – Buscando huellas
  15. Marc Anthony – Cambio de piel
  16. Héctor Lavoe – Periódico de ayer
  17. Rubén Blades,  Roberto Delgado & Orquesta – ¿Cómo está Miguel?
  18. Gato Pérez – Gitanitos y morenos

Pablo Iglesias, el tonto útil

Siempre creí que Pablo Iglesias era un tipo más inteligente de lo que ha demostrado ser. Desafortunadamente, con él se cumple la paradoja de que aquel al que llaman sagaz, taimado, despierto, rápido, solo es un tipo listo, pero no un tipo inteligente. Creí que aquellas proclamas que ahora se le achacan contradictorias, eso de que no nos pueden gobernar tipos del Ibex con chalés de seiscientos mil euros, formaban parte de un discurso que cualquiera podíamos aplicar a nuestra vida personal. Aquello era una metáfora muy bien hilada que, en mayor o menor medida, todos podíamos contrastar con nuestra vida personal. Hacía evidente una realidad: que los tipos que nos gobiernan, en cualquier ámbito, no pisan nuestro mismo suelo y sus preocupaciones son muy diferentes a las de los que necesitamos de esos sistemas que ellos manejan para poder subsistir. Un discurso que incidía en que somos meros operarios en la construcción de los deseos de personas que, por una casualidad económica o laboral, se sitúan en la cima de la pirámide social. Una metáfora sobre el contexto en el que vivimos que, en definitiva, quería abrirnos los ojos sobre lo que somos: el punto de apoyo que mueve el mundo de las necesidades de aquellos tipos que viven alejados de la realidad, de nosotros, en su chalé de seiscientos mil euros.

Los que trabajan en empresas grandes, donde unos líderes despóticos gobiernan aquello como si fuera su cortijo (“dueños” sin haber puesto un duro en las empresas que administran) y que tratan a sus empleados como esclavos, saben perfectamente a lo que se refería Pablo Iglesias. Los que trabajan su nómina no supera los 735 euros que suponen el salario mínimo interprofesional. Los autónomos. Los pensionistas. Todos aquellos que llevan años desempleados, creían saber a qué se refería Pablo Iglesias con aquella metáfora.

Así que la cuestión de la compra del chalé, de un precio muy superior al que puede permitirse cualquier ciudadano de este país, se podía haber zanjado aduciendo que lo que la izquierda propone es que todos puedan tener ese tipo de facilidades para construir su proyecto de vida. Se podía haber calmado con una declaración de sinceridad, concediendo que su actual posición le permite gastarse el dinero que desea. Y que lo hace en lo que le da la real gana. Asumiendo que la contradicción, si es que la hubiera, es el motor que mueve al vehículo del pensamiento y la inteligencia. Pero no, Pablo Iglesias le hizo el juego al contrario, asumiendo que es el contrario el que tiene derecho arrumbar todo un sistema de ideas por golpearle a él, personificando en el yo los ideales e implicando y enmerdando a sus bases, que nada tenían que ver en la decisión personal de un adulto libre y capaz intelectualmente, en una consulta estúpida que nunca se tenía que haber producido.

Ahora, después de esa consulta, Pablo Iglesias es consciente de que un tercio de sus bases no le quiere. Y eso no son encuestas manipuladas por un tercero con intereses moralizadores sobre la opinión pública. Sabe Pablo Iglesias que, cualquier movimiento suyo provocará un terremoto porque los otros le están esperando con la escopeta. Sabe Pablo Iglesias que lo mejor para que las ideas sociales de la izquierda progresen, más allá de los convencidos, es que se marche. Porque personalizando Podemos, arrogándose un poder presidencialista que no está en las bases de su organización, lo único que consigue es ser el tonto útil, necesario para mantener al sistema; el sagaz, taimado, despierto y rápido trepilla indefectible para que el veneno de los poderosos se inocule entre la plebe a través del miedo.

Pablo Iglesias puede comprarse lo que le de la real gana, es libre, y así debería haberlo defendido, para usar su dinero en aquello que satisfaga sus necesidades y deseos. Pero ha olvidado que él solo es un empleado de la causa y, por tanto, no ha sido un empleado ejemplar para Podemos porque, además, ni es productivo para el objeto de la empresa ni es inteligente. Es el tonto útil con el que el sistema nos quiere tener hipnotizados.

 

Volve a canción protesta

Merece la pena dedicar unos minutos al día al gamberrismo, ese eco primitivo que recuerda a la adolescencia para saber que aun no lo hemos perdido todo por el camino de la madurez. Eso proponen Oh! Ayatollah en su disco Volve a canción protesta, un elepé de nueve canciones, algo más de media hora de brutalidad pop juvenil, que fue grabado en 2017 en los estudios Soyuz y producido por Hevi Malandrómeda. Así se muestra la voz de Ayatollah Pop, teclista además de la banda, como una dentellada. Un ladrido que contrasta con la dulzura pop de las melodías y los punteos saltarines bien tamizados que arrastran en las guitarras y Ayatollah Boy y Ayatollah La La La Lee, unas armonías que envuelven como una ola atlántica y saciante en un tórrido día de playa.

Pablo Callejo, la canción que abre el disco, es ratonil y garajera, nos recuerda a las noches sucias de la Vía Láctea, a unos Ramones en el bajo profundo de Ayatollah Sportivo, como en Blitzikrieg bop, y en la batería feroz de Ayatollah Soares. Aunque dentro de toda esa oscuridad también hay espacio para los colores de las guitarras.

En Animal funcionan los teclados psicodélicos y las melodías vocales que recuerdan a los coros sesenteros. En Venganza se dan un respiro, tras tanta adrenalina, suenan a lánguido protopunk, a The Velvet Underground, y para luego tirar hacia arriba de forma homérica, recordándonos a la banda madrileña El Pardo. En todas ellas la ironía se desnuda, es deslenguada como la actitud del perdedor, y la crítica social se centra en las cosas pequeñas y en la cotidianidad. Aunque luego cierra Volve a canción protesta, que da título al disco, y que es la más eléctrica de todas, que nos traslada a lo mejor de Extraperlo.

Los compostelanos Oh! Ayatollah conjugan fantásticamente la estética musical con la ética lírica. Sin perder un ápice de juventud, suenan experimentados, aprovechan la producción magnética de Hevi, con matices que van desde el pop a la psicodelia, y del power-pop al punk o al surf-rock, para dar un paseo gamberro entre Gang of Four y Redd Kross.

Luz y Resistencia

La edición de un tercer disco parece el mejor momento para calibrar la resistencia de una banda. Tras Más humillante que doloroso (Discos de Paseo, 2013) y del debut en una multi del indie con Los excesos de los niños (Limbostarr, 2015), Alborotador Gomasio tienen nuevo trabajo en 2018, Luz y Resistencia, también para Limbostarr.

El disco nos sumerge en un mundo mágico desde el primer corte, El final de la tarde, donde las guitarras se alargan, las melodías son boreales y los riffs de David Ripoll limpios y cuidados. En esto seguro que tiene mucho que ver la mano de Carlos Hernández que firma aquí la producción más pulida de los tres trabajos de Alborotador Gomasio.

Ahora no hay efervescencia juvenil y la etapa <<Modestia Aparte>> se ha difuminado en su sonido, aunque no del todo en sus letras. Las composiciones son más personales y miran hacia adentro, hacia el pensamiento interior, sin un concepto claro que las una, pero sí con una intención precisa, la de remover desde el sentimiento y lo permanente, es decir, desde el dolor, la nostalgia adolescente, la frustración o la contrariedad de sentirse en un lugar que no te corresponde.

Con estos argumentos se puede decir que Alborotador Gomasio se han hecho mayores, que no viejos.

Agosto, bailando el caos nos recuerda en un principio a El último vecino. Los sintes noventeros de Atilio González (Ruiseñora) se pierden luego en un ruido de guitarras que nos empuja hacia arriba hasta ese ‘Madrid nos va a enterrar’ tan lánguido, tan de mirar por la ventana cómo la vida se para en agosto mientras tú y tu generación permanecéis detrás de la cortina, con resaca.

La reacción impotente es una poderosa muestra de powerpop donde la batería de Alberto Robla cobra singular importancia junto a las melodías de guitarra casi garageras.

La segunda cara del disco nos confirma que Alborotador Gomasio han perdido esa cierta carga social que se adivinaba en el título, Luz y Resistencia, y que se desarrollaba con toda su complejidad en Más humillante que doloroso. Nos acercamos más a Puzzles y Dragones, donde las melodías son hermosas, imberbes, pero sabias y ejecutadas con gusto, elegantes.

Parece que no pasa el tiempo nos devuelve al powerpop más agresivo, mientras en Errores regresamos a ese pop entre ochenta y noventa, ensoñador y de melodías sintetizadas.

Es en el cierre del disco, en Vendaval, donde las melodías vocales que construyen David Ripoll (voz) y Miguel López Breñas (bajo y coros) bucean en los sesenta y subliman la perfección empastándose con naturalidad en los riffs de punk ochentero. Luego llega Gritan sus nombres, solo piano y la voz sin filtros de Marco Antonio Corrales para expresar la belleza triste de una tarde en casa, a oscuras y con una cerveza caliente entre las manos.

Luz y Resistencia es esa mota mínima de sol que, en esa tarde oscura, nos recuerda que pronto se acabará el invierno y que llegará la primavera otra vez. Aunque ya no seamos tan jóvenes como ayer.

Antigua y Barbuda, la revolución de lo sencillo

Después de un estreno brillante, aquel Camino Ácido (Sony Music, 2014), y de algunos EPs no menos refulgentes, Ángel Stanich (Santander, 1987) regresa a la larga duración con Antigua y Barbuda (Sony Music, 2017) sin perder un ápice de originalidad. Las herramientas son similares a las que viene desarrollando desde entonces. Con la producción de El Meister (Javier Vielba, frontman de Arizona Baby y Corizonas) y de nuevo grabado a la vieja manera, tocando a la vez todos juntos, Stanich consolida su argumento creativo en diez canciones que, al receptor, no le pueden dejar indiferente, ya sea por su voz aniñada, casi infantil, similar a la de Abert Pla (verosimilitud), o por sus letras pegadas a la cotidianidad (Vas a tener que llamar / al Ministerio del tiempo) y que surgen desde la introspección y la experiencia, casi onanística.

El disco comienza con una declaración de intenciones, Escupe fuego nos recuerda a Burning, las similitudes con su Mujer fatal son palpables, para luego introducirse en una serie de ajustes de cuentas (Si no haces entrevistas / que digan lo que quieran) en los que el sarcasmo (Es propio del artista, / igual que en ti copiar y pegar), la ironía gruesa y la autoparodia construyen un discurso repleto de ternura.

A partir del segundo corte, Más se perdió en Cuba, nos queda claro qué si en aquel Camino Ácido predominaban las cuerdas fronterizas, en este Antigua y Barbuda son los teclados los que cobran importancia sin restar polvo y carretera a la ecuación.  La cara A es potentísima, tanto en sonido como en planteamiento, una lucha personal contra lo establecido. Pero es que además cada corte funciona como un hit indie de escenario principal a las once de la noche. Desde la extrovertida Mátame Camión, a la jugosa, tanto en lo personal como ideológicamente, Camaradas (¡Y en aquel nido clandestino / hicimos el amor! / ¡Un amor obrero y crítico!).

La cara B, con sonidos más electrónicos en un primer corte lánguido pero bailable, es la que nutre de contenido todo su argumento. Prefiero ser Bob Dylan / que Manuel Campo Vidal dice en Hula Hula. Casa de Dios es una balada melódicamente plomiza que fortalece a su personaje fracasado. Cierra el disco Cosecha, donde un protagonista desencadenado nos sumerge en la derrota total.

Sin dejar de ser elegante, Stanich consigue la verosimilitud en su trabajo gracias a unos recursos particulares: él es el músico perdedor e iconoclasta que destruye los mitos mientras los demás le demonizan, y eso solo se puede contar como él lo cuenta (letras, rock) y de la manera en que él lo canta (voz). En este universo íntimo y único, la intensidad se consigue a través de lo sencillo.

Antigua y Barbuda no solo confirma a un artista, sino que significa su evolución. Mientras, por ejemplo, Nacho Vegas se dedica a la canción protesta sin la profundidad poética que tuvo entre la década de los primeros dos mil (El Manifiesto Desastre, Limbostarr 2008), Ángel Stanich crece en su ética y en su estética para afianzarse como uno de los letristas más interesantes de la contemporaneidad.

Alexanderplatz, cirugía robótica alemana

Si algo podemos destacar de Alejandro Martínez (ex Klaus&Kinski), es la cohesión de su argumento estético. Tras años de la desaparición de Klaus&Kinski, aquel revelador grupo murciano que dio un giro electrónico a la música popular española hace ya casi una década, y de producir a grupos tan emergentes como Espiritusanto, presenta en este 2017, bajo el nombre de Alexanderplatz (esa plaza en el mismo centro de Berlín), el EP Contrarreforma, dentro de la colección Singularidades de Jabalina Música.

Todo ese regusto germánico, esa cohesión sónica, no solo tiene que ver con las palabras, sino también con el sonido de un EP que a ratos nos recuerda la precisa cirugía robótica de Kratwerk, oriundos de Düsseldorf, Alemania.

Contrarreforma consta de dos lánguidos y oníricos temas instrumentales (Si no lo paso mal no lo paso bien I y II) que presentan cada cara de este EP y que nos sumergen, a ratos, en la tela de araña de unos OMD de 1983, del Dazzle Ships, en canciones como The Romance of The Telescope, o en universos oscuros y melancólicos recientes como los de los Chromatics del Kill for Love de 2012.

El segundo corte de la primera cara, Podrías haberte quedado quieto, comienza muy kautrock para desenvolverse después, en las letras, como un pop electrónico potente y espídico que no esconde la nostalgia y que nos devuelve hacia lo bailable. Un robot que anuncia su renacer, su aceptación como ser que escucha y se relaciona (Estaba muerto y ahora no puedo parar, dice).

Contrarreforma remata con Bucle, una balada bellísimamente metálica que poco a poco, según avanza el relato, se va desnudando de los adornos electrónicos para envolvernos en una sensibilidad sencilla (Pensando en todo el tiempo que he pasado contigo / he empezado a cambiar la rutina que sigo), una canción que uno no debería ponerse a las siete de la mañana cuando vuelve a casa solo y borracho, y que nos induce a su pasado, aunque sin resolver si es un pequeño ajuste de cuentas o una simple mirada nostálgica hacia un horizonte que ha desparecido definitivamente.