Pablo Iglesias, el tonto útil

Siempre creí que Pablo Iglesias era un tipo más inteligente de lo que ha demostrado ser. Desafortunadamente, con él se cumple la paradoja de que aquel al que llaman sagaz, taimado, despierto, rápido, solo es un tipo listo, pero no un tipo inteligente. Creí que aquellas proclamas que ahora se le achacan contradictorias, eso de que no nos pueden gobernar tipos del Ibex con chalés de seiscientos mil euros, formaban parte de un discurso que cualquiera podíamos aplicar a nuestra vida personal. Aquello era una metáfora muy bien hilada que, en mayor o menor medida, todos podíamos contrastar con nuestra vida personal. Hacía evidente una realidad: que los tipos que nos gobiernan, en cualquier ámbito, no pisan nuestro mismo suelo y sus preocupaciones son muy diferentes a las de los que necesitamos de esos sistemas que ellos manejan para poder subsistir. Un discurso que incidía en que somos meros operarios en la construcción de los deseos de personas que, por una casualidad económica o laboral, se sitúan en la cima de la pirámide social. Una metáfora sobre el contexto en el que vivimos que, en definitiva, quería abrirnos los ojos sobre lo que somos: el punto de apoyo que mueve el mundo de las necesidades de aquellos tipos que viven alejados de la realidad, de nosotros, en su chalé de seiscientos mil euros.

Los que trabajan en empresas grandes, donde unos líderes despóticos gobiernan aquello como si fuera su cortijo (“dueños” sin haber puesto un duro en las empresas que administran) y que tratan a sus empleados como esclavos, saben perfectamente a lo que se refería Pablo Iglesias. Los que trabajan su nómina no supera los 735 euros que suponen el salario mínimo interprofesional. Los autónomos. Los pensionistas. Todos aquellos que llevan años desempleados, creían saber a qué se refería Pablo Iglesias con aquella metáfora.

Así que la cuestión de la compra del chalé, de un precio muy superior al que puede permitirse cualquier ciudadano de este país, se podía haber zanjado aduciendo que lo que la izquierda propone es que todos puedan tener ese tipo de facilidades para construir su proyecto de vida. Se podía haber calmado con una declaración de sinceridad, concediendo que su actual posición le permite gastarse el dinero que desea. Y que lo hace en lo que le da la real gana. Asumiendo que la contradicción, si es que la hubiera, es el motor que mueve al vehículo del pensamiento y la inteligencia. Pero no, Pablo Iglesias le hizo el juego al contrario, asumiendo que es el contrario el que tiene derecho arrumbar todo un sistema de ideas por golpearle a él, personificando en el yo los ideales e implicando y enmerdando a sus bases, que nada tenían que ver en la decisión personal de un adulto libre y capaz intelectualmente, en una consulta estúpida que nunca se tenía que haber producido.

Ahora, después de esa consulta, Pablo Iglesias es consciente de que un tercio de sus bases no le quiere. Y eso no son encuestas manipuladas por un tercero con intereses moralizadores sobre la opinión pública. Sabe Pablo Iglesias que, cualquier movimiento suyo provocará un terremoto porque los otros le están esperando con la escopeta. Sabe Pablo Iglesias que lo mejor para que las ideas sociales de la izquierda progresen, más allá de los convencidos, es que se marche. Porque personalizando Podemos, arrogándose un poder presidencialista que no está en las bases de su organización, lo único que consigue es ser el tonto útil, necesario para mantener al sistema; el sagaz, taimado, despierto y rápido trepilla indefectible para que el veneno de los poderosos se inocule entre la plebe a través del miedo.

Pablo Iglesias puede comprarse lo que le de la real gana, es libre, y así debería haberlo defendido, para usar su dinero en aquello que satisfaga sus necesidades y deseos. Pero ha olvidado que él solo es un empleado de la causa y, por tanto, no ha sido un empleado ejemplar para Podemos porque, además, ni es productivo para el objeto de la empresa ni es inteligente. Es el tonto útil con el que el sistema nos quiere tener hipnotizados.

 

Los tiempos han cambiado

Parto de una premisa. Las fronteras entre unas expresiones artísticas y otras son casi efímeras. Pero, ¿no hay un solo jodido escritor en todo el planeta que merezca ser reconocido? La nominación de Bob Dylan como ganador del Nobel de Literatura ha sido una patada en el culo para todos los escritores. No solo hace tiempo que los escritores no pueden vivir de su trabajo, sino que además ahora cualquiera puede ganarlos en su propia categoría. Es como si un waterpolista pudiera batir el récord de los cincuenta metros libres durante un partido.

En cualquier caso no se trata de discutir la brillantez del sujeto galardonado, aunque a mí Bob Dylan me parece un puto coñazo y casi todas sus canciones me aburren, se trata de debatir los espacios y sacar conclusiones de todo esto.

La primera de las conclusiones es el desprestigio de casi cualquier premio. El premio Nobel es un barrunto de intereses y mediaciones, pero es que hasta el certamen más humilde del pueblo más recóndito es un mero acto de publicidad cuyo premio muchas veces está preconcedido.

La segunda conclusión es que algo se está haciendo mal. Los escritores, débiles o víctimas que se protegen tras una barrera pretenciosa de falsa intelectualidad. Los editores, las editoriales, los distribuidores. Pero esa mercadotecnia vulgar tan solo es el nudo de una historia que comienza en la educación básica de los críos. Porque cada vez leemos menos, y cada vez leemos peor. Nada ha hecho tanto daño a la literatura como ese lema estúpido que dice que leas cualquier cosa porque lo importante es leer. Si lees mierda, eres mierda. Y si lees puta mierda, eres puta mierda.

La tercera es que si a la música popular, además de los límites que ya se pone ella misma, la encerramos en el círculo de lo culturalmente correcto (pensamiento único), entonces dejará de ser música popular.

Vuelvo a la premisa. Es cierto que los límites entre unas expresiones artísticas y otras son efímeros, pero tampoco se entiende la letra de una canción sin un acompañamiento musical. Justificar el Nobel de Literatura de Bob Dylan con la musicalidad de los poemas es absurdo y nos lleva a un punto descontextualizado que es la Edad Media, cuando a los poemas se les ponía música porque el pueblo era analfabeto e incapaz de seguir las historias y aprenderlas sin un soniquete que las acompañase. Tratar hoy de escribir El Quijote, por ejemplo, sería un acto de desconocimiento social, de ensimismamiento personal y distante de la verosimilitud que diría Aristóteles y que así definía a la poesía, es decir, a la literatura.

Hoy ha muerto Manolo Tena

Hoy ha muerto Manolo Tena y todos hemos sentido el Frío y todos hemos visto cómo el cielo de Madrid ha roto a llorar en lágrimas de lluvia porque quizá se alinearon los planetas en el momento justo de su último estertor y se produjo de repente el suceso metereológico porque sí. Y todos hemos visto y escuchado gilipolleces por el estilo durante todo el jodido día. En todos los timelines de todas las redes sociales, en la radio, en la tele, en los periódicos, durante el café los mismos mensajes buenistas, las mismas anécdotas en el almuerzo contadas por quienes nunca las hubieron vivido. Y todo porque sí, porque es el día para ser uno más, porque es el momento guachi para contar lo que acabas de leer.

Las mismas canciones repitiéndose una y otra vez en un bucle obsceno.

Hoy ha vuelto a ser un día para flojos y flojas de lágrima, para borregos adocenados que celebran el hecho, porque el hecho es famoso, a pesar de que el hecho nada tiene que ver con ellos. Y sin que el hecho, siquiera, les haya proporcionado una breve experiencia personal. Quizá sin conocer el hecho. Tan solo por mimetismo.

La sociedad del espectáculo consigue la vulgarización del hecho con la reiteración del tópico. Y esto es muy peligroso. Un entorno que prima la cantidad de me gusta por encima del todo y del todos, y en contra del a quien le pese. El pensamiento único. El criterio único.

Así que hoy Manolo Tena es todo lo contrario a lo que se pretendía que fuese ayer. Su obra, la que sea, es ya un hecho banal y vacío de contenido porque, por encima de todo, todos debemos mostrar y demostrar el peso de su muerte. Aunque nos importe un pito. Y no porque fuese artista, sino porque fue famoso.

Si algo aportó Manolo Tena a la música fue mientras era miembro de Cucharada y de Alarma!!! Y no está claro que fuese el cabecilla de ese sonido distinto y de esas letras diferentes a las del pop hedonista y lacrimógeno de su época, más interesado en el postureo y el mimetismo que en traer algo nuevo a la mesa como Cucharada y Alarma!!! demostraron que querían traer. Luego se estandarizó en solitario y lo dulcificaron para ser un fenómeno de masas y aquello de la caracola. Y hasta ahí su historia. No hay nada más allá de las correrías de un yonki con sus amiguiyonkis coetáneos.

Hoy, después de leer su muerte, solo tengo una reflexión: murió Manolo Tena y el gilipollas de Sabina aún sigue vivo. Y eso sí que es peligroso.

 

La exaltación

El primer amigo que tuve en mi vida fue inglés. Inglés de Inglaterra. Así que a mis cuatro o cinco años y para descacharre de mi familia cuando le describía lo denominaba inglaterrano. Compartimos todo: juegos, anécdotas, secretos. Por compartir hasta los dos nos enamoramos de la mima chica de clase. No nos separaban muchas cosas. Si acaso un ligero acento se interponía a veces en nuestras conversaciones. Pero los dos jugábamos al fútbol en el recreo, leíamos y comentábamos los libros de Barco de Vapor y suspirábamos como lelos por un beso de nuestra amada Virginia.

Da miedo contemplar el mundo hoy con los ojos de un niño de hace veinticinco años.

Anoche pensaba en mi amigo inglaterrano mientras veía por la tele el recuento de los votos de las elecciones celebradas en Catalunya para elegir al presidente de la Generalitat. Un plebiscito. Un juego de tirasoga entre unos nacionalistas y otros.

Y es que nacionalismo solo hay uno. Algunos lo llamarán catalán, otros español. Da igual. Nacionalismo solo hay uno. El que piensa en su nación como único referente identitario. El resto son adjetivos que agregamos al sustantivo, como cuando la profesora o el profesor de Lengua nos invitaban a crear frases con sujeto, verbo y predicado.

La exaltación nacionalista exhibida ayer por ambos bandos solo tiene réplica en esos videos en blanco y negro donde vemos a Hitler calentar a las masas en un acto de reciprocidad entre emisor y receptor del mensaje. Un mensaje que, en el caso de anoche, es el mismo para todos: Catalunya es lo que yo pienso.

Y no puede ser un mensaje más infantil ese que acota al individuo en una identidad que, gracias al desarrollo de los últimos cincuenta años (educacional, tecnológico y en derechos civiles), ese desarrollo que además nos comunica con nuestro igual con un solo click en décimas de segundo independientemente de dónde resida, se ha convertido en una esponja que absorbe lo distinto, que enjabona nuestra piel con todo aquello que nos une para aprehender de aquello que nos diferencia y escurrir al final la roña.

Al año siguiente, mi amigo inglaterrano despareció de clase. Posiblemente tras los pasos de una familia nómada. Es una pena que no nos intercambiásemos los números de whatsapp o las cuentas de facebook o twitter. Quizá hoy sabría qué es de él. Y lo que es más seguro, que formaría parte de mi gran nación: la de las personas.

Los sentimientos ofenden

Hace unos días que Fernando Trueba recogió el Premio Nacional de Cinematografía durante la 63 Edición del Festival Internacional de San Sebastián. El director de cine madrileño, de Estrecho más concretamente, confesó un sentimiento durante su discurso de agradecimiento: nunca me he sentido español, ni por cinco minutos.

Así que en lugar de buscar en los porqués para empatizar con la idea esgrimida por el director, la banalidad de los argumentos construyó el discurso de la reacción: un ataque frontal a una idea, en este caso un sentimiento no compartido, que probablemente pone en un lugar incómodo a los que sienten de una manera distinta.

Y es que los sentimientos ofenden. Los afectos son peligrosos y entonces la sociedad, ese ente indescriptible, incontable e intangible, te dice lo que tienes que sentir sin tener en cuenta que el sentimiento de pertenencia, como todos los sentimientos, es algo personal y determinado únicamente por las experiencias íntimas del ser que siente. Un sentimiento que corresponde a la crianza, a los referentes y referencias, a la compañía, y no a la casualidad de haber nacido en un pedazo de tierra.

Por otro lado, el sentimiento de Nación es solo la traslación de una idea individual hacia algo inconcreto. Así que podríamos decir que existen tantas Españas como españoles la piensan como nacionalidad, como identifican sus ideas y afectos con esa entidad abstracta denominada país. Por tanto, en pleno siglo XXI, la división de Estados y nacionalidades parece una idea arcaica y obsoleta según el desarrollo de las sociedades, cada vez más mezcladas y cercanas.

Así que no sentirse español no deviene antiespañol. Y no creer en nacionalidades no es tachar de estúpidos a los que aún siguen creyendo en el concepto de nación. Es decir, que un sentimiento no ofende a otro sentimiento. No creer en nacionalidades es simplemente una idea distinta que brota de un pensamiento que tiene en cuenta la generalidad del ser, igual en todos los lugares del mundo.

A nadie le pueden obligar a sentir. Pero por desgracia, de nuevo es el pensamiento individual el único reducto para el sentimiento. Como en las dictaduras.

 

 

 

 

 

Acoso Laboral

Hace unas semanas que nos sobresaltamos por las muertes en directo de la reportera Alison Parker y del cámara de televisión Adam Ward en Virgina. Vester Lee Flanagan, el homicida negro, homosexual y ex empleado de la cadena donde trabajaban los periodistas asesinados, murió unas horas más tarde en un hospital debido a las heridas que se produjo al intentar suicidarse.

alison-parker-adam-ward

Vester Lee Flanagan era una mala persona. De hecho, mi cerebro necesita creer que Vester Lee Flanagan, negro y homosexual, fue una mala persona. Como necesita distinguir entre el bien y el mal para establecer los límites. Y el límite siempre es hacer daño a otra persona. En este caso hasta acabar con la vida de dos ex compañeros.

_85208007_fdab5e36-2df4-42c8-ae5d-0ea448c53f48

Pero imaginad por un momento que a este tipo, negro y homosexual, sus compañeros de trabajo no le saludaran al llegar a su puesto, que le insultaran gravemente un día detrás de otro, que le ridiculizaran por su condición de homosexual y le hicieran bromas por el color de su piel. Pongamos que no sólo lo hiciesen sus compañeros, sino que los propios jefes fuesen los instigadores de los chistes a su costa, de los chascarrillos, de las miradas burlonas o por encima del hombro. Pongamos que todos desprestigiasen sus puntos de vista o sus opiniones. Pongamos que un día un compañero le llamase prostituto o chulo de ancianos y los jefes y el resto de empleados se rieran de la gracieta. Pongamos que recibiese emails amenazándole con echarle del trabajo si no hiciese horas extra. O si no recuperase sus horas de médico. O que le encerrasen en un despacho para invitarle a que dejase de frecuentar fuera del trabajo determinadas amistades y que para ello le mostrasen fotos de sus redes sociales que sus propios compañeros hubieran recopilado. Pongamos que ni siquiera le autorizasen unos días libres para poderse operar o que siempre tuviese que coger de vacaciones las semanas que nadie quiere. Y pongamos que todo esto fuese lo normal. Y ahora pongamos que habéis dejado de imaginar.

No hablo de Vester Lee Flanagan, negro y homosexual, sino de una compañera que finalmente fue despedida hace ahora menos de un año. Aunque a ella no le dio por asesinar a nadie, sino por alejarse, con la voluntad carcomida, de aquel infierno.

El acoso laboral comienza por los jefes, se articula en torno a las camarillas que los rodean y llega hasta el último becario. Todos tienen un objetivo que es ridiculizar al ridículo, presionarle con las tareas más indeseables porque es indeseable, desvestirlo de persona para convertirlo en un objeto al que todos pueden golpear a su antojo. Y todos tienen una coartada: que ese chantaje, ese maltrato, ese acoso es fruto de la imaginación de la víctima.

Hoy, en el año 2015, aún es prácticamente imposible demostrar una situación de acoso laboral. La empresa se organiza como la Mafia para causar el daño y los sindicatos, untados por los patrones que les asignan puestos relevantes dentro del organigrama, son cómplices del delito. Así que sólo acertamos a reconocer la catástrofe cuando tenemos delante de nuestras narices lo que parece que buscamos, el morbo del suceso: el suicidio o el asesinato.

Como he dicho antes, si de algo estoy seguro es que Vester Lee Flanagan fue un asesino pero, ¿habrían sido sus ex compañeros corresponsables de las muertes de Alison Parker y Adam Ward si esa situación de acoso laboral y maltrato psicológico se hubiera producido?

¿Acaso no estamos siendo cómplices de situaciones parecidas en nuestros centros de trabajo como lo fuimos en los recreos del colegio?

 

Hablar de política

Casi veinte años después de que se pusiera de moda a mediados de los noventa aquella frase: yo no hablo de política, lo que parecía la declaración de intenciones de una parte de la sociedad más privilegiada, se ha hecho realidad. La gente no habla, no quiere hablar de política, no le interesa posicionarse. Como si tal cosa fuese un error, o algo aún peor, un pecado.

Y es que al final la educación es un arma muy potente. La mayor parte de los que crecimos entre esa década y la anterior o las posteriores hemos vivido en una especie de limbo en el que la derecha y la izquierda ya no existían, en el que no se votaba por convicción ideológica sino por los tecnócratas a los que se les consideraban mejores gestores. Y así hemos ido dejando de hablar de política porque, como en la Dictadura, aquello pasó a ser un tema tabú aún peor que el sexo.

coleccion-fabrica-4

Estoy en el trabajo. Y de mis labios sale cualquier idea o pensamiento que me posicionan políticamente. Y entonces mis compañeros desconectan de la conversación. Esto es así un día detrás de otro. Es muy sencillo, tienen miedo a perder sus empleos por identificarse, sentirse señalados ya sea de un lado (jefes) o del otro (compañeros). El problema es que la política no es una pantalla de televisión donde unos tipos que pertenecen a empresas que se dedican a la política se enfrentan con el insulto y se intentan ridiculizar como si aquello fuese el festival del humor. No. La política trata sobre nuestra propia vida, sobre por qué tus jefes te obligan a recuperar tus horas de médico, por qué no te dan permiso para coger los días de libre disposición que te corresponden, por qué no autorizan las reducciones de jornada a las mujeres y hombres que lo solicitan cuando tienen un hijo, por qué te obligan a hacer horas extras que luego te pagan como complementarias, por qué echan a compañeros para contratar a becarios u otros empleados por ETT, por qué no te dejan coger quince de vacaciones seguidos y los tienes que repartir en cuatro periodos, por qué te miran mal si entras y sales a tu hora, por qué siguen permitiendo las agotadoras jornadas partidas, por qué no te dan permiso cuando tienes un familiar enfermo en el hospital o te obligan a ir al trabajo cuando se muere. Eso es la política, nuestra vida, nuestros afectos.

No hablar de política significará ocultar la realidad y que nos sigan tratando como efectivos en lugar de que nos traten como personas.