Feria del Libro: Historia de un amor

Pol Widuack y yo caminábamos entre las casetas de la Feria del Libro Antiguo de Madrid la otra mañana. Lo cierto es que era una excusa para encontrarnos y charlar. Paseando por Recoletos, vimos pregones antiguos de pasadas ediciones de la Feria del Libro de Madrid en uno de los últimos expositores. Y en ese instante me vino a la cabeza un viejo recuerdo. Así que voy a hacer una cosa. Voy a dar testimonio. Como hacen los cristianos. A fin de cuentas, mi educación es cristiana. Los cristianos hablan de dar testimonio cuando cuentan a los demás las experiencias que les han llevado por el camino de la fe. El fin es convencer al oyente a través de esas historias personales. Pero ese no es mi caso. No quiero convencer a nadie. Pero sí acercaros una verdad.

Hace unos años, no sé si actualmente lo seguirá haciendo, la Feria del Libro de Madrid contaba entre sus actividades con un certamen de poesía joven que llevaba por nombre José Hierro. Yo salía por entonces con una chavala que aún iba al instituto y que el año anterior había ganado el primer premio en el curioso certamen. La chavala, animada por el profesor de Literatura, tenía la intención de volver a participar en el concurso con otro poema escrito para la ocasión. Pero se tuvo que marchar de Madrid por unos problemas familiares. Así que a mí me partió el corazón, claro, a medio camino entre Madrid y Barcelona, y además dejó la tarea lírica sin hacer. Pasados unos días, encontró plaza en un instituto y terminó por instalarse en el nuevo hogar. Pero el profesor de Literatura se acordó de la chavala. Y de su salida prematura del instituto. Y de que había dejado la tarea lírica encomendada a medias. Así que se cruzaron unos emails. Y el profesor de Literatura presentó por ella el poema seleccionado.

La chavala y yo no volvimos a hablar del tema en varias semanas. Yo fui a verla un par de veces a su nuevo destino. Y poco más.

Un día estaba yo en el curro. Me vibró el teléfono móvil en los pantalones. Atendí la llamada. Era ella. Había ganado por segunda vez consecutiva el certamen de poesía joven José Hierro. Así que, entusiasmada, me pidió que la acompañase.

Creo recordar que mediaba el mes de Junio. Un calor seco y pegajoso se extendía de un límite a otro de Madrid. Quedamos con el profesor de Literatura y con otro profesor del instituto en el Retiro. Hablamos unos minutos. Vimos a un par de escritores famosetes. Y al poco tiempo, el otro profesor comentó que sería conveniente ir a saludar al organizador del certamen que a la vez era presidente del jurado.

Y eso hicimos. Nos presentamos ante él con toda la rimbombancia del universo. Yo me hice a un lado, aquel día yo no era ni el actor secundario y aún menos el protagonista. El presidente estaba junto a otra mujer también miembro del jurado. Los profesores le estrecharon las manos y le dieron las gracias. No hay por qué darme las gracias, respondió el presidente a las atenciones. Cogió a la chavala por la cintura, la dio un par de meneos, la pegó unos cachetes en la espalda y continuó: menos mal que presentaste el poema, se dirigió al profesor de Literatura, hacía dos meses que se había cumplido el plazo y tenía miedo de que al final se lo tuviésemos que dar a otro.

Bueno, es que no sólo el trabajo llegó con dos meses de retraso, sino que la chavala además sobrepasaba la edad máxima para presentarse al certamen según las bases públicas del concurso, y ni siquiera lo había hecho por el instituto en el que cursaba sus estudios en el momento en que se había abierto el plazo de inscripción.

A pesar de todo ello, a la chavala no se le borró la satisfacción de la cara en toda la tarde, en varias semanas, y salió al escenario para recitar su poema, para recibir la ovación del público, del presidente del jurado, de los profesores, para recibir su premio, su lote de libros, frente a la segunda, frente a la tercera. Y es que ni siquiera el poema era el más trabajado y aún menos el de mayor calidad. Pero esto ya es una cuestión personal, un juicio que yo hice mientras echaba un Ducados y me avergonzaba al fondo del recinto.

Como todos los años, podréis disfrutar de la Feria del Libro de Madrid en los Jardines del Buen Retiro. Que os aproveche.

Asfixia

Si vas a leer esto, no te preocupes.
Al cabo de un par de páginas ya no querrás estar aquí. Así que olvídalo. Aléjate. Lárgate mientras sigas entero.
Sálvate.
Asfixia, Chuck Palahniuk, 2001

Asfixia, muerte por suspensión de la respiración, causada por ejemplo por un estrangulamiento, por ejemplo por sumergirse en un líquido o en un gas irrespirable, por ejemplo por engullir un pedazo de comida en un restaurante mientras esperas a que alguno de los comensales acuda a rescatarte y se sienta responsable de tu bienestar por el resto de su vida.

Imagino que esa sensación es la que debe sentir un tipo cuando descubre que su padre, Fred, asistió con tres años al asesinato de su madre a manos de su padre y al posterior suicidio de este. Imagino que eso debe sentir un tipo cuando el exnovio convicto de la pareja de su padre, sale de la cárcel y cumple la promesa que le hizo a ella antes de entrar preso y dispara contra ella y contra Fred y arrastra sus cuerpos hasta una cabaña y los prende fuego. Imagino que un tipo puede sentirse asfixiado cuando su testimonio es crucial para la condena a muerte del asesino de su padre, Fred, algo por lo que, además, más tarde siente un profundo remordimiento.

Chuck Palahniuk, uno de los escritores más brillantes de la literatura americana posmoderna y exponente del realismo sucio o minimalismo, nació en Febrero de 1962 en Burbank, Washington (USA). De padres separados y criado a medio camino entre una caravana y el rancho de su abuelo materno, se graduó en periodismo en la Universidad de Oregón, pero no comenzó a escribir hasta ya pasados los 30 años, cuando se apuntó al taller literario de Tom Spanbauer, tras haber trabajado en una cadena de montaje, como escritor técnico o de voluntario para diferentes causas sociales.

Su primer libro, El club de la lucha, con el que no obtuvo demasiado éxito, fue adaptado al cine por David Fincher (Seven, La habitación del pánico, Zodiac, La red social) en 1999 y, posteriormente, con su edición en DVD se convirtió en una historia de culto.

Pero no es hasta 2001 cuando Palahniuk pasa a engrosar el olimpo de los escritores halagados por el éxito de ventas. En Asfixia, relata con un estilo limpio e inmediato la historia de Víctor Mancini, un estudiante de medicina fracasado y adicto al sexo, que trabaja como actor en un parque temático dedicado a la América colonial del siglo XVIII y que ha descubierto la mejor manera de ganarse la vida para pagar las costosas facturas de la residencia donde su madre, Ida, otra adicta, anárquica y peculiar mujer, permanece internada esperando a la muerte.

Si alguien te salva la vida, será tuyo para siempre. Esa es la mejor manera de ganarse unos dólares. Así que Víctor acude a los restaurantes de su ciudad para provocarse la asfixia con cualquier alimento y ser salvado por el incauto de turno que, muy probablemente, se sentirá en deuda con él y, por tanto, quizá le mande algún regalo en forma de cheque al portador.

Cruda, salvaje, directa, sin abusar de la adjetivación, Asfixia retrata lo que sucede, sólo eso, el desorden vital de un tipo falto de atención que, hundido en las lagunas de otros, trata de buscarse a sí mismo. Y para ello, Palahniuk se sirve de la inteligencia, la vulgaridad y el cinismo.

En 2008, Clark Gregg, habitual actor en series y películas norteamericanas, adaptó Asfixia al cine. Sam Rockwell (Días de Gloria, La milla verde, Guía del Autoestopista Galáctico, Moon) interpreta a Víctor Mancini y Anjelica Hosuton es Ida. 92 minutos agradables, divertidos, a veces descacharrantes, donde se encadenan situaciones disparatadas unas detrás de otras, pero que quizá no consiguen la intensidad y la dureza de la novela. Aun así, es bastante recomendable disfrutar de ella y contagiarse de su humor ácido y malicioso.