Tarde para la ira

  Que Raúl Arévalo ganase el premio Goya a la mejor dirección novel en la trigésimo primera edición de los premios, celebrada en 2017, solo puede entenderse desde una perspectiva amable si se tiene en cuenta que el ganador del premio a mejor director fue Juan Carlos Bayona por Un monstruo viene a verme. Claro que Tarde para la ira, la obra de Arévalo, se hizo con dos “cabezones” más: el de mejor guion y el de mejor película; además del premio al mejor actor de reparto de Manolo Solo por su sublime interpretación del secundario Santi “el Triana”. Quizá por eso se intuye que, detrás de la purpurina, solo hay restos de agradecimiento basura.

  Los premios son tóxicos, sobre todo para las artes, y este fue un nuevo arrebato de pensamiento positivo: mejor director para un tipo alejado de las raíces del cine español –quizá por eso de saber venderse en los mercados internacionales, por contar con un reparto hollywoodiense, por hacer más taquilla– y mejor dirección novel, sí, para el que empieza, pero el que avasalla con profundidad a través de una cinta española en la que confluye la mejor y más bestia tradición del cine al que representa.

  No tiene sentido, sobre todo en este caso, esa división entre director novel y director veterano. Los jóvenes podrán verlo como una oportunidad para dejarse ver. Es mentira, Raúl Arévalo mereció, a los puntos, entre veteranos y noveles, ser el mejor director en aquella edición de los premios Goya; aunque, como se explica más arriba, los premios son tóxicos, por la subjetividad y los favores que se cobran a través de ellos. Así que no deberían existir y menos en las artes, que no son una competición.

  Detrás de Tarde para la ira, de esa apariencia de peli carcelaria y de drama traumático para la mujer (Ana; Ruth Díaz) que espera a que el hombre (Curro; Luis Callejo) cumpla su condena –injusta o no, aunque en este caso parece importante– y salga de ella y vuelva a casa para reencontrarse con ella y con su hijo –concebido en la propia cárcel–; detrás de eso pasa intrascendente esa mujer que vive, pongamos, porque es reconocible, en un barrio depauperado de las afueras, pobre, limítrofe; detrás de la historia de esa mujer que ayuda en el bar de su hermano (Juanjo; Raúl Jiménez) y que está hasta el coño, porque su novio está en la cárcel, a punto de salir, y tienen un crío; detrás de todo lo que a ella se le pueda pasar por la cabeza hasta ese momento, fútil a partir de que su novio salga del talego, Raúl Sánchez Arévalo y David Pulido escriben una historia de venganza prototípica que acierta al voltear algunos de los tics propios del género para poner al espectador frente a un espejo en el que se refleja mierda: el bueno (José; Antonio de la Torre) no es bueno, ni el malo (Curro) es malo; pero, al igual que en la cotidianidad, ni el bueno es malo, ni el malo tiene una grieta por donde le rebose la bondad. Arévalo y Pulido consiguen contar una historia pequeña, concisa y desconcertante, en solo ochenta y nueve minutos, al servicio de las sensaciones y de las obsesiones, sin melodrama y sin despejar la X; para que el espectador se lleve a casa ese dolor agudo y asfixiante en la boca del estómago cuando a la depresión le sucede la ansiedad por el vacío.

  Curro, conductor en el atraco a una joyería, tiene un accidente durante la huida y la policía le detiene. Durante la condena de ocho años tiene un hijo con Ana, su novia de toda la vida. Entre tanto, la familia de Ana – su hermano Juanjo, la mujer de este, Carmen (Alicia Rubio), y la hija que tienen en común se cambian de barrio – y Ana los acompaña y se desempeña de camarera en el bar que el propio Juanjo regenta. Por allí pulula José, un tipo para el que lo importante parecen los amigos, sobre todos Juanjo, y que se fija en la empanada mental y en soledad de Ana. La oportunidad de José –el personaje terrible creado por Antonio de la Torre, que transmite más que muestra y que va a más allá de la psicopatía– para vengarse del pasado se presenta cuando Curro sale de la cárcel una vez cumplida su condena.

  La violencia visual va de más a menos, mientras la angustia visceral va arrinconando al espectador. Como en esa escena, justo antes del final de la película, en la que José deja tras de sí a la hija de su amigo Juanjo para descargar la escopeta sobre él en la trasera del bar. En todo momento vemos a la niña dormida entre los deberes sobre una mesa del bar y, mientras se mantiene el plano, José entra decidido y la descarga deslumbra los ventanales. La niña se despierta y José se va. No hay aullido ni lágrimas estridentes, solo queda silencio.

  Tarde para la ira es una peli decadente, perturbadora, con la que, después de los créditos, cuando las luces vuelven a iluminar el cine, uno se mantiene en la butaca con cara de nada, sin sangre en las venas, pálido y con los ojos aún despiertos por el terror, sin saber si aplaudir o vomitar, o pegarse un tiro en la cabeza. Porque a uno le acaban de follar el cerebro. Todos los personajes son indeseables por sí mismos. La peli da gusto y repugna a partes iguales, que es a lo que debe aspirar cualquier creador: concisión y brutalidad. Dos características que arrancan del origen del cine tradicional español, junto a una banda sonora y algunas pinceladas fotográficas que nos trasladan al cine quinqui, por ejemplo, pero que solo lo hacen para despistar.

  Prepondera así la conclusión del argumento por sí misma. Por encima incluso de las interpretaciones. Unas interpretaciones dirigidas hacia la violencia y el discurso. Porque sin discurso y violencia no hay ruptura, y sin ruptura no hay punk.

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