Fuego – La Bien Querida

Es posible que uno siga siendo aún aquel adolescente pajillero y con granos que en el fondo creía en el amor bombástico e incondicional. Como un William Shakespeare enamorado que escribía sus obras de teatro, pero que, ahora, pasados los años, veinte años, se viste con el rostro de un hombre, con la barba descuidada y con el cuerpo de un anciano que se mira en el espejo mientras baila la latínica melodía del casiotone de 7 días juntos. Y que no se reconoce entre sus harapos la piel caduca, fruncida y deshilachada, según la alternancia de los vaivenes. Porque es lo peor del paso del tiempo: el cuerpo cambia, pero el pensamiento no lo hace al mismo compás.

Fuego (Elefant Records, 2017), el nuevo largo de La Bien Querida, trata un poco de eso. No de que uno sea un imbécil de manual con la actitud de un efebo púber e imberbe, sino del amor. Del amor adolescente, ese que nos parece que es el amor que <<se siente de verdad>> y que, por tanto, no se puede sentir de otra manera que no sea desde el exceso y la obnubilación trastornada de la mente.

Fuego es un álbum conceptual que comienza cargado de serotonina y speed y, poco a poco, vagabundea por el itinerario clásico del enamoramiento, mientras diluye su fardo de alquimia explosiva en un amor consensuado y casi único que no se deconstruye conforme pasa el tiempo. Un ciclo corto desde que comienza con Dinamita, hasta que uno pasea de la mano con el objeto de su amor por Los jardines de Marzo, último corte de la cara D con la que el disco finaliza.

Una distancia efímera y mitificada pero que, en el fondo, a uno, como principal representante del autoapaleamiento y la derrota, le gusta que deba ser así.

Y es que todos los temas tienen o son un hype.

Dianamita comienza con una suerte de violines que nos sumergen en la indecisión. Ella, que es la protagonista que nos cuenta la historia, está de acuerdo en tomar otro rumbo al de enamoramiento clásico, pero, en seguida, alza la voz para decir que, a pesar de ese otro rumbo, ella va a salir a buscarte, mientras los violines subliman su carácter y la batería se presenta como el trasfondo terrenal que te acerca a la certidumbre.

7 días juntos, uno de los hypes de este disco, comprende, junto a Joaquin Oliver, la chulería traper sobrevenida por el mañaneo del Iberia de la Glorieta de San Bernardo, al punto que de sobresalir el sol de la madrugada en casa de un descnocido.

Lo veo posible es un poema Walt Whitman que orilla el río, pero sin sarcasmos, atropellado por los sintetizadores de la experiencia del desamor como única esperanza de futuro.

La decisión clara que los sintes y graves nos ofrecen en Lo veo posible, se tranforman con sutileza en las guitarras popis de Permanentemente, que nos devuelve al despecho como fruto de la inseguridad, con esos finísimos violines y los sintes agudos que se demuestran frente a la evidente seducción.

Peor que las demás es otro de los hypes. Es Chromatics. Y contiene la sinceridad y la dulzura. Te da esa vuelta taciturna que une la maldita nocturnidad insomne con sintes desesperados a toda tralla.

Luego se viene Recompensarte, la cuota revolucionaria de J en el disco. A pesar de ser la única canción que uno no metería en el disco, resulta el puente que une la oscura espera desasosegante de los enamorados con la conquista final. A J se le entiende. Pero la influencia de Muchachito se difumina entre las palmas y los quejíos.

Si me quieres a mí es el egoísmo inmediato del enamorado, de los quereres sintetizados y hypeados electrónicamente. Otro de los hitazos de este disco.

Cuando llega La pieza que me falta, junto a La Estrella de David (su pareja), el enamoramiento ya se ha transformado en amor. A pesar de los pesares, que diría la copla eléctrica. Porque luego se vendrá la pareja. La más oscura de todas. Y por eso el tema es oscuro y es revelador, y es católico por el miedo a la muerte. Una muerte católica que a la vez consensua este amor. Sexual. Visceral. Eterno.

El lado bueno de las cosas es folk sintetizado y machacón (makinote estilo Joe Crepúesculo) que supone la conciliación. Aquí se desligan los nudos de las ataduras. Cada uno es como es. A pesa de ellos nos queremos, quiere decir. Y queremos ser más juntos. Así que La Bien Querida lo entona con chulería en la dicción. Porque, en este círculo, solo entrarán los que estén a la altura de estas melodías novísimas, naturales y cercanas.

Fuerza mayor podría ser El hospital de Berlanga sin la heroína pero con la cocaína del siglo XXI. Sin pentotal, claro. Sin manicomio, claro. Cuando las drogas están supeditadas al amor. Un amor verdadero más fuerte que la heroína, un amor quiere estar contigo y que quiere estar siempre en tu cabeza, y que te quiere acompañar, estés triste o no.

Fuego termina con un temazo de seis minutos. Los jardines de Marzo. En él La Bien Querida tiene más recorrido y sintetiza el amor consensuado, con nostalgia, en una identidad.

No es una novedad que La Bien Querida trate del amor romántico. Tampoco este trabajo supera a Premeditación, Nocturnidad y Alevosía, su obra cumbre. Todos sus discos, desde aquel Romancero (Elefant Records, 2009), ya descatalogado, son un breviario sobre las relaciones en los que Ana Fernández Villaverde (Bilbao, 1974) describe las cuitas de amor, sin oropel, descargándolas de pavisosismo y con dosis suficientes de realidad, feromonas y oxitocina. Aunque quizá sea este último Fuego el más sexual de todos y también el que menos nos relata la historia desde la perspectiva de la víctima del amor no correspondido o del amor subyugado por la traición. Aquí no hay despecho, porque el amor es correspondido y triunfa sobre el envejecimiento.

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