Estancousqui

Alexanderplatz, cirugía robótica alemana

Si algo podemos destacar de Alejandro Martínez (ex Klaus&Kinski), es la cohesión de su argumento estético. Tras años de la desaparición de Klaus&Kinski, aquel revelador grupo murciano que dio un giro electrónico a la música popular española hace ya casi una década, y de producir a grupos tan emergentes como Espiritusanto, presenta en este 2017, bajo el nombre de Alexanderplatz (esa plaza en el mismo centro de Berlín), el EP Contrarreforma, dentro de la colección Singularidades de Jabalina Música.

Todo ese regusto germánico, esa cohesión sónica, no solo tiene que ver con las palabras, sino también con el sonido de un EP que a ratos nos recuerda la precisa cirugía robótica de Kratwerk, oriundos de Düsseldorf, Alemania.

Contrarreforma consta de dos lánguidos y oníricos temas instrumentales (Si no lo paso mal no lo paso bien I y II) que presentan cada cara de este EP y que nos sumergen, a ratos, en la tela de araña de unos OMD de 1983, del Dazzle Ships, en canciones como The Romance of The Telescope, o en universos oscuros y melancólicos recientes como los de los Chromatics del Kill for Love de 2012.

El segundo corte de la primera cara, Podrías haberte quedado quieto, comienza muy kautrock para desenvolverse después, en las letras, como un pop electrónico potente y espídico que no esconde la nostalgia y que nos devuelve hacia lo bailable. Un robot que anuncia su renacer, su aceptación como ser que escucha y se relaciona (Estaba muerto y ahora no puedo parar, dice).

Contrarreforma remata con Bucle, una balada bellísimamente metálica que poco a poco, según avanza el relato, se va desnudando de los adornos electrónicos para envolvernos en una sensibilidad sencilla (Pensando en todo el tiempo que he pasado contigo / he empezado a cambiar la rutina que sigo), una canción que uno no debería ponerse a las siete de la mañana cuando vuelve a casa solo y borracho, y que nos induce a su pasado, aunque sin resolver si es un pequeño ajuste de cuentas o una simple mirada nostálgica hacia un horizonte que ha desparecido definitivamente.

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Be my baby, el éxito adolescente

La elección de John Fitzgerald Kennedy como presidente de los Estados Unidos en 1960 supuso una pequeña cuota de aperturismo tras años de gobiernos conservadores. Un país internamente alborotado por las luchas de los Movimientos Civiles contra la segregación racial, adonde, en 1966, con la Ley de Derechos Civiles ya aprobada por el presidente Johnson en 1964, The Beatles regresaban desbordados por una polémica religiosa que provocó disturbios a las puertas de sus conciertos y la quema de sus discos por organizaciones supremacistas. Las teloneras de esa gira fueron The Ronettes.

Tres mujeres negras (Veronica Bennett, que posteriormente tomaría el nombre de Ronnie Spector; su hermana Estelle Bennett y su prima Nedra Talley) cambiaron la historia musical de su país con la grabación del fabuloso Be my baby en 1963, compuesto por Phil Spector, Jeff Barry y Ellie Greenwich. Phil Spector las convirtió en las artistas que siempre habían deseado ser, mientras él se erigía en un referente de la producción y de los arreglos gracias a su Muro de Sonido. Hail Blaine, componente de la Wrecking Crew (aquel estupendo colectivo de músicos de sesión que participaron en casi todas las grabaciones musicales californianas entre 1960 y 1970, generador de números 1 como este) y batería en aquella grabación, lo explicaba así en 2015 para The Guardian: << (…) Para una sesión normal tienes un piano, una batería, un bajo y una guitarra. Pero Phil tenía al menos tres bajistas y cuatro pianistas al mismo tiempo, con siete u ocho guitarristas tocando.>> Las posibilidades armónicas y melódicas con todos esos instrumentos sonando a la vez eran infinitas.

Be my baby comienza con dos golpes de batería legendariamente imitados. Pronto se les unen los pianos y las castañuelas. Y es que esa parte de batería, piano y castañuelas se irá repitiendo como un mantra durante toda la canción. La voz de Ronnie Spector surge desde abajo, desde los sonidos graves de la batería, hasta el tercer verso, cuando aparecen los saxofones y los coros enfatizan el argumento. El continente es elegante y, gracias a ese muro de sonido, se desencadena una explosión envolvente que tiene la potencia del rock‘n’roll masculino y la dulzura del pop. El estribillo resalta por las armonías vocales que imprimen intensidad. Y hacia el final, los violines elásticos cubren de ternura y gravedad el estallido vocal de esta súplica dolorosa.

El resultado es un producto a la medida: un girl group adolescente, fabricado a la forma y con el lenguaje preciso para el consumo de los propios adolescentes de la época. El pelotazo de The Ronettes desencadenó además la proliferación de otros girl groups durante la década de los 60’ en los Estados Unidos como Martha and The Vandellas, The Blossoms, The Shirelles, Lovelites o The Crystals.

Be my baby fue el hit que tanto habían buscado The Ronettes. Pero además implicó dos acontecimientos. El primero, la puesta en escena de Phil Spector como presente y futuro, el productor que estableció un hatajo de posibilidades a un nuevo sonido. La segunda, la ruptura social de los grupos de mujeres, de las mujeres negras y de las mujeres que, en 1963, podían cantar rock de la misma forma y con el mismo descaro que diez años antes lo habían comenzado a cantar los hombres blancos de su país.

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Fuego – La Bien Querida

Es posible que uno siga siendo aún aquel adolescente pajillero y con granos que en el fondo creía en el amor bombástico e incondicional. Como un William Shakespeare enamorado que escribía sus obras de teatro, pero que, ahora, pasados los años, veinte años, se viste con el rostro de un hombre, con la barba descuidada y con el cuerpo de un anciano que se mira en el espejo mientras baila la latínica melodía del casiotone de 7 días juntos. Y que no se reconoce entre sus harapos la piel caduca, fruncida y deshilachada, según la alternancia de los vaivenes. Porque es lo peor del paso del tiempo: el cuerpo cambia, pero el pensamiento no lo hace al mismo compás.

Fuego (Elefant Records, 2017), el nuevo largo de La Bien Querida, trata un poco de eso. No de que uno sea un imbécil de manual con la actitud de un efebo púber e imberbe, sino del amor. Del amor adolescente, ese que nos parece que es el amor que <<se siente de verdad>> y que, por tanto, no se puede sentir de otra manera que no sea desde el exceso y la obnubilación trastornada de la mente.

Fuego es un álbum conceptual que comienza cargado de serotonina y speed y, poco a poco, vagabundea por el itinerario clásico del enamoramiento, mientras diluye su fardo de alquimia explosiva en un amor consensuado y casi único que no se deconstruye conforme pasa el tiempo. Un ciclo corto desde que comienza con Dinamita, hasta que uno pasea de la mano con el objeto de su amor por Los jardines de Marzo, último corte de la cara D con la que el disco finaliza.

Una distancia efímera y mitificada pero que, en el fondo, a uno, como principal representante del autoapaleamiento y la derrota, le gusta que deba ser así.

Y es que todos los temas tienen o son un hype.

Dianamita comienza con una suerte de violines que nos sumergen en la indecisión. Ella, que es la protagonista que nos cuenta la historia, está de acuerdo en tomar otro rumbo al de enamoramiento clásico, pero, en seguida, alza la voz para decir que, a pesar de ese otro rumbo, ella va a salir a buscarte, mientras los violines subliman su carácter y la batería se presenta como el trasfondo terrenal que te acerca a la certidumbre.

7 días juntos, uno de los hypes de este disco, comprende, junto a Joaquin Oliver, la chulería traper sobrevenida por el mañaneo del Iberia de la Glorieta de San Bernardo, al punto que de sobresalir el sol de la madrugada en casa de un descnocido.

Lo veo posible es un poema Walt Whitman que orilla el río, pero sin sarcasmos, atropellado por los sintetizadores de la experiencia del desamor como única esperanza de futuro.

La decisión clara que los sintes y graves nos ofrecen en Lo veo posible, se tranforman con sutileza en las guitarras popis de Permanentemente, que nos devuelve al despecho como fruto de la inseguridad, con esos finísimos violines y los sintes agudos que se demuestran frente a la evidente seducción.

Peor que las demás es otro de los hypes. Es Chromatics. Y contiene la sinceridad y la dulzura. Te da esa vuelta taciturna que une la maldita nocturnidad insomne con sintes desesperados a toda tralla.

Luego se viene Recompensarte, la cuota revolucionaria de J en el disco. A pesar de ser la única canción que uno no metería en el disco, resulta el puente que une la oscura espera desasosegante de los enamorados con la conquista final. A J se le entiende. Pero la influencia de Muchachito se difumina entre las palmas y los quejíos.

Si me quieres a mí es el egoísmo inmediato del enamorado, de los quereres sintetizados y hypeados electrónicamente. Otro de los hitazos de este disco.

Cuando llega La pieza que me falta, junto a La Estrella de David (su pareja), el enamoramiento ya se ha transformado en amor. A pesar de los pesares, que diría la copla eléctrica. Porque luego se vendrá la pareja. La más oscura de todas. Y por eso el tema es oscuro y es revelador, y es católico por el miedo a la muerte. Una muerte católica que a la vez consensua este amor. Sexual. Visceral. Eterno.

El lado bueno de las cosas es folk sintetizado y machacón (makinote estilo Joe Crepúesculo) que supone la conciliación. Aquí se desligan los nudos de las ataduras. Cada uno es como es. A pesa de ellos nos queremos, quiere decir. Y queremos ser más juntos. Así que La Bien Querida lo entona con chulería en la dicción. Porque, en este círculo, solo entrarán los que estén a la altura de estas melodías novísimas, naturales y cercanas.

Fuerza mayor podría ser El hospital de Berlanga sin la heroína pero con la cocaína del siglo XXI. Sin pentotal, claro. Sin manicomio, claro. Cuando las drogas están supeditadas al amor. Un amor verdadero más fuerte que la heroína, un amor quiere estar contigo y que quiere estar siempre en tu cabeza, y que te quiere acompañar, estés triste o no.

Fuego termina con un temazo de seis minutos. Los jardines de Marzo. En él La Bien Querida tiene más recorrido y sintetiza el amor consensuado, con nostalgia, en una identidad.

No es una novedad que La Bien Querida trate del amor romántico. Tampoco este trabajo supera a Premeditación, Nocturnidad y Alevosía, su obra cumbre. Todos sus discos, desde aquel Romancero (Elefant Records, 2009), ya descatalogado, son un breviario sobre las relaciones en los que Ana Fernández Villaverde (Bilbao, 1974) describe las cuitas de amor, sin oropel, descargándolas de pavisosismo y con dosis suficientes de realidad, feromonas y oxitocina. Aunque quizá sea este último Fuego el más sexual de todos y también el que menos nos relata la historia desde la perspectiva de la víctima del amor no correspondido o del amor subyugado por la traición. Aquí no hay despecho, porque el amor es correspondido y triunfa sobre el envejecimiento.