Uno de los problemas del lenguaje, ya sea oral o escrito, no es la corrección formal del mismo, porque al fin y al cabo no deja de ser una herramienta que en la transmisión oral debería ser verosímil a la época en la que se está hablando, sino la apropiación de las palabras que, tanto de forma individual como colectiva, ha empobrecido el relato, tergiversado los hechos o transformado los significantes.

La polémica surgida a raíz de la forma de la segunda persona del plural del imperativo del verbo ir es bastante trivial si la comparamos con otros usos del lenguaje más intencionados y truculentos.

Un ejemplo. Es antiguo. Estamos cansados de escuchar a esa gente que, a la vez que se golpea el pecho como si estuvieran confesando sus pecados reclinados frente al párroco de turno, se jactan de no haber <<cogido>> nunca una baja laboral. No hace falta que sean autónomos. De esta manera, en el acervo popular las bajas laborales se <<pillan>>, se <<cogen>> cuando al trabajador le viene en gana. Por con siguiente la baja laboral es un fraude, una inventiva, unas vacaciones o una beca. Hay que fijarse desde dónde se proyecta esta creencia y cómo es utilizada por los que culminan la pirámide. Una creencia que se utiliza para atemorizar al trabajador sin tener en cuenta que las bajas laborales no se <<pillan>> ni se <<cogen>>, sino que las prescribe un médico y que las justifica mediante unas pruebas y unos informes que, para conocimiento de la generalidad, según la última reforma inmediatamente se guardan en los archivos de las Mutuas o seguros que pagan parte de la prestación al trabajador que se encuentra incapacitado temporalmente.

Un trabajador incapacitado temporalmente, además de padecer una enfermedad, percibe un sueldo inferior al que recibiría si estuviese trabajando en plenas facultades. ¿Quién entonces se está apropiando del uso de las palabras para transmitir tales creencias? El paralelismo se puede hacer con aquellos que indican que la gestión privada es <<mejor>> que la pública y que en definitiva son los mismos que dicen aquello de: <<Hacienda se queda con mi dinero>>.

<<Hacienda se queda con mi dinero.>> En realidad Hacienda, Montoro en este caso, no se queda con tu dinero. De tu sueldo, nómina o compensación se detrae una parte que se llaman impuestos que van a un fondo común con el que se intenta redistribuir la riqueza de una manera justa. No significa que todos ganemos lo mismo, sino que todos tengamos las condiciones básicas para poder vivir independientemente de nuestro patrimonio. Hacienda, por tanto, no es un ente maquiavélico que trata de joderte la vida, Hacienda somos nosotros mismos. Otra cosa es que esté mal gestionada porque elijamos para su gestión a ineptos o incompetentes.

Otra vez, en este caso, alguien se apropia de las palabras de forma torticera para expandir una falsedad. Como es falso lo siguiente: <<el edificio de la Comunidad>>. Todos los bienes del estado no pertenecen a aquellos que hacen uso de ellos, sino a todos y cada uno de los ciudadanos. Otra cosa es que hayamos decidido, los ciudadanos, no disfrutar físicamente de esos edificios para establecerlos como sedes o centros de trabajo donde, por ejemplo, se reúnen los diputados, los concejales, donde vive el presidente del gobierno o el rey.

Es común en cualquier discurso o declaración política, o en el relato de noticias deportivas, que el enunciado acabe con un: <<como deseamos o queremos todos los españoles>>. El emisor se arroga para sí el conocimiento de un deseo popular que nos debería atañer a todos y cada uno de los españoles. Una presunción de culpabilidad que tiene como fin hacer énfasis en el discurso ideológico del emisor, unos, o un marketing del buenismo, otros, y que puede reducirse a estas dos construcciones: <<españoles de bien>> o <<como dios manda>>. Evidentemente, todo el que está fuera de estas construcciones está en contra de la sociedad y, equivocadamente, se le tildará políticamente incorrecto.

El uso del lenguaje, por tanto, es intencionado y en una sociedad imbuida por el capitalismo, el marketing y los conflictos de intereses (políticos, económicos o sociales), los eslóganes se repiten como mantras que calan en lo más hondo de la voluntad de la persona y hace creer al pobre que es rico y al rico que es pobre. Al enfermo que está sano y al sano que está enfermo. Como nos hicieron creer a los españoles que <<vivimos por encima de nuestras posibilidades>>.

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