A todo futbolista se le presuponen el hedonismo y la soberbia. Muy lejos de la actitud de los socios, el futbolista es un ser sin escrúpulos capaz de vender a su madre por una gran obra, que diría Goethe. Así que, este verano, la concatenación de ambigüedades en torno a los fichajes del Atlético de Madrid están dejando una imagen fatua sobre el club. Además de dudas en el aficionado sobre lo que pueda suceder durante la siguiente temporada y, sobre todo, temor en los socios por si tendremos que asistir al Metropolitano con cara de idiotas para aplaudir a tipos tan ajenos a nuestras realidades en el club.

Los socios, además de ser el eslabón más frágil de esta cadena capitalista, solemos congratularnos con los fichajes cuando llega el verano. Con los nuevos futbolistas cada año se abre con efervescencia la espita del sueño de triunfar en la siguiente campaña. Pero este 2017, debido a la sanción impuesta por el TAS, el Atlético de Madrid no puede fichar durante el periodo estival ni inscribir a ningún nuevo jugador hasta el 1 de enero de 2018.

Ante una sanción de este calibre, cualquiera de nosotros trataríamos de cumplir el castigo para devolver a la sociedad aquello que le hemos sustraído. Sin embargo, el Atlético de Madrid ha preferido la ruindad del rico, es decir, utilizar cualquier resquicio, cualquier maniobra orquestal previo pago, para acatar la condena pero sin cumplirla en realidad. Para llevar a cabo esas triquiñuelas y conseguir los objetivos al margen de la ley, uno necesita algo más que la complicidad de las instituciones que previamente le han castigado. Necesita además la colaboración de los tontos útiles que, por encima de sus propias necesidades, anteponen sus egos con el fin del hedonismo y la soberbia.

El primer tonto útil de este verano fue Griezmann. La estrella del equipo, aquel frente al que no ponemos de pie y aplaudimos hasta rompernos las manos desde la grada. Como escribí más arriba, al futbolista se le presupone el hedonismo y la soberbia. Así que el francés se dedicó nada más terminar el campeonato, aún sin conocer la resolución del TAS, a declarar que su intención era salir del club. Declaraciones que semanas después tuvo que rectificar, desconozco a buen seguro el por qué, con la excusa de que no podía dejar al Atlético de Madrid en la situación de desventaja que suponía quedarse sin su estrella y no poder fichar a otra, arrogándose por tanto un mérito que solo los aficionados podemos concederle.

Luego vino Vitolo, ese jugador que, al igual que Arda Turam despreció al Atlético de Madrid y a sus aficionados marchándose al Barcelona para no jugar durante más de tres meses, se ha dado a la turbiedad de la canallesca para fichar por Las Palmas hasta que en enero se incorpore al Atlético de Madrid. Utilizando y menospreciando durante las gestiones a su club de procedencia, el Sevilla, con artimañas más típicas de una familia de la mafia siciliana que de un club deportivo.

El paradigma Diego Costa es en cualquier caso algo indescriptible. Un tipo que en lo más alto de su carrera decidió marcharse a otro club con la meta de conseguir títulos cuando los títulos ya los había conseguido en el Atlético de Madrid, y seguramente de forma más épica que los que haya podido conseguir con el Chelsea. Ahora, imagino por algunas rabietas de niño malcriado (sí, hedonismo y soberbia), quiere volver a donde se le tenía entre algodones, ovaciones y admiración.

Por no hablar de Filipe Luis y Tiago (ya como integrante del cuerpo de preparadores), que en cualquier caso gozan de un enorme cariño por parte de los socios y de la afición a pesar de haberse comportado como amantes distraídos.

La excusa, la del tonto útil, ese soberbio venido a menos por necesidad, será la que reza que si los demás lo han hecho por qué yo no tendría que hacerlo. Pero es curioso que este club, estos aficionados, tan rabiosos y orgullosos de sus valores, toleremos semejantes actitudes que propagan unos valores, también en presupuesto, que son los antagonistas a los esparcidos por los que formamos la familia rojiblanca. Unos valores que en todo caso yo aún no conozco después de tantos años como socio, más allá de la alegría de competir y del espacio social que uno comparte con sus colegas antes, durante y después de cada partido de fútbol. Unos valores que podrían ser perfectamente intercambiables entre casi todos los aficionados y socios de cualquier club, ya sea este de fútbol, de petanca o de lacrosse.

Los goles, las tardes épicas y los buenos resultados harán del circo del verano un recuerdo débil. Un recuerdo débil que invita a una reflexión: si los aficionados del Rayo Vallecano impidieron a su equipo recibir la cesión de un jugador, Zozulya, de hipotéticas simpatías opuestas a las que representan los valores de ese club, ¿por qué nosotros tenemos que admitir en nuestra plantilla a jugadores más preocupados de sí mismos que del bien común del Atlético de Madrid cuando recorremos las calles de Madrid golpeándonos el pecho por la bondad de nuestros valores (¿madridistas hijosdeputa?)?

Las actitudes de estos jugadores han sido pueriles y rastreras, auspiciadas además por la voluntad mafiosa del propio club. Los futbolistas se han significado como personas egoístas, por no decir mala gente de esa que uno se encuentra cada día en la cola del supermercado intentando hacerte la trece catorce para colarse en la fila de la caja. Y eso, más que enfervorizar al aficionado por la pesca en el río revuelto del mercado, creo que le entristece y le humilla hasta hacerle sentir insignificante y avergonzado.

Pero los goles, las tardes épicas y los buenos resultados nos harán olvidar que en el fondo el que tenía razón era el viejo que antes de cada partido se plantaba en el Paseo de los Melancólicos con su pancarta en la que podíamos leer: PAN Y CIRCO.

 

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