Estancousqui

Maxicosi

            He llegado a una edad en que la mayor parte de mis amigas viven obsesionadas por si el sueldo las da para comprarse el maxicosi. El maxicosi ese no es otra cosa que una silla estandarizada para los carritos de los bebés. Pero debe de estar de moda, porque todas lo necesitan.

            Todas lo necesitan. Y es que el verbo necesitar ha cambiado de significante desde hace treinta años. No le den las gracias a Reagan o a Thatcher, dénselas a sí mismos. Porque una cosa es crear iconos pop a cerca de casi todo lo vivido, y otra muy distinta vivir en la ingenuidad y la absurdez permanente.

            Y es que uno llega a una edad en la que todos sus amigos drogadictos, drogadictos del finde me refiero, de unas rayas, de unos gramos de cristal y unas copas, se han convertido en el extremado deportista. Son lo bueno, lo dulce, lo imitable de la sociedad. Claro, en esta entelequia, uno no sabe ya si son peores las hordas de yonkis esperando a su kunda en Legazpi, a esa epidemia de runners que invade El Retiro, tarde sí y noche también, pastillacas de Hulk Hogan mediante, maravillosos Celebrities, durante los cuatro días de la semana. Oiga, que los findes están hechos para los perfumes agobiantes y dulzones, el reggaetón, la bachata, las rayas de coca, los pelotis y esas cosas; y los muertos para las maratones populares.

            Y es que cada uno se muere como le da la gana.

            Pero volvamos al maxicosi ese. Millones de bebés en nuestro país son obligados a deambular por las calles más distinguidas de nuestras ciudades tumbados sobre ese artefacto. Un útil de a doscientos pavos la pieza. Más el carrito, lo de allí y lo de allá, y dos sueldos para comprar esas mierdas y ser uno más en la tribu de los papis. Unos papis que, en el fondo, son unos transgresores de la realidad, ya lo dicen los anuncios: prueba esto antes de que lo sepa tu pareja porque te lo va a prohibir. Y si no tinder o snapchat para engañarla. Y es que esos papis han elegido la pareja, ese vestigio negativo de la antigüedad que, con treinta y cuatro años, uno además tiene que plantearse, porque el hecho de vivir en pareja no es un acto elegido, sino educado. Para no adiestrado, ya está el poliamor. Lo sé, es jodido vivir en esto del siglo veintiuno.

            Siglo veintiuno, dosmil dieciséis. Si no eres parte de la solución, entonces es que eres parte del problema. Y entonces hay que eliminarte. Las redes sociales ya están para eso. Hace tiempo que un buen amigo espetó esa frase, si no eres parte de la solución, eres parte del problema, en una dialéctica política de nivel; no de esas que ponen en los late night de los sábados. Y tengo un problema, que no estoy con el problema ni tampoco con la solución. Y, además, ambos me parecen extemporáneos. Quizá soy el hijo del atroz individualismo de los noventa.