Estancousqui

Miedo

Miedo comienza un poquito Girls And Boys para de pronto virar hacia un postpunk mecánico y muy loco que transmite una verdad sencilla, breve y alejada de pretensiones. Pero además ahonda en el pop de El Conserje (No te fíes) y nos regala un el Eje del mal.

Y es que Madrid se mueve. Se retuerce en lo más profundo del underground. Y en eso, Lo Negro nos relata tal y como somos. Excepto para los ensimismados en su cultura-para-las-máquinas.

Lo Negro son una muestra de ese lenguaje urbano y difícil que trata de aprender de la intensidad de los golpeados. Cuatro cortes, cada uno en sus matices, que crean el retrato posmoderno de una realidad que se evapora.

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Camì del Far

Hace casi veinte años que tuve una novia que vivía en Sabadell. Ella se lo hacía en no sé qué curso de piano en el conservatorio. Yo estudiaba cine en la TAI de Madrid. Así que ella cantaba. Y yo dirigía cortos de mierda. Y ella compuso canciones con alguno de mis poemas adolescentes. Y los cantaba. En català. Y yo mientras fumaba ducados, en català. Ella no, ella era más de los Beatles. Así que lo dejamos. Porque cantaba, pero no como lo hace Lu Rois.

Y es que nunca nadie me acarició con la sensibilidad que Lu Rois desprende en Camí del Far. Callarse, no decir nada y que la gente se emocione con lo que dejas en el camino. Así hace Lu Rois. Y así es, el recurso del piano y de la voz, y es los tiempos alegres, y es en parte lacrimógena, y es melodías que te transportan a una nostalgia radiante y a la verdad.

Porque en Camí del Far hay una verdad tan intensa que hace daño, en cada una de las nueve piezas, en cada una de las nueve piezas es tan juguetona, es tan intensa que quiero emborracharme.

Camí del Far es selecto y solo para golpeados. Tan bello como La Dansarina. Lu Rois propone un desarrollo intrincado y difícil, y sencillo, sí, como rozar la piel de un recién nacido que juega con las armonías y con la voz.

Lu Rois se eleva en un catalán tan bello y tan bien fraseado que solo queda la emoción y la verdad del amor.

Camí del Far es una obra de arte. Enamorémonos.

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Truman

Le comentaba el otro día a un compañero bloguista que alguien que recibe el Premio Planeta no merece ningún respeto. Bueno, realmente me refería a la obra premiada y a que ser halagado con un premio hoy no es sinónimo de calidad. De hecho es posible que implique todo lo contrario, quiero decir, que implique solo que el creador es un astuto operario de la ardid del medrar en la industria para conseguir finalmente la aprobación de la misma. Y de esa aprobación, el dichoso premio. Así que lo que pasa es que uno termina acercándose tarde y con prejuicios a las obras bien tratadas por la crítica, los trileros de la industria, y que encima han sido premiadas por ella. Y así me acerco a Truman (Cesc Gay, 2015).

Truman cuenta la historia de dos amigos, Julián (Ricardo Darín) y Tomás (Javier Cámara), que se reencuentran en Madrid después años sin verse. Es una peli sencilla y sin artificios que ahonda en la complejidad del tema, la muerte, que se presenta sin dramas ni prejuicios, aunque sí con algún que otro cliché que lo hace más digerible. Y esto es lo más destacable de la peli. Porque luego trata de  sostenerse en la profundidad de los personajes, en lo que recuerdan, en lo que se respetan y sobre todo en lo que no dicen. Y ahí es donde falla. Porque si los silencios o las risas muestran cierta tensión, en el fondo a penas se ven pinceladas de la construcción de los personajes. Unos personajes con pocas aristas, de lo que sabemos muy poco y que construyen su reencuentro a través de la imagen de Truman, el perro de Julián, una imagen y una intención pero que no consigue, por ejemplo, ser aquel tótem que representó el remo en La Tentación vive arriba de Billy Wilder.

Truman es una peli correcta que penetra por desdramatizar la muerte y por el trato que se le da, pero que, pese al buen trabajo de Darín, se queda a medio camino. Quizá también por lo recurrente de los actores, algunos acostumbrados ya a interpretarse a sí mismos, o por escenas de cama, que se intuyen desde un principio, y que no aportan nada al desarrollo de la historia. Quizá por lo impostado de algunas reacciones o quizá por la poca verosimilitud que tiene un actor desahuciado viviendo en plena calle Belén de Madrid. Niños ricos jugando a trascender.

En cualquier caso, es una peli algo naíf, interesante y que invita a la reflexión. Y eso es mucho más de lo que se puede esperar de una peli a estas alturas de la historia.

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Ada

No siempre un buen sonido y una buena producción, como los que acompañan a San Francisco en su trabajo Ada (Elefant Records,2016), son suficientes. A veces hay algo que chirría.

Paco Tamarit, ex Serpentina, consigue en este nuevo proyecto un producto delicado, fino y de melodías hermosas. Técnicamente incuestionable. Y es ahí donde uno no acaba de entrar. Es un error confundir lo perfecto con lo verosímil o lo bello. En casi todas las ocasiones, lo más sencillo es lo más cercano y lo que a uno más le engancha.

Ada se abre con un sonido naif marca Elefant que después de tantas producciones y aunque pueda parecer vintage, cool o chic, resulta redundante hasta el empalago por el exceso de mermelada. La languidez recargada y el popeo se unen a unas letras preciosistas más que personales que se rellenan con anécdotas e imágenes propias y donde se confunde lo personal u original con lo íntimo o privado.

Cambia en Una vaina bajo tu cama. Cartoon rompe el esquema anterior, aunque aun con demasiado azúcar.

Pero el disco termina con El lugar que te enseñé, una canción que parece el resultado de jugar a hacer una balada de Gilbert O’Sullivan. Tan perfecta, tan medida, tan cuidada que no penetra más allá de la piel del receptor.

Y es que en toda forma de expresión hay elementos de subjetividad y, por tanto, ejercicios que, pese a la pompa, parecen menos resultones y cuyo mensaje no llega porque se pierde en lo anecdótico. Y creo que ese el principal problema de Ada, un trabajo inquieto que aspira a la hiperconexión epidérmica pero que, por esa misma pretensión, le faltan grosor y profundidad.

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Los Popov

Vuelve Discos De Kirlian con una nueva producción, su DK35 que se corresponde con el primer vinilo 7” de Los Popov, banda de Barcelona y compuesta por elementos de otras formaciones añejas como Los Fresones Rebeldes o Los Soberanos, que ponen de relieve la verdad de un undeground que lleva más de treinta años borbotando.

El 7” recoge sus primeras maquetas, remasterizadas por Carlos René, omnipresente en los últimos tiempos. En él Los Popov demuestran un sonido sensacional, un pop alegre pero sucio que nos recuerda unas veces al rock’n’roll festivo de los sesenta y otras al pop yé-yé. Un pop que canturrear de buena mañana o que sudar una noche en el sótano del Free Way.

Pese a ese pop alegre, a esos ritmos sencillos y a esas melodías rápidas, uno no se ve surfeando en sus letras. Parecen alejadas y redundantes, con fórmulas reiterativas. Aunque ellos ya lo advierten en la portada del disco: Absténganse puretas porque no les va a gustar. No obstante consiguen su propósito: un pop hedonista, bailable y divertido.

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Trabante

Hay una rueda. Se llama idea-ensayo-directo. Y a través del giro de esa rueda se ha construido el entramado de bandas que hoy, gracias a algunas salas, en contra de algunas leyes y de algunos capitales, conforman el poderoso panorama undeground. Quizá el más importante de los últimos treinta y cinco años, porque es el que más cosas tiene que contar y el más rico en las formas de expresarse. Una escena que, hedonismos a parte, ha echado raíces y ha tejido la hiperconexión intelectual.

De ahí salen Trabante y su Ep para 2016. Es Madrid. Es España. Y no es que Trabante suponga un descubrimiento sónico, pero sí es un intento elegante por desencorsetar uno de los géneros más instrumentalizados por la gran máquina de la industria como es el post-punk.

Trabante son difíciles de escuchar. El camino que hacen en los sonidos power se bifurca hacia una negritud pesada y dolorosa. Son punk e incluso divertidos en las distancias cortas, más post-punk y oscuros en las largas. Como en Procesión, que comienza casi folk y que poco a poco se hunde en una deliciosa oscuridad y que es un temazo.

Otra grabación brillante de Estudios DGR Sónica.

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Hoy ha muerto Manolo Tena

Hoy ha muerto Manolo Tena y todos hemos sentido el Frío y todos hemos visto cómo el cielo de Madrid ha roto a llorar en lágrimas de lluvia porque quizá se alinearon los planetas en el momento justo de su último estertor y se produjo de repente el suceso metereológico porque sí. Y todos hemos visto y escuchado gilipolleces por el estilo durante todo el jodido día. En todos los timelines de todas las redes sociales, en la radio, en la tele, en los periódicos, durante el café los mismos mensajes buenistas, las mismas anécdotas en el almuerzo contadas por quienes nunca las hubieron vivido. Y todo porque sí, porque es el día para ser uno más, porque es el momento guachi para contar lo que acabas de leer.

Las mismas canciones repitiéndose una y otra vez en un bucle obsceno.

Hoy ha vuelto a ser un día para flojos y flojas de lágrima, para borregos adocenados que celebran el hecho porque el hecho es famoso a pesar de que el hecho nada tiene que ver con ellos. Y sin que el hecho, siquiera, les haya proporcionado una breve experiencia personal. Quizá sin conocer el hecho. Tan solo por mimetismo.

La sociedad del espectáculo consigue la vulgarización del hecho con la reiteración del tópico. Y esto es muy peligroso. Un entorno que prima la cantidad de me gusta por encima del todo y del todos, y en contra del a quien le pese. El pensamiento único. El criterio único.

Así que hoy Manolo Tena es todo lo contrario a lo que se pretendía que fuese ayer. Su obra, la que sea, es ya un hecho banal y vacío de contenido porque, por encima de todo, todos debemos mostrar y demostrar el peso de su muerte. Aunque nos importe un pito. Y no porque fuese artista, sino porque fue famoso.

Si algo aportó Manolo Tena a la música fue mientras era miembro de Cucharada y de Alarma!!! Y no está claro que fuese el cabecilla de ese sonido distinto y de esas letras diferentes a las del pop hedonista y lacrimógeno de su época, más interesado en el postureo y el mimetismo que en traer algo nuevo a la mesa como Cucharada y Alarma!!! demostraron que querían traer. Luego se estandarizó en solitario y lo dulcificaron para ser un fenómeno de masas y aquello de la caracola. Y hasta ahí su historia. No hay nada más allá de las correrías de un yonki con sus amiguiyonkis coetáneos.

Hoy, después de leer su muerte, solo tengo una reflexión: murió Manolo Tena y el gilipollas de Sabina aún sigue vivo. Y eso sí que es peligroso.