La exaltación

El primer amigo que tuve en mi vida fue inglés. Inglés de Inglaterra. Así que a mis cuatro o cinco años y para descacharre de mi familia cuando le describía lo denominaba inglaterrano. Compartimos todo: juegos, anécdotas, secretos. Por compartir hasta los dos nos enamoramos de la mima chica de clase. No nos separaban muchas cosas. Si acaso un ligero acento se interponía a veces en nuestras conversaciones. Pero los dos jugábamos al fútbol en el recreo, leíamos y comentábamos los libros de Barco de Vapor y suspirábamos como lelos por un beso de nuestra amada Virginia.

Da miedo contemplar el mundo hoy con los ojos de un niño de hace veinticinco años.

Anoche pensaba en mi amigo inglaterrano mientras veía por la tele el recuento de los votos de las elecciones celebradas en Catalunya para elegir al presidente de la Generalitat. Un plebiscito. Un juego de tirasoga entre unos nacionalistas y otros.

Y es que nacionalismo solo hay uno. Algunos lo llamarán catalán, otros español. Da igual. Nacionalismo solo hay uno. El que piensa en su nación como único referente identitario. El resto son adjetivos que agregamos al sustantivo, como cuando la profesora o el profesor de Lengua nos invitaban a crear frases con sujeto, verbo y predicado.

La exaltación nacionalista exhibida ayer por ambos bandos solo tiene réplica en esos videos en blanco y negro donde vemos a Hitler calentar a las masas en un acto de reciprocidad entre emisor y receptor del mensaje. Un mensaje que, en el caso de anoche, es el mismo para todos: Catalunya es lo que yo pienso.

Y no puede ser un mensaje más infantil ese que acota al individuo en una identidad que, gracias al desarrollo de los últimos cincuenta años (educacional, tecnológico y en derechos civiles), ese desarrollo que además nos comunica con nuestro igual con un solo click en décimas de segundo independientemente de dónde resida, se ha convertido en una esponja que absorbe lo distinto, que enjabona nuestra piel con todo aquello que nos une para aprehender de aquello que nos diferencia y escurrir al final la roña.

Al año siguiente, mi amigo inglaterrano despareció de clase. Posiblemente tras los pasos de una familia nómada. Es una pena que no nos intercambiásemos los números de whatsapp o las cuentas de facebook o twitter. Quizá hoy sabría qué es de él. Y lo que es más seguro, que formaría parte de mi gran nación: la de las personas.

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