Me asomo a la ventana de la cocina con la taza humeante y un Ducados entre los dedos. Y entonces los veo ahí. Sentados en el banco. Tirados sobre la hierba. En los bordes de las aceras mientras esperan a que el semáforo se ponga en rojo.

Debajo de mi casa viven los gitanos del Puente de Ventas, Madrid. Y cuando digo viven, me refiero a que hacen su vida entorno al conglomerado de calles, automóviles y gentes que transitan de un lado al otro junto al torbellino gris de la M30. Allí preparan sus comidas en una fogata, lavan sus ropas en una bañera y las tienden en los árboles y los setos, duermen en los soportales o bajo el OVNI de Ventas, defecan, orinan, y trabajan la mendicidad. Unos limpian los cristales de los automóviles, otros únicamente piden y hay otros, los menos, que sobreviven de la picaresca frente al algún guiri recién llegado. Así son sus vidas. Veinticuatro horas al día. Trescientos sesenta y cinco días al año. Haga calor, frío, llueva o nieve.

La situación de enemistad de los vecinos del barrio contra ellos se agravó el pasado Junio. Sobre Madrid cayó una tormenta de agua inaudita que anegó las estaciones de Metro cercanas al barrio e inundó los garajes y trasteros subterráneos de los edificios colindantes. El agua lo destrozó todo, puertas de garajes, ascensores y cualquier espacio común expuesto a la inmensidad y descontrol de la Naturaleza. La tromba que sumió a Madrid en el caos durante horas, colapsó hasta el punto la ciudad que los bomberos fueron incapaces de achicar con sus camiones y bombas el agua que lo arrasó todo. Un día después, los servicios de limpieza que acudieron al barrio sacaron colchones, mantas, ropas, utensilios de cocina, maderas, cartones e incluso carros de supermercado de los sumideros de agua construidos en las vías públicas.

Los vecinos de las mancomunidades achacaron a los gitanos y sus formas de vida callejeras gran parte de la culpa de la destrucción. Pocas semanas después del suceso, organizaron una recogida de firmas para la expulsión de los gitanos de la zona, llevaron su queja al Ayuntamiento e intentaron que se hiciesen eco diferentes medios de comunicación para hacer visible su queja, aunque creo que sin el éxito que ellos esperaban.

La chispa del racismo es muy fácil que prenda la hoguera de la violencia cuando se trata de buscar a un culpable. Y ese culpable suele ser el más débil. A nadie se le pasó entonces por la cabeza echar cuentas al desamparo y la desgana con que el Ayuntamiento de Madrid ha tratado sus calles, edificios y, sobre todo, ciudadanos. Porque si los servicios de limpieza sacaron del alcantarillado público las pertenencias de los gitanos del barrio no es porque ellos las pusieran allí, sino porque el trabajo de mantenimiento no se hizo durante años.

Tres meses después de la catástrofe, la vida de los gitanos se ha regularizado y han vuelto a su cotidianeidad. Abandonados por los servicios sociales, subsisten trabajando la mendicidad, de las ayudas de grupos organizados entorno a asociaciones particulares y de la limosna de algún vecino que a hurtadillas les baja algo de ropa o calzado.

La situación es insostenible en cualquier caso. Y la solución muy difícil de concretar. Pero, antes de tomar decisiones precipitadas, lo que sí que no deberíamos olvidar es que su tradición nómada no es más que la consecuencia de la constante persecución que durante siglos ha sufrido el pueblo gitano.

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