Voy a describir la vida de un tipo medio. De un tipo cualquiera que gasta sus días de una bolsa de la vida que no es infinita, que tiene un límite, y cuyo límite además no está presupuestado.

Y es que uno no puede coger los días de su bolsa de la vida y reemplazarlos por otros como si fuese una billetera, ni intercambiarlos con los demás, ni ponerlos en un banco de la vida, a un plazo fijo que le de unos intereses al final del mismo, quizá unos días de más de vida.

Así que voy a describir la vida de cualquiera de vosotros o quizá la mía propia: finita e incierta.

El tipo se despierta siempre a la misma hora, quizá a las siete, a las siete y media, con el tiempo suficiente para ducharse y vestirse y salir de casa a las ocho de la mañana. El fin es llegar a la hora que fija su contrato de trabajo, quizá las nueve o las nueve y media. Allí, en el centro de trabajo, pasa la mañana, cada uno trasteando en lo suyo, en su oficio o función hasta quizá las dos de la tarde. Entonces el tipo se va a la cafetería del centro y se come lo que lleva en la tartera, o sale de la oficina y se va al bar, a veces incluso a casa si es que al tipo le pilla a mano. Dos horas. Dos horas más que invierte en una necesidad fisiológica básica, comer, comer para volver a la oficina pongamos que a las cuatro de la tarde. Y de nuevo, en el centro de trabajo trastea, cada tipo trastea en lo suyo, en su oficio, en su función, hasta las siete o siete y media de la tarde, esto claro si cumple escrupulosamente el horario convenido. Y entonces de nuevo sale de la oficina en dirección a casa, a donde llega quizá a eso de las ocho, ocho y media, nueve. Y luego cada tipo a lo suyo. A preparar la comida para mañana. A limpiar una habitación, o un salón, o un baño. A preparar la cena. Quizá acostar a los hijos. Quizá pasar algo de tiempo con su pareja, mudos, frente a una televisión que no echa nada interesante. Así que el tipo se acuesta, a las once y media, a las doce, a las doce y media. No puede, o quizá no debe trasnochar. Porque al día siguiente tiene que volver al centro de trabajo para desempeñar su oficio, para desempeñar su función, para cumplir con un pacto por el que recibe unos dividendos. Unos dividendos que no van a su bolsa de la vida, sino a su cuenta de ahorros del banco. Una cuenta más flexible que la bolsa de la vida, pero con la que no se puede especular por miedo, por falta de tiempo, por los deberes y las obligaciones.

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