Estancousqui

El Pardo en Moby Dick

Ahora que están de moda los festivales, yo me retiro a las salas porque es donde encuentro la verdad. Así que, el viernes 5 de Diciembre, mucha prole al límite, como Antonna (guitarra en aquella banda punk, Los Punsetes), acudimos a la llamada de la Sala Moby Dick en Madrid, donde Triángulo de Amor Bizarro daban un concierto que telonearían El Pardo. Y es que estamos de enhorabuena en el underground. Y cuando refiero la palabra undergound para intentar definir una corriente, no lo hago de forma peyorativa, al contrario, escribo uderground con todas sus connotaciones y rebelando quizá cierto elitismo.

Como digo, estamos de enhorabuena en el underground y no sólo por la cantidad de grupos, grupos buenos, en torno a una forma nueva de hacer y contar las cosas de la manera más vieja, sino porque entre todas esas bandas, debilidades aparte, hay una que prepondera por su encarnación del mito en una filosofía, en un pensamiento que transgrede y hace daño tanto por su ética como por su estética. Esa banda es El Pardo.

@Estancousqui
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El directo de El Pardo es brutal. Raúl Querido dirige con detalle la obra desde el centro. Y la banda te encrespa, como un puñetazo sonoro en las narices. La energía constante desciende con densidad desde el escenario hacia la pista y te envuelve e hipnotiza. Porque desprenden una potencia inusual para estos tiempos de medianías y tibiezas. Cuando escuché la rotundidad del estribillo el Congreso tiene que arder de ‘La hoguera de San Jerónimo‘, instintivamente habría cogido el petate y me habría marchado a La Moncloa para echar al inútil de Mariano, o a todos los inútiles como Mariano, en cualquier espacio de mi vida. Deslizan en ese contexto de ruido delicioso y medido una verdad, la de sus letras, perfectamente inteligibles en la voz de Raúl Querido, con el énfasis punk y la razón de Descartes. Y es que El Pardo no plantean una cuestión insignificante. Del conjunto, contundente y salvaje, aflora una reflexión, una meditación juiciosa y profunda a cerca de la realidad social en la que estamos sumergidos y en la que El Pardo, desde su posición, nos implican. Arriesgados, valientes (está pinchando Steve Aoki, me cuesta respirar), como en la versión bestial e incontestable junto a Raúl Peligro de ‘¡Son los 90’!‘ que se alza como un referente nihilista de la contracultura más allá de lo generacional, El Pardo suenan compactos, genuinos, verosímiles, y ofrecen una creación imperecedera que me es imposible retratar o transmitir con la exactitud con la que ellos la ejecutan, por muchas fotos o videos que cuelgue. Una obra feroz y sorpresiva que soy incapaz de trasladar a estas líneas con la verdad de los que estuvimos allí y que, por tanto, hay que ver en directo para ser consciente de su magnitud.

Todo lo que vino después de El Pardo fue trivial. La voz es la voz de El Pardo. De ninguna otra manera se pueden contar las cosas.

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