Allí donde ya no pasa nada

Es curioso cómo, con el paso del tiempo, la realidad se me va haciendo ajena.

Imagino que les irá muy bien. Me alegro por ellos. Se lo llevan currando más de treinta años para seguir siendo aún el lugar mítico. El Penta, clásico de las correrías nocturnas por Malasaña, siempre se ha llenado los viernes y los sábados para cerrar las madrugadas con Chica de ayer. Eso es cierto. Pero en los dos últimos años me ha sido imposible tomar una puta copa dentro de él, mi guardería, incluso llegando a las doce y media. Las colas para entrar a este templo ahora son inusuales, imposibles, indecentes. Frente a él, el novísimo Madrid Me Mata (de los mismos dueños) suele lucir retales de intrusos casi del mismo tamaño. Y unas calles más arriba, La Vía Láctea, ese tugurio de ruido y sonidos sucios y eléctricos, se presenta ante nuestros ojos cumpliendo la misma ecuación. Esos tipos, intrusos, esperando en el frío de la noche, ahora visten abrigos de Zara, fulares de colores, peinados estratosféricos, barbas cuidadosamente descuidadas. Al parecer, Malasaña se ha puesto de moda entre lo más tonto de la ciudad. Las it girls usan sus calles para vestir sus modelos prestados e inundar sus blogs de fotos con un toque vintage. Como todo en este mundo de fumigación de las esencias, El Penta y sus locales aledaños, aquellos en los que podíamos ser tipos corrientes, o vulgares como diría Enrique, en torno a una copa y canciones que nos maleaban el corazón sin los complejos y rodeados de los nuestros, se han sumergido en la macro estructura de lo superficial y de lo efímero.

La otra noche, en torno a unas copas abrigadas por el humo de los cigarros (no diré el bar para que no nos lo chapen), los chicos del taller literario comentábamos la jugada. No ésta. Pero sí otra que creo parecida. Se ha perdido la literatura de las canciones pop. Aquellos grupos que copaban listas como las de los 40, hoy sólo tendrían su pequeño sitio dentro de un determinado underground. No sé si es triste o fruto de la evolución del ser humano, lo que sí sé es que borra de mi imaginario los valores adolescentes que se postularon en aquellos iconos, tangencialmente opuestos a los que hoy se transmiten tanto en las radio-fórmulas como en los panfletos musicales (léanse RS o RDL).

Nuestra vida ha muerto en las orillas de los 30.

El indie ha muerto. Foros eruditos. Discursos apocalípticos. El indie ha muerto. Y lo cierto es que no me sorprende tal augurio. No me resulta extraño. Ni siquiera desagradable. No puedo posicionarme radicalmente en contra. Como siempre, el mercado llega tarde a una supuesta tendencia convirtiéndola en negocio y ajustándola a la ley de la oferta y la demanda para crear obscenos borregos de la moda. Algo así enuncia Alex Ross en su libro Escucha esto sobre la muerte de cualquier música. O más bien sobre las crisis que ha sufrido esta en sus diferentes etapas a lo largo de los siglos. Y lo enuncia para argumentar más tarde todo lo contrario.

Hay varias formas de definir la música independiente española. Una de ellas califica como indies a los grupos influidos en sus referencias por el pop británico de la nueva ola. Otra, indudable consecuencia de la anterior (porque en este país sólo los escuchaban ellos), es la que denomina independientes a los grupos que auto-editan o distribuyen sus discos a través de sellos pequeños, al margen de las grandes discográficas y a los que, por tanto, aunque yo no veo la correspondencia, se les supone una creatividad apartada de toda influencia mercantilista. No confundamos con sin ánimo de lucro, sino apartados del rigor de las modas, del negocio más neo-con y de las opiniones no creativas.

No soy quién para definir qué es qué, pero acierto a decir que quizá la música indie sea un poco de cada cosa y, ante todo me atrevo a conjeturar que, supone una filosofía, un modo y un medio de expresión. Así las cosas, el término que más se acerca a definir una corriente tan heterogénea e inclasificable en cuanto a géneros, es underground o música minoritaria.

Estos últimos años, como en cualquier negocio, se ha impuesto la mercadotecnia. La música llamada independiente mueve a millones de jóvenes en todas las provincias españolas. Un ejemplo de ello es la proliferación de festivales musicales, veraniegos o no, por todo el Estado. Cada pueblo o aldea tiene ya su propio festival, se celebre o no.

Pero no sólo eso. En los últimos años hemos visto grandes campañas de publicidad para lanzamientos de discos, grupos participando y creando sintonías de anuncios cerveceros, programas de televisión donde sus bandas sonoras son el mainstream del indie, amigos djs que, como si se creyeran importantes, comentan entre eruditos que ahora ese es su rollo.

La música popular al fin y al cabo somos nosotros mismos, como si de un auto-retrato se tratase. En nuestro gusto y entender están las claves para reconocer lo que ha muerto o lo que no, lo que nos gusta o desagrada, lo que queremos seguir viendo o lo que necesitamos cambiar.

Estamos en un momento crítico en el que es posible perder por completo la esencia, regresando a esa misma caverna que nos oculta la luz de la realidad tras unas suntuosas cortinas de bienestar. Un reflejo de nosotros mismos, donde el rico es un bohemio y el pobre un yonki.

Al menos, no dejemos en sus manos también nuestro ocio para que lo conviertan en aquel allá donde ya no pasa nada ni ocurre lo imposible.

Disfrutad con la canción. Yo antes lo hacía.

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