Recuerdo perfectamente aquella mañana de otoño en Madrid. El día se había levantado claro, con el cielo azul y brillante por el sol. Yo cursaba por entonces el C.O.U, en el cole de siempre, y las cosas no me iban muy bien. Con la cabeza centrada en los primeros amoríos adolescentes, pasaba la mayor parte de mi tiempo retozando entre los fracasos sentimentales mientras escuchaba música triste, leía libros tristes y escribía poemas tristes y malos. Lo mío siempre fue la dispersión mental del arte antes que la concentración absoluta del estudio. Yo estaba enamorado de una tipa por entonces que también me daría carril sin conseguir siquiera la gratitud del beso, y al salir de clase, como cada mediodía, la acompañé a casa. No me acuerdo de cuál fue el motivo de ese día para desviarnos del camino. Sé que bajamos Luchana, doblamos en Chisperos hacia Sagasta atravesando Fernando de los Ríos y llegamos a la Glorieta de Bilbao. Cruzamos hasta Carranza y en las calles aledañas había barrunto, bullicio de poli y ambulancias, algo normal por el barrio. Al rato, después de hacer algo o de perder el tiempo por las cercanías, volvimos sobre nuestros pasos. Sí, algo malo ocurría por allí. Seguro que era una pelea, o un yonki, o una pelea y un yonki. Creo que fue ahí cuando nos enteramos, mientras volvíamos sobre nuestros pasos, muy cerca de la calle de Antonio Flores, junto al bullicio y el barrunto de los críos yendo y viniendo de un lado para el otro en las horas postreras o cercanas a sus clase. ¿Quién era? Creo que tenía un disco de ese tipo en casa, pero de cuando cantaba con su hermano, ¿no? La calle del olvido era su título. Me gustaba la de Qué sólo estas.

Cincos años más tarde, me reencontré con un viejo conocido del colegio en un tugurio que hacía esquina con Quintana y Pintor Rosales de nombre la Royal Chata. Era mi amigo Pol Widuack. Yo trataba de curar mi enésimo fracaso sentimental, con una tipa algo engreída y aún adolescente, en locales oscuros y de mala muerte. Él intentaba alejar sus demonios internos de la misma manera que yo quería olvidarme de la infidelidad y el consecuente desamor, yendo a garitos tristes, escuchando música triste e iniciándose en la escritura con poemas tristes y malos. Pol estaba asombrado por la enorme facilidad con la que se sentía reflejado en el universo de Enrique. A través de su música, Pol podía expresar con naturalidad lo que sentía, algo que sin ella le resultaba imposible de desenmarañar. Entonces comenzamos a frecuentar el Penta casi cada noche. Entre cervezas y Larios, Pol me contaba las historias desalentadoras, amargas, dramáticas de Enrique a la vez que exponía su imagen, su filosofía, su legado tan diferente al que otros habían transmitido sobre él. Enrique era un tipo lleno de vitalidad, alegre, solía decir, y creo que no podía con las injusticias, remachaba.

– Enrique se metió en el estómago una cosa de esas que cuando bebes alcohol te entran nauseas, te duele la tripa y acabas vomitando como un adolescente a las puertas de la discoteca. Aunque eso no le impidió beberse un bote de colonia antes de salir a un escenario. Y es que su problema no era la heroína. Su problema fue el alcohol. Bueno. Ni siquiera. Su problema no era el alcohol, su problema fue ser una persona extremadamente sensible en un mundo de lobos con piel de cordero – me contaba Pol.

El episodio con el Príncipe Felipe, el final o no de su amistad con Sabina, su encuentro con Jackson Browne, su trágica defunción justo cuando trataba de reordenar su vida. Pol sabía casi todo sobre él. Y me hipnotizó, de su boca salía magia cada vez que hablaba sobre Enrique. Al parecer, ese tipo del que a mi me gustaba la de Qué sólo estás era uno de los artista más importantes de este país y, como suele pasar, de los frecuentemente más olvidados.

En el año 2005, Miguel A. Bargueño hizo en Adiós tristeza, creo que a día de hoy descatalogado, un retrato sincero de Enrique Urquijo. Una biografía que repasa la trayectoria musical y vital del mito más consecuente del rock’n’roll patrio, autor de temas memorables del pop en español, sin esconder lo feo ni ocultar lo bello. Una lectura recomendable e incluso obligatoria para todo aquel que le guste la música y, por supuestos, conocer la realidad que le rodea.

La última vez fue en 2011. El 17 de Noviembre, doce años después de su muerte, Pol y yo asistimos a un concierto horrible de Dorian en la Joy. Allí nos encontramos con Ambite. Transcribo la conversación.

– POL: ¿Tú eres Ambite, no?
– AMBITE: Sí, soy yo
– POL: Hoy hemos recordado a Enrique.
– AMBITE: Es una pena que los últimos doce años hayan sido tan duros.

Hoy ya son quince años, pero su alargada sombra nos sigue acompañando cada día en casi todas nuestras andanzas.

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