Relatos salvajes

Hay gente que se cree muy lista y original. Gente que sostiene que su inventiva e imaginación deben ser aduladas por todo el mundo. Y si no, es que todo el mundo es tonto. No sé si eso debió pensar Damián Szifron mientras construía sus Relatos Salvajes, pero imagino que se sabría con algo muy goloso entra manos e intuyo que por eso recurriría a la bondad de los Almodóvar, últimamente con más fama que buenas pelis, para producir y acercar a todo el mundo una obra mediocre.

Relatos Salvajes, como damos por hecho al leer su título en las paradas del bus, es una amalgama de historias o cortos sin relación argumental ni de personajes. Sólo existe un cable de unión entre ellas, la idea ética y estética que quiere transmitir Damián Szifron.

Sí, tenía algo bueno entre manos, porque las seis historias de la peli sólo se sostienen por un punto de partida original. Poco a poco se van desinflando conforme los minutos se acercan al final por su falta de sorpresa. Y lo que ocurre para que se desactiven las bombas de relojería que se intentan vender al principio es que los argumentos, con pinceladas inicuas de surrealismo, sin un sentido estético ni argumental y que únicamente están puestos ahí para sorprender burdamente al público, se convierten en una excusa para desarrollar unos personajes tópicos, torticeros y sin ápices de héroes o antihéroes (salvo El bombita, qué mal llevado), para culminar en unos finales buenistas y tan alejados del punto de partida.

Probablemente sea Pasternak, la primera de las historias, la que más cuadra con ese título: Reltatos Salvajes. Las ratas, como El más fuerte y La propuesta se pierden en argumentos éticos que alejan al espectador de la chicha. El Bombita es una magnífica historia que desemboca en un final bienpensante cargado de moral que propone una venganza absurda y tópica en la que el más débil se hace con la razón por el amor de sus amigos. Mientras que Hasta que la muerte nos separe es un delirio estúpido que a más de uno le hará levantarse de su butaca para marcharse a casa, no por la idea, sino por su mal representado surrealismo que ni descoloca, ni emborracha, ni sumerge al espectador entre efluvios opiáceos.

Y es que muchas veces no basta con tener una pléyade de buenos actores afianzados entre las élites de los intelectualimos y del buen gusto. No es suficiente contar con esa baza ganadora para hacer saltar a las taquillas por los aires durante las primeras semanas de proyección pública. Relatos Salvajes no es menor por sus interpretaciones (Oscar Martínez, Erica Rivas, Rita Cortese, Julieta Zylberberg, Darío Grandinetti, Ricardo Darín o Leonardo Sbaraglia, este nunca me gustó), sino porque, como un escritor primerizo, no corta donde debe de cortar y pasa de puntillas por los hallazgos, por la realidad, por la mala leche y por la sorpresa en el desarrollo y la culminación de las historias, los aspectos más importantes que sostienen a los relatos cortos, ya sean escritos, musicados, radiados o filmados de nuestra contemporaneidad.

Lo mejor, la banda sonora de Gustavo Santaolalla. Es que ni siquiera Borges hubiese escrito algo así. Entonces ya ni hablemos de Carver.

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