Cada año que pasa me gustan menos las estaciones del frío. No sólo por ese problema que transforma mis articulaciones en mecanismos anquilosados incapaces del movimiento, sino porque, como diría algún trasnochado presentador del telediario: cae el otoño, y con él la depresión, la melancolía, la angustia. Es por eso, por esa metamorfosis entre cuerpo, conciencia y clima, que cada vez que suceden las estaciones del frío, al que suscribe le entra esa apatía, esa pereza que le empuja a pasar las noches en casa, sólo, levantando el brazo únicamente para ingerir el siguiente sorbo de la yonkilata.

Y así es como me reencontré con Forrest Gump, recién empezada, en la pantalla del televisor de casa. Forrest Gump, que le dio a Tom Hanks un Oscar como mejor actor, dirigida por Robert Zemeckis y distribuida en 1994, es la adapatación de Eric Roth de la novela homónima de Winston Groom de 1986. Una peli alabada por la crítica, el público, los premios, que recorre prácticamente la contemporaneidad del siglo XX de Estados Unidos al ritmo de, seguramente, una banda sonora sensacional que presenta buena parte de la historia de la música americana, y que yo, desde que púber la vi por primera vez, odié.

El objeto de ese odio no es la historia en sí, los personajes en su mayor parte ingenuos, las interpretaciones, los magníficos efectos especiales, el desarrollo brillante del argumento a través de esa parada de autobús y el flashback, o del argumento en sí mismo, sino que el objeto de esa repulsa u odio es lo que subyace detrás del argumento. Un argumento que, como si fuese una cañería oxidada y herrumbrosa, deja gotear y traspasar como una humedad el regusto agrio de una moral casposa e irreal que se puede definir así: si haces lo correcto, tendrás éxito en la vida.

¿Y cuál es el éxito en la vida de Forrest Gump? Pues una consecución de eventos mágicos, de recompensas vacías y prebendas ampulosas que no borran de su conciencia, una conciencia infantil, el verdadero signifacado del éxito para Forrest, y ese no es otro que el amor verdadero representado en su amor y lealtad por la díscola Jenny.

Así que, de esa manera, regresamos al argumento medieval, aquel que obligaba al individuo a llevar una vida correcta, socialmente servil y personalmente frustrada para conseguir el éxito que, como para Forrest Gump, no era otro que el de una vida miserable.

Al final, Jenny, antes de morir, siendo consciente de la cercanía de su deceso, le endilga a Forrest a un crío de cinco años, el de El sexto sentido, que probablemente ni fuese suyo y que, además, es más inteligente que él. Así que el bueno de Forrest se queda con una carga para toda la vida además de la pena por la desaparición de su madre, primero, y finalmente de Jenny.

Esfuerzo sin recompensa.

Yo habría añadido una secuencia antes de la muerte de Jenny. En esa secuencia, el día de la boda entre ella y Forrest, habría metido en la cama conyugal al Teniente Dan (Gary Sinise) y a la recién casada. Entonces Forrest, alertado por los golpes y quejidos de la cama se habría acercado a la puerta y habría encontrado a su amigo y socio y a su mujer copulando como si el fin del mundo estuviese a punto de llegar. La conversación sería la siguiente:

FORREST: ¿Jenny? ¿Estás bien?
JENNY: Sí , Forrest. ¡Márchate!
FORREST: ¿Qué haces Jeeny?
JENNY: Calderos, ¿no oyes los porrazos?
TENIENTE DAN: ¡Sí, idiota gilipollas! ¡Dios, mírame, ahora podemos hacer las paces! ¡Estos es por no dejarme morir en Vietnam como un héroe y tener que vivir como un puto lisiado toda mi vida! ¡Jódete Forrest!

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