Mi padre tenía tres hijos biológicos, pero vosotros sois todos hijos de Morente’.

Así se despedía Estrella Morente el pasado Jueves 20 de Febrero de una Riviera casi llena, aún con la tensión de un último Manhattan para la posteridad, con todos los artistas encima del escenario y el público embelesado, antes de cantar una mijitilla más para el bis, entre las luces fluorescentes que anunciaban el toque de queda y el delirio de los que aún permanecíamos en la sala.

Este año se cumplen treinta y cinco de la Leyenda del tiempo. El disco con el que Camarón transformó la manera de entender el flamenco, así como cualquier otro género musical, para las nuevas generaciones. Diecisiete años más tarde, Omega, que ha permanecido indeleble y actual casi veinte años después de su creación, se convirtió en la piedra angular para todo un conjunto heterogéneo de generaciones, legatarios de una manera global y humanista de entender el arte que, si no me equivoco y, visto lo visto, conforman una subespecie en extinción.

Así que dentro del memorial Morente Más Morente, no podía faltar el homenaje del rock, o mejor dicho del conjunto de la música popular española, al creador de Omega. Y allá que fuimos Josh Lyman y yo.

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La noche se inició con un martinete solemne y oscuro. En el centro del retablo, el hijo, José Enrique Morente, dando enjundia y convirtiéndose en referencia para el resto del recital. Pues si alguien salió reforzado de esa noche fue él, a sus 23 primaveras, un huracán de arte con la ambición de florecer.

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El homenaje del rock al Maestro se convirtió en una puesta a punto de aquel Omega pergeñado por el propio Enrique Morente junto a Antonio Arias, Vicente Amigo, Alberto Manzano, Isidro Muñoz, Erik y un largo etcétera de pioneros. Con la participación en los primeros compases de La Barbería del Sur, la Mari, un descontextualizado Jorge Drexler o Javier Ruibal.

Y aparecieron Santiago Auserón, probablemente uno de los mejores artistas patrios, y si no lo creen así configuren sus cerebros y comprueben su evolución, y Raimundo Amador. Para entonces ya sabíamos que de ese viento plomizo, atestado de grumos de cerveza, se iba a desprender algo que, ni siquiera los que estuvimos allí, íbamos a saber describir en los días postreros.

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Y llegó Omega. Sublime. Con Enrique hijo de nuevo al mando. Pletórico. Antonio Arias al bajo. P1000908Erik en la batería. Y la compañía de Antonio Carbonell y Las Negris a los coros. Y la suntuosa platea que se congregó en La Riviera (Eduardo Madina, Segio Pazos o Berta Collado entre otros), pegó un respingo de tracción.

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Entonces salió Estrella Morente para hacer el Aleluya de Leonard Cohen filtrado por el Maestro. Y a un servidor se le erizaron los vellos mientras el pecho se le ahogaba en mariposas. Qué gran sentido de la escena. Qué conocimiento de la dramatización tiene la mayor de los hijos de Enrique. Parece como si todo lo que hace y sucede sobre el escenario le fuese natural, sin forzamientos.

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Y a partir de ahí todo lo gordo. El grueso de Omega.

Vino Noni, de Lori Meyers, para hacer Vuelta de paseo.

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Soleá Morente con un emotivo Pequeño Vals Vienés.

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Y J, que se subió al escenario junto a una hipnótica Mala Rodríguez para recrear, tan 00007 052despegadamente, tan sugerente, ese En un sueño viniste de Los Evangelistas y que compuso Don Enrique.

Y con Los Evangelistas, el bailaor Javier Barón para servir en bandeja de plata a Amaral ese Manhattan para la posteridad al que se unieron todo el cuadro de artistas invitados y donde preponderó, por encima de una Amaral que finalmente se hizo pequeñita, el chorrazo de voz de Estrella y la historia y la leyenda y la entrega lisérgica y enrabietada del público y el magisterio en la batería de Erik.

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Los que fuimos queríamos algo único, como el Maestro, la surreal arquitectura del ruido, la ensoñación y la armonía. El Arte. Y resultó ser la más bella y vibrante noche que estos mierdecillas de la pluma, que cuentan por no saber crear, han vivido.

Sólo faltó Enrique.

¡Viva Morente!

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