Sonrisa amarga

No siempre lo previsible, luego se hace evidente. Esto es algo que suele convertirse en un axioma cuando dos equipos, en la máxima de sus competiciones, pelean entre ellos por ser el dominante. A buen seguro, la previa del partido que enfrentó el sábado a los primeros de la clase de la Liga española fue lo mejor de la tarde. A partir de las cinco, los aledaños del Estadio Vicente Calderón se vistieron de fiesta llenándose de amigos de la familia rojiblanca. Entre ellos, un aroma que embriagaba el ambiente. Y ese no era el del alcohol cerveceril o destilado de los combinados, sino el efluvio de la posibilidad única de preponderar en la disputa doméstica tras tantos años de sufrimiento y melancolía.

Pero quizá eso aún era demasiado premio para un club hasta ahora acostumbrado a la depresión.

El partido arrancó con sorpresa, sin Messi ni Neymar, y con un encorajinado arreón de la grada rojiblanca y una propuesta histérica y furiosa de los pupilos del Cholo Simeone que duró casi veinte minutos. El Atlético de Madrid, con el jefe Tiago y un magistral Arda Turan, se hizo dueño del balón y rápidamente lo hacía transitar desde el centro del campo hasta las inmediaciones de Valdés donde esperaba Diego Costa con menos fortuna de cara a portería que en otras ocasiones. Estos veinte primeros minutos fueron claves en el desarrollo del partido porque sentaron las bases de lo que iba a ser el argumento de la lid y metieron el miedo en el cuerpo a los jugadores del F.C. Barcelona, sobrepasados por el ambiente y el rival. Tan alcanzados los jugadores barcelonistas que tuvieron que recurrir a las artimañas ya habituales en ellos (la simulación de faltas o lesiones) y a la complicidad del árbitro Mateu Lahoz para recuperar el balón con el fin de practicar su juego, ese que aburre hasta a las ovejas donde el único que pone algo de brillantez es el sensacional Cesc Fábregas, y gozar de la primera oportunidad de gol bien pasada la media hora del encuentro en un remate de cabeza desviado de Pedro.

Ya en la segunda parte, con Messi en el campo por lesión de Iniesta, el Calderón propinó al equipo un nuevo arreón de rabia y delirio y llevó en volandas a unos jugadores motivados, activos y centrados que hasta el minuto setenta se hicieron con el protagonismo. Pero otra vez el Barcelona sacó a relucir su actitud ramplona e indecente, encabezada por el perro de presa Xavi Hernández, fuera de forma, detrás de Mateu Lahoz para protestarle o advertirle en cada roce o disputa de sus compañeros con un rival. Así que el Barcelona se hizo con la posesión para jugar en horizontal, sin verticalidad, convirtiendo en obsceno y soporífero, con estrellas a medio gas, el bello juego que Pep Guardiola instauró en el club. Aun así, el mejor jugador del mundo, Messi, tuvo un mano a mano generoso para hacer el 0-1 que Courtois, quizá el mejor portero de Europa a día de hoy, desbarató. Desde ese momento, el juego siguió muriendo en un Atlético muy junto en sus líneas, contundente en defensa y rápido en la transición defensa-ataque para tener alguna media ocasión, hasta que Tiago dejó su lugar al Cebolla Rodríguez, pero que no bastaron para cambiar el resultado inicial de 0-0.

Arda Turan y Tiago fueron los mejores del partido. Si el primero es la magia, el toque y el que da sentido al ataque desde el centro del campo del equipo colchonero; el segundo es la seguridad defensiva y la clarividencia para sacer el balón desde atrás con inteligencia y coherencia. Lo malo de esto es que el primero tiene muchas novias y el segundo 32 años y sin reemplazo en un banquillo falto de centrocampistas contundentes y creativos.

La conclusión más negativa es que Villa, el imperial delantero de la Selección española en la última década, ha confirmado que, a pesar de pelear, no tiene la capacidad futbolística para jugar en un equipo con las cotas que ahora se le suponen al Atleti.

Los atléticos emprendimos el camino de vuelta a casa por el Paseo de los Melancólicos con una sonrisa amarga. Recuperamos las buenas sensaciones y las virtudes del conjunto que en las últimas fechas frente a Levante, Valencia y Málaga pusimos en entredicho y que, al fin y al cabo, es lo que destaca en el bloque de Simeone, más allá de las casualidades individuales. Pudimos ver a Diego Costa desapercibido en el gol, pero realizando un profundo y riguroso trabajo para el equipo tanto en el ataque como en la contención y las ayudas defensivas. Pero el juego colectivo y solidario del Atlético de Madrid no fue suficiente para conseguir la victoria.

Quedamos colíderes al final de la primera vuelta. Así que seguimos siendo ganadores de nada.

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