Estancousqui

Jero Romero en Joy Eslava

La Loca aún no está muy hecha a estas lides. El ambiente de los conciertos. El de los festivales. A su gente, buena o mala (si es que bien y mal pueden distinguirse). A esa cierta intelectualidad tonta y rancia que flota en el ambiente de lo que algunos califican como ‘indie’.
Pero La Loca hizo los deberes. Escuchó ‘Cabeza de León’ una y otra vez. Lo interiorizó. Y entonces me dijo:
– Loco, ¿cuándo me llevas a ver a Jero Romero? (señal de victoria hacia el pecho y rebote).
De esto hace unos meses.
Y le encantó.
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Normalmente, cuando escribo sobre algo, trato de recopilar la mayor cantidad de información posible a cerca del personaje para intentar presentarlo de la mejor manera. Pero creo que ahora es innecesario. Todos sabemos que Jero Romero estuvo durante años en The Sunday Drivers. Y que, el buen día que se separaron, él no tenía pensado seguir en solitario. Sin embargo, con unas cuantas canciones en la mochila y con la compañía de una buena banda, sacó ‘Cabeza de León’. Y que a partir de ahí comenzó a rodar.
Cabeza de León’ es un disco, como se dice vulgarmente, redondo. No hay altibajos. Es constante. Letras francas y naturales, pero a la vez de gran porte dramático, sin el exceso remilgado, como el que no quiere la cosa, como si tú y yo nos contamos.  Además, encajadas a la perfección en la coherencia lírica e instrumental, en melodías frescas y bellas.  Jero Romero habla de él con la sencillez con la que a todos nos gustaría hablar de nosotros mismos para que nuestra historia sea comprendida por la mayor cantidad de gente, sin dar de lado la poética. Y todo esto se plasmó en el escenario. Con la intensidad de lo íntimo. Y es que esta vez fue diferente. Diferente a cuando el año pasado se acompañó y acompañó a Russian Red en el Circo Price. O diferente a aquel medio día brutal en la Plaza del Trigo durante el Sonorama.
Incluso el respeto del público acompañó. Modoso para mi gusto, pero que cuando fue necesario, lo propusiese la banda o de forma espontánea, rellenó los silencios casi susurrando las letras de las canciones.
Y qué decir de la banda. Nacho García (batería), Amable Rodríguez (guitarra y ukelele), Alfonso Ferrer (bajo y contrabajo) y el multiinstrumentista Charlie Bautista. Que son una banda cojonuda. Y es que quizá sea verdad aquello que Jero Romero quiso enfatizar con eso de: ‘esta banda es lo mejor que me ha pasado en los últimos años’.
Los puntos fuertes fueron ‘Correcto’, ‘Haciendo eses’ y por supuesto ‘Devolverte’. Pero además presentó dos nuevas canciones (‘Columpio’ y ‘Ventana’), porque ‘una de las razones por las que estamos aquí es porque queremos que haya segundo disco’ dijo Jero.
Mis favoritas, ‘Desinhibida’ y el cover del ‘Adelante, Bonaparte’ de los Standstill.
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La Loca disfrutó. Mucho. Incuso le brillaron esos ojos negros.
Es un gustazo agregar al rollo de la música a la gente. Pero con conciertos como el del Sábado, sinceramente, no supone ningún esfuerzo.

Estancousqui

La noche al revés

La noche al revés’ es la adaptación de Fátima Sayyad de ‘La nuit a l’envers’, la obra de Xavier Durringer (París, 1967; director de pelis como ‘¡No me vengas con historias!’ o ‘De Nicolás a Sarkozy’) que se representa todos los Martes de Abril a las 20.00 en el Café Teatro Arenal.
Dirigida por Chema Coloma, que a interpreta a la vez a Javier. Y con la propia Fátima Sayyad como Lola. Ambos, Javier y Lola, serán los protagonistas y únicos personajes del libreto.
Siempre lo hemos comentado entre los spainerds. Que el día que concertemos los servicios de una prostituta seguro que lo haremos para hablar con ella. Imagino a Blutowski o mí mismo:
– Eh, señorita, no, esto (pausa, cabeza entre los hombros, mirada al suelo) yo sólo quiero hablar.
En realidad este es el argumento de ‘La noche al revés’
Lo primero que encontramos sobre el escenario es la austeridad del decorado. Mesa camilla, cama, silla y biombo. Acorde al contexto, cuyo argumento transcurre en la deprimente habitación de Lola, una prostituta de la Calle Montera.
Javier es un solitario. Podríamos decir un loco que sueña con vivir en su particular paraíso, sueño encerrado en la lámina que cubre el chocolate de su marca favorita. Y que, después de acordar con Lola el encuentro y subir a su habitación, su objetivo no es el del coito. Chema Coloma comienza aceptablemente en la construcción de Javier y nos engancha rápidamente a su personalidad segregada. Pero, posteriormente, Javier se hace plano en el tratamiento. Sucesivamente cae en la autocompasión. Se engaña a sí mismo. Y la empatía primera decae y el espectador se siente algo apabullado.
Fátima Sayyad va de menos a más. Gana terreno cuando deja de impostar las risas y los silencios, cuando trata con naturalidad y medida al personaje, sin el exceso. Quizá es lo que tiene fabricar el personaje de una prostituta, que normalmente lo más sencillo es tirar del amaneramiento. Porque Lola gana en soltura, espontaneidad y profundidad cuando se quita el maquillaje.
‘La noche al revés’ parece que trata de analizar una distopía. La de una sociedad más o menos actual (ruido, máquinas, soledad, marginalidad), pero se queda a medio camino entre la novela rosa y el culebrón veraniego de la temporada. Las zonas oscuras del relato carecen de la dramática suficiente. El avance del texto es irregular, dando demasiada importancia a la presentación de los personajes, quizá innecesaria a la realidad de la trama que posteriormente se desarrolla con facilidad. Hasta la mitad de la obra donde de nuevo decae el ritmo al adentrarse en el manido recurso del amor verdadero. Por tanto no consigue ser cómica en los tramos en que se trata de desdramatizar el asunto, ni ahondar en la desventura, ni ser eficaz en la miseria o la desdicha como para atrapar.
Al salir del Café Teatro Arenal, aún dudaba si Javier era un loco o solo un advenedizo. Pero reflexioné. Si alguien cree que Javier y Lola son unos locos, ¿son igual de locos que dos jóvenes que se encuentran una noche en una discoteca y se van a follar a casa de uno de ellos sin conocerse de nada?

Estancousqui

Los Croods

Hacía tiempo que no iba al cine para ver una peli de dibujos. Y a La Loca no es que le apasione eso de ver pelis animadas en la gran pantalla, prefiere hacerlo en casa. Pero también es cierto que, en la última década, podemos contar con un cine de animación casi mejor que el cine convencional (Wall-E, Up o Toy Story 3 son buenos ejemplos).
Así que fuimos al cine. Para ver la última de Dreamworks (Antz, Shrek, Madagascar o Kun Fu Panda), Los Croods.
La película comienza con una trepidante persecución, cuya escusa es la caza. Los Croods son una familia cavernícola que, cuando ve destruida su cueva, su rutina y su mundo de miedos por culpa de un fuerte terremoto, decide emprender un viaje hacia la luz, guiados por el espíritu aventurero de la hija mayor, Eep Crood (típica adolescente), y las habilidades y perspicacia del enamorado de turno, un muchacho ajeno al clan y de nombre Chico.
Frente a ello, representando el papel antagonista, el de los encadenados (mito de La Caverna), es decir, ‘el mundo sensible’, la tozudez de un padre de corazón noble (a veces hasta caer en el ridículo), pero de ideas antiguas y modales hoscos.
En el VII Libro de la República, Platón ya nos explicaba cómo a través del conocimiento se puede captar la presencia de dos mundos: el sensible (a través de los sentidos, el patriarca Grug) y el inteligible (mediante la razón, Chico).
A través del fuego (recordemos la hoguera dentro de la caverna), Chico consigue despertar a la inquieta Eep para ir en busca del nuevo mundo, el exterior de la caverna, hacia el Sol (esa idea del Bien). Así que, finalmente, la familia decide salir de la caverna con un único un objetivo: ir hacia el Sol. Entonces es cuando comienza la aventura.
En cualquier caso, Los Croods es una historia desigual que entretiene, pero no atrapa. Que provoca una pequeña mueca, tanto para la risa como para la lágrima, pero que no emociona.

Estancousqui

Mis amigos no saben quiénes son Wilco ni falta que hace

Durante la semana, muchos han sido los que se han hecho eco del artículo publicado en El País que refire el estudio realizado entre más de 600 estudiantes de la Universidad de La Rioja, de edades comprendidas entre los 17 y 25 años, y cuyos datos se presentaron durante las IX Jornadas Sociológicas Del Cassette a Spotify Jóvenes e Identidades Musicales.
Y muchos también han sido los que se han apresurado a mencionarlo y compartirlo en sus perfiles de las distintas redes sociales, exudando en sus comentarios cierto tufo intelectualoelitista, procurando dar a entender con ello el supuesto analfabetismo, la ignorancia o incultura de nuestros jóvenes, tras analizar los datos que arroja el estudio.
72% desconoce a Wilco
52% desconoce a Radiohead
49% desconoce a Depeche Mode

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En realidad es muy sencillo apuntar contra los jóvenes. Disparar contra su presunta abulia, su posible apatía, su desinterés por ‘las cosas que importan’. Desde que tengo uso de razón, el desprestigio de la juventud es una práctica habitual que realiza una generación detrás de otra sobre la anterior. Pero a mí todo esto me suscita una reflexión: ¿en qué lugar nos dejan los datos del estudio  a sus mayores?, ¿a sus ancestros? ¿En qué lugar nos deja a todos como sociedad?
No sé si, como expone el responsable del estudio, el profesor de Sociología Sergio Andrés Cabello, los resultados son extrapolables al resto de la sociedad comprendida en esas edades. Yo puedo dar un dato. En el pasillo de la oficina donde trabajo, somos 24 personas de edades comprendidas entre los 25 y 35 años. El 96% desconoce a Wilco, el 96% desconoce a Radiohead y el 92% a Depeche Mode. Sé que es una boutade. Pero los comentarios negativos vertidos a los jóvenes también lo son.
¿Quién ha realizado con estos jóvenes la labor pedagógica de mostrarles el arte? En este caso la música. ¿Quién les ha despertado la curiosidad?
Lo cierto es que nosotros no. Porque estos resultados sólo se entienden si comprendemos que esos niños han carecido de referente culturales. Es decir, de nosotros mismos, absorbidos quizá por el ritmo frenético del ruido, las máquinas y el consumo. O quizá por nuestra abulia, nuestra apatía y el desinterés.

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No creo que más del 20% de quienes solemos frecuentar los festivales conozcamos a los grupos que allí se concitan. De hecho, yo haría un estudio. A pie de escenario. Por ejemplo durante el Arenal Sound 2013. O quizá mejor durante el Arenal Sound 2013 a las ocho de la mañana. Con la fresca. ¿No sé si sabéis por dónde van los tiros?

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1. Esa foto de Wilco es mía.
2. La música es un arte. Por tanto una cuestión entre el entendimiento y el gusto. Por tanto no tiene por qué gustarte Wilco. Por tanto yo tengo toda la discografía de Wilco entre vinilos y cds. Por tanto a mi compi de mesa le gusta el reguetton.
Por cierto, ella es bastante más inteligente y habilidosa afectiva y socialmente que yo.