Y a partir del viernes comenzaba todo lo gordo. High Places, Superchunk, Fleet Foxes, Girls o Stephen Malkmus, conformaban a priori una proposición más que atractiva.

Así que nos encaminamos hacia La Riviera. Allí, Fleet Foxes, el grupo de moda, elevado a los altares por la crítica y la blogosfera, agotaban las entradas y se convertían en el plato más fuerte a digerir por los acólitos festivaleros. Pero pocas pulseras en los brazos se veían entre los parroquianos. Y es que el recital de languidez de los de Seattle, también se podía presenciar sin necesidad de tragarse las largas jornadas del Primavera.
Blutowski y yo, con ese nerviosismo en el ánimo que se inserta en el estómago como una marea y que intuye un gran acontecimiento, nos plantamos en la puerta del recinto e inmediatamente un escalofrío recorrió nuestras espaldas. No sabíamos muy bien si mostrar nuestras pulseras o despojarnos de los abrigos para que los porteros diesen fe de que nuestras camisas eran 100% leñador. Incluso después de traspasar la barrera de gorilas, aun percibíamos el miedo. Quizá algún gafapasta barbudo o una arrastrada cool podría abrir nuestros abrigos y dar a conocer que éramos unos infiltrados indecorosos. Debajo de las parcas, sólo lucíamos unas miserables sudaderas.

La primera cita era con Vetiver. Un aperitivo decente antes del estallido folk. Pero lo cierto es que a penas se prestó atención a los de San Francisco, que presentaban su disco The Errant Charm ante un aforo más interesado en lo que pudiese suceder a continuación que en las bellas y alegres melodías de los americanos.

Y por fin, puntualísimos y encabezados por Robin Pecknold, Fleet Foxes.
Para relatar lo que presencié me he pertrechado bien con Fleet Foxes y Helplessness Blues, lo dos discos de este grupo de folk psicodélico. Los he buscado entre el resto de discos que tengo por casa, los he vuelto a escuchar un par de veces y he concluido lo siguiente: hermosas armonías, melodías celestiales, la especial y vibrante voz de Robin conjugada con el resto de voces creando un juego de texturas cristalino, letras amargas y atormentadas… Sin duda, estas referencias eran las que me habían metido a los pájaros en el estómago y por las que permanecí ansioso durante los larguísimos minutos que transcurrieron desde que llegué a La Riviera hasta que dio comienzo The plains/Bitter dance.
Entonces casi pude ver cómo dos ángeles se erigían por encima de la cabeza de Robin y cubrían la sala de polvo de estrellas.
Pero…
Probablemente fui el único dentro del hormigón al que aquello no le transmitió. Mykonos, English house, Battery kinzie… Mientras yo echaba de menos la falta de carisma, la conexión, el feeling, a pesar de tener al público comiendo de su mano desde el inicio de la velada. Sí, Fleet Foxes son un buen grupo. No han inventado ni reinventado nada, pero destilan cierto magnetismo. Pese a ello, aun no he podido hacerles un hueco en mi paraíso particular. Y llegamos al momento más conmovedor, White winter hymnal, seguida de Ragged wood. Momento en que el que suscribe se vino arriba, se puso on fire y pudo emocionarse. Tras este breve destello, otra vez la batería de languidez y amargura, en melodías que parecían no acabar nunca. (¿Una pose?) Y así mi necesidad de marcharme, de tirar la toalla decepcionado.

Y de La Riviera, haciendo una parada para cenar algo y llenar el estómago una vez que los pájaros ya habían desaparecido y no habíamos podido llenar el alma, al Círculo de Bellas Artes.

Al entrar en la sala de columnas, después de echar el bofe al subir los siete pisos que nos separaban de la calle, una estética discotequera, luces de ensueño y penumbra nos saludaron. Minutos después, tras haber consumido un par de copas, un tipo sin cabeza (sólo tenía pelo) llamado Gary War, se subió al escenario con una guitarra y un sinfín de bases, ritmos y melodías electrónicas pregrabadas. No, no se le entendía y, no, la guitarra no sonaba. Sin embargo, la gente saltaba y jaleaba el deterioro sónico. Y es que, si hay alguien peor que un gafapasta enteradillo, ese es el gafapasta encocado, igual de tonto que el más tonto de los tontos del barrio más extremo de tu ciudad e igual de molesto que todos esos encocados de fin de semana en la discoteca de rigor o que aquellos de los que nos reímos en los videos del youtube mientras se graban a la salida de la macroparty.
Visto lo visto, Blutowski y yo tocamos retirada pensando que, si esto es la crema de la intelectualidad, quizá iba siendo hora de emigrar a otros espacios donde la pose, las gafas sin graduar y la intelecto-tontería no sean el pan de cada evento.

Pero aun nos quedaba el sábado y, un oasis, el rock con mayúsculas. Si Verónica Falls nos supuso la sorpresa, Girls fue la confirmación. Un grupo que no debe resultarnos indiferente, que transita desde el rock más clásico a la psicodelia más lisérgica, de los Beach Boys a Led Zeppelin, pasando por sonidos Motown. Los de Christopher Owens son un buen motivo para creer que la música no termina en las camisas de cuadros, los labios y las uñas de rojo chillón o las estéticas estridentes. Porque de nuevo volvemos a la sencillez. Es posible que digas: ‘esto ya lo escuché’, cuando escuches a Girls, y que trates de adivinar la canción en la que se han inspirado, pero es que Girls no esconde sus referencias, las enseña, las muestra, las conjuga y cocina una serie de temas tan clásicos, tan refrescantes y tan seductores.
Los de San Francisco abrieron en la sala San Miguel del Palacio de Vistalegre con la sensual y tortuosa My ma’. Y desde ese instante me metieron en su bolsillo. Guitarras portentosas, un líder carismático. Y Heartbreacker, Laura (bellísima) o Honey Bunny, fresco y arrebatador. E incendiarios también se pusieron, aunque sin perder la corrección, ante el pasmo del público y mis consiguientes botes y rebotes, cuando sonó el enérgico y musculoso Die. Pero a la vez melancólicos en Love like a river, Vomit o Hellhole ratrace. Para terminar despidiéndose del público tirándoles flores.
Girls es un grupo con un ramillete de temas poderosos, una banda perfectamente acorde que lo tiene todo para triunfar más allá de los pequeños escenarios.

Tienen dos discos: Album y el editado este año Father, Son, Holy Ghost; además de un Ep: Broken Dreams Club. Apúntenlo en sus libretas, seguro que dentro de unos años no querrán perdérselos, quizá en un espacio mayor en el que agotarán las entradas.
Blutowski y yo no tuvimos más remedio que hacer doblete y volver a verlos el domingo en la Joy Eslava, donde, de nuevo, disfrutamos como niños del repertorio de los californianos.

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