Una foto de familia en blanco y negro. La madre y sus tres hijos.

La cámara se fija en la conversación. Plano, contraplano. La descripción veraz de los personajes, de los presentes y de los ausentes, sin guión, sin la necesidad de emplear algún artificio.

Desencanto es la acción de quitar a algo el encantamiento al que está sometido. Si alguna vez hubiese participado en una de esas estúpidas elecciones de palabras que se organizan para promocionar el español, desencanto habría sido mi vocablo favorito.

Como una puerta que se bate en la oscuridad y no vuelve a abrirse nunca.

En 1976 se estrenó en España una de las últimas películas recortadas por el filtro de la censura franquista. El Desencanto, de Jaime Chávarri, es un documental de hora y media en el que, a través de la conversaciones de cuatro miembros del clan Panero, se desentrañan las miserias de esa familia y, a su vez, las de una sociedad, la española, que conformaba un país sórdido y aburrido.

Leopoldo Panero nació en Astorga, León (España), el 19 de Octubre de 1909. Estudiante de Derecho en las universidades de Valladolid y Madrid, publicó sus primeros versos en la Nueva Revista, publicación que él mismo fundó. Durante la Guerra Civil española, entró en la Falange y, al concluir esta, fue nombrado agregado cultural de la Embajada española y director del Instituto Español en Londres. En 1937 murió su hermano Juan en un accidente de automóvil, hecho que le atormentaría el resto de su existencia.

Felicidad Blanc, una niña bien de Madrid, como ella misma se calificaba, consideraba la vida una constante estación de primavera y del amor.    Una consideración de la vida que más tarde se troncaría. Conoció a Leopoldo por un grupo de amigos y el primer día no le gustó. En una segunda ocasión, Leopoldo le dijo: ‘Te veo como una persona vieja’, y Felicidad quedó impresionada. Semanas después, el poeta le dedicó unos versos que envió a su casa. ‘Es verdad tu hermosura, es verdad’, decían. En 1941, Felicidad Blanc se casa con Leopoldo Panero. No tuvo amigas desde ese momento.

Tres hijos: Juan Luis, un tipo desquiciado y peculiar hundido en la voraz lucha por matar al padre; Michi, el más sensato de todos; y Leopoldo María, compañero de juegos de Michi, un ser molesto, distinto, raro.

Dos constantes flotan en el ambiente de esta familia ennoblecida. La primera, la Guerra Civil y la consiguiente condición de poeta fascista de Leopoldo. La segunda, en palabras de Michi Panero, el carácter salvaje de un padre crápula, alcohólico y putero, que sojuzga la figura de la madre, Felicidad, mujer que encarna la pesadumbre de la pérdida del ideal, del amor no conseguido, y por tanto, aniquila el desarrollo afectivo e intelectual de los hijos.
Los hijos unen, dice Felicidad, pero también desunen.

La incomunicación.

Pero además de estos aditamentos, durante El Desencanto, las anécdotas se mezclan con los recuerdos. La pintoresca luna de miel de los enamorados, la amistad de Leopoldo con Luis Rosales o Cernuda, la polémica con Neruda, los intentos de suicidio de Leopoldo María y sus posteriores encierros en el psiquiátrico de Mondragón, la muerte de Leopoldo en la voz de Felicidad.

En definitiva, una obra portentosa, recuerdo de una sociedad no tan diferente a la nuestra, y que merece la pena ser revisitada.

Un comentario en “El Desencanto

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