Yo no estoy indignado

  Sorprendentemente, hoy me he levantado pronto. Así que he aprovechado para recrearme en algo que no suelo hacer los domingos (bueno, lo confesaré, tampoco lo hago otros días). Leer los periódicos. En mi caso los diarios online. Hasta hace pocos años hubiese definido como analfabeto a aquel que no conociese la actualidad, el entorno, las noticias. Pero es tal mi nivel de ensimismamiento y el asco que me produce todo que tengo una televisión únicamente como adorno para el salón, y para jugar a la Play cuando Blutowski viene a casa. El quiosco del barrio está justo frente a mi portal y lo más que me acerco a él es para saludar al dueño, que es amiguete, y comprar mi paquete de Ducados en esos días en que amaneces después de que la noche anterior se te haya ido de las manos. A pesar de ello, trato de estar informado.

  Dentro de esa ‘información’, hoy he encontrado un artículo en El País que me ha llamado la atención: ‘Indignan a los indignados’, escrito por Pablo Guimón, redactor jefe de la sección de Madrid. No voy a analizarlo, realmente me sirvo solo del titular para quedarme con lo siguiente: aquello que se quiso ver como una revolución, aquel movimiento que tanto sugestionó a los medios de comunicación durante más de un mes allá por Mayo, ¿ha desaparecido de las noticias? ¿Con qué nos quedamos del 15M, Democracia Real, #tomalaplaza? No, no voy a definirlos con la sarta de imbecilidades que proclamaron algunos conocidos jefes del cotarro como ‘perroflautas’, ‘andrajosos’ o incluso ‘terroristas’. Sólo quiero reflexionar a cerca de ello para intentar comprender mi realidad.

No voy a votar el 20 de Noviembre. De hecho, no participo de unas elecciones desde que en Madrid se produjo aquel golpe a la credibilidad de la democracia que fue el tamayazo, un juego vulgar y ridículo, una manipulación del voto y de la voluntad del individuo (a casi siete millones de individuos) que, sin embargo, no levantó a nadie de su poltrona frente al televisor. Entonces, ¿qué ha sucedido ahora para invadir las plazas? Porque, sin nuestra connivencia, sin nuestra mansedumbre y conformismo la precariedad del  Mundo no se hubiera producido, no es algo con lo que de pronto nos hemos dado de bruces (por ejemplo, África no se ha destruido sola). La mala gestión del suelo, ahondada por la libre-manipulación de las hipotecas; el endiosamiento de los bancos y de los gurús que los administran; la locura e incultura de la política amasada por gestores iletrados; el empleo injusto, invento que dio sus réditos a base de contratos basura para el pico más alto de la economía y que todos celebramos, pero al que luego se le vio el plumero cuando el naufragio; la conversión de los medios de comunicación en grupos de marketing y poder, caiga quien caiga; y un largo etc. de obviedades, no es algo que haya sucedido de hoy para mañana, pero, sobre todo, no es algo que haya sucedido sin nuestro consentimiento. Quizá esté en nuestra idiosincrasia aquello de ‘me sirvo del sistema pero no aporto nada a él’. Quizá también nosotros somos algo responsables de nuestra situación.

  En aquellos días que siguieron al 15M, si uno se daba una vuelta por la Puerta del Sol, además de su lamentable aspecto, podía intuir que aquello era una estampa más de lo que somos. En una tarima, cerca de la fuente central, la gente se encaramaba y soltaba sus proclamas. Desde madres que solicitaban su derecho a conciliar la vida laboral con la maternidad hasta borrachos que no tenían nada que decir. Lo cierto es que lo que nos ha llegado no es solo esto. Pero las propuestas, las lógicas propuestas como suprimir la Ley de D’hont y abrir las listas de los partidos políticos, se perdían en un mar de ruegos y reclamos variopintos, sin un argumento sólido que enraizase todo y a partir del cual proponer algo nuevo. Algo nuevo, digo, porque el resumen que nos quedó a todos fue: ‘quiero un trabajo, casarme, una hipoteca y tener hijos’. Al fin y al cabo, unas pretensiones que parecían derivar en esa forma de vida que nos han contagiado para inutilizar al individuo, por tanto, a tus deseos y a tu propia felicidad.

  Un ejemplo claro de esto es el matrimonio. Una sociedad limitada, piedra de toque del estado que hemos fabricado, una institución que quebranta al ser y pospone y denigra al individuo (lo convierte en una empresa) sumergiéndolo en un sinfín de necesidades autoimpuestas, de aspiraciones vanas, de ambiciones que no resultan del discernimiento personal, sino de la costumbre, de ese motivo que determina todas nuestras elecciones: ‘porque es el siguiente paso’, o ‘porque es lo que toca’. No es lo que toca, toca lo que tú quieras que toque. Tus decisiones personales influyen en el conjunto y pueden cambiarlo. Algo así como decía Sartre: ‘cuando tomas una decisión, la tomas también para toda la humanidad’.

  El cambio es cultural, y debe afectar a las costumbres y a la forma de vida de cada uno de nosotros. El cambio está dentro del individuo y no fuera de él.

  Yo no estoy fuera del sistema, me valgo de él para hacer lo que quiero, pero a la vez intento aportar algo. Tengo un trabajo que es sólo un medio para poder conseguir lo que me gusta, como por ejemplo escribir en este blog y realizar el proyecto spainerds. Ese mismo trabajo me permite estudiar, compartir con mis amigos y vivir sólo, pero en un apartamento alquilado que se ajusta a mis necesidades y, sobre todo, a mi sueldo. Pero, si estuviese fuera del sistema, dejaría mi curro, sacaría todo mi dinero del banco, no apilaría esa amalgama de objetos intranscendentes que al parecer nos proporcionan el placer y trataría de crear un movimiento real con unos objetivos claros por los que lucharía cada día de mi existencia. Es decir, sería consecuente con la forma de vida a la que aspiro.

  Una última cuestión: ¿Os habéis preguntado alguna vez por qué vuestros padres os obligaban a decir siempre la verdad? ¿Por qué cualquier omisión de la realidad, por nimia e irrelevante que fuese, servía para que nos diesen una charla sobre la vida, la experiencia y cómo trascender? Imagino que a estas alturas del camino no creéis que existe un librillo donde se relata ‘lo que está bien o mal’. Imagino, también, que no creéis que existe el paradigma o una cuestión antropológica por lo que ‘lo natural’ es decir la verdad. Imagino que de sobra conocéis que sin mentir, probablemente, no habríais sobrevivido hasta ahora y que necesitáis de la mentira para poder seguir haciéndolo. E imagino que sois concientes de que vuestros padres os obligaban a que les contaseis la verdad porque lo cierto es que querían teneros controlados.

  Sustituyamos el ‘tengo que’ por el ‘deseo’ o ‘quiero’. Creo que ese sería un buen primer paso.

8 comentarios sobre “Yo no estoy indignado

  1. Hace tiempo que estamos de vuelta, pero muchos nunca han regresado del limbo que se han impuesto o que les han suministrado. Sólo con el porcentaje de lecturas y opiniones en este post, podríamos realizar un sencillo simil sobre la preocupación general por la política y el modo de vida española. A la peña se la suda todo, con la simple y llana excusa de: ´para que molestarse por algo, si ese algo no va a cambiar`, hay barra libre para la autocomplacencia, nada que ver con la resignación. último suspiro antes de desplomarte agotado, tras intentar de todo con tal de evitar el hundimiento.

    P.d. He vuelto.

    1. Muchas gracias! Por el comentario y, sobre todo, por tu tiempo. Creo que es necesario, antes de emprender cualquier cambio, saber qué queremos. Muchas gracias.

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