The End of the F***ing World

La influencia algorítmica de aplicaciones intangibles que proporcionan infinidad de contenidos para el ocio (cultura), tantos como para no sacar la cabeza de la pantalla que a cada uno se le antoje, no parece haber remendado lo que antiguamente era más un problema de economía que de educación: el acceso a la cultura. Ahora esas aplicaciones (Netflix, Filmin, Amazon Prime, Youtube) ponen al alcance de casi cualquiera -que pueda costearse una conexión a internet- la mayor desproporción de piezas audiovisuales y musicales que jamás se hayan compartido; de esa manera, funcionan como bibliotecas privadas de bajo coste, aunque inaccesibles al tiempo y al espacio. Por eso, una de las principales cualidades a la hora de sentarse a ver una peli, una serie o escuchar un disco en casa no será la de juntar una buena cantidad de billetes, sino la de saber separar el grano de la paja en la lonja cibernética e ir contra la dictadura del algoritmo de la sociedad del espectáculo.

La sociedad del espectáculo se desarrolla de forma concéntrica, dibujando una espiral en la que cada circunferencia abierta y paralela parece no despegarse de la siguiente. El pasado se traslada hacia adelante, hacia el próximo destino circular que se dibuja con recuerdo y con presente. No es una posición determinista, aunque Alyssa (Jessica Barden) y James (Alex Lawther), los protagonistas adolescentes de The End of the F***ing World, así lo crean; se trata de lo más vulgar de la consciencia: la mochila o las sandalias con las que camina cada uno.

The End of the F***ing World, la serie británica creada por Jonathan Entwistle -adaptación del comic del mismo título de Charles Forsman-, se centra en la desgarradora amistad de esos dos adolescentes desubicados y que han decidido ser los perdedores de la historia.

James cree que es un psicópata y actúa como cree actuaría un psicópata, mientras Alyssa combina su carácter agrio, apropiándose de tópicos machirulos, con la endeblez espiritual de una niña que se sabe, al igual que James, en un estrato distinto al del resto de chavales de su alrededor. Después de estar sentada con sus compañeras de instituto en la mesa de un amplio comedor en silencio, mientras miran las pantallas de sus móviles, y recibir un mensaje de una de las propias compañeras que está sentada en frente de ella, Alyssa decide insultar a su amiga, destrozar su móvil e irse a la mesa del chico raro, James. A partir de ahí, entre los dos personajes, surge una amistad exclusiva y disfuncional.

Ambos comprueban que, en sus propias familias, como en el instituto, tampoco son queridos. O, al menos, como a ellos les gustaría serlo. Alyssa en su casa es únicamente el objetivo de un padrastro sobón con el que su madre tiene dos hijos. Para el resto de lo que supone una vida familiar Alyssa no existe. James, por el contrario, vive solo con su padre, un tipo al que desprecia por su anodina normalidad.

Esta amistad, entre Alyssa y James, que la primera centra en querer follar y el segundo en el deseo de matarla, pues es un psicópata y eso hacen los psicópatas, es el origen de un futuro desolador para los dos cuando deciden robar el coche del padre de James, previo puñetazo de James a su padre en toda la cara, y fugarse, cuales Bonnie and Clyde o Thelma y Louise. La trama se desarrolla entonces como una road movie que se va volviendo cada vez más oscura, más salvaje, brutal en ocasiones, ayudada por los tópicos propios del género como el padre que abandonó a su hija o la vuelta de tuerca de unas inspectoras de policía, compañeras con tensión sexual, que representan lo que todos conocen como “poli bueno” y “poli malo”. La adaptación del comic de Forsman no es un cuento de buenos y malos en cambio, en esta historia todos tienen una parte de su contrario. Y eso atrapa al espectador, lo tira contra el suelo con violencia, con la propia violencia visual y la construida por los caracteres de los personajes.

The End of the F***ing World demuestra que se puede desarrollar una serie cruel y apabullante, con personajes digamos “adultos” por lo bien creados que están y actuaciones extraordinarias, en solo ocho capítulos de apenas veinte minutos cada uno. Pero, volviendo a las referencias circulares y algorítmicas, dar con un ejemplo de este estilo, en el que todo fluye -personajes, guion, fotografía- para que el drama se construya a través del humor negro, solo puede suponer una cosa: el éxito. Y el éxito en la sociedad del espectáculo está para retorcerlo hasta que quede para el sacrificio. Es decir, el final abierto en el que desemboca la trama tiene dos lecturas: la primera es que The End of the F***ing World es una serie terminada y con entidad propia, y cuyo valor también reside en ese final atosigante y directo, y seguido a negro, que de pronto enmudece al espectador. La segunda lectura es, como ya se ha anunciado, hacer una segunda temporada con la que cubrirse de billetes, pero seguro que también de mierda.

Tarde para la ira

  Que Raúl Arévalo ganase el premio Goya a la mejor dirección novel en la trigésimo primera edición de los premios, celebrada en 2017, solo puede entenderse desde una perspectiva amable si se tiene en cuenta que el ganador del premio a mejor director fue Juan Carlos Bayona por Un monstruo viene a verme. Claro que Tarde para la ira, la obra de Arévalo, se hizo con dos “cabezones” más: el de mejor guion y el de mejor película; además del premio al mejor actor de reparto de Manolo Solo por su sublime interpretación del secundario Santi “el Triana”. Quizá por eso se intuye que, detrás de la purpurina, solo hay restos de agradecimiento basura.

  Los premios son tóxicos, sobre todo para las artes, y este fue un nuevo arrebato de pensamiento positivo: mejor director para un tipo alejado de las raíces del cine español –quizá por eso de saber venderse en los mercados internacionales, por contar con un reparto hollywoodiense, por hacer más taquilla– y mejor dirección novel, sí, para el que empieza, pero el que avasalla con profundidad a través de una cinta española en la que confluye la mejor y más bestia tradición del cine al que representa.

  No tiene sentido, sobre todo en este caso, esa división entre director novel y director veterano. Los jóvenes podrán verlo como una oportunidad para dejarse ver. Es mentira, Raúl Arévalo mereció, a los puntos, entre veteranos y noveles, ser el mejor director en aquella edición de los premios Goya; aunque, como se explica más arriba, los premios son tóxicos, por la subjetividad y los favores que se cobran a través de ellos. Así que no deberían existir y menos en las artes, que no son una competición.

  Detrás de Tarde para la ira, de esa apariencia de peli carcelaria y de drama traumático para la mujer (Ana; Ruth Díaz) que espera a que el hombre (Curro; Luis Callejo) cumpla su condena –injusta o no, aunque en este caso parece importante– y salga de ella y vuelva a casa para reencontrarse con ella y con su hijo –concebido en la propia cárcel–; detrás de eso pasa intrascendente esa mujer que vive, pongamos, porque es reconocible, en un barrio depauperado de las afueras, pobre, limítrofe; detrás de la historia de esa mujer que ayuda en el bar de su hermano (Juanjo; Raúl Jiménez) y que está hasta el coño, porque su novio está en la cárcel, a punto de salir, y tienen un crío; detrás de todo lo que a ella se le pueda pasar por la cabeza hasta ese momento, fútil a partir de que su novio salga del talego, Raúl Sánchez Arévalo y David Pulido escriben una historia de venganza prototípica que acierta al voltear algunos de los tics propios del género para poner al espectador frente a un espejo en el que se refleja mierda: el bueno (José; Antonio de la Torre) no es bueno, ni el malo (Curro) es malo; pero, al igual que en la cotidianidad, ni el bueno es malo, ni el malo tiene una grieta por donde le rebose la bondad. Arévalo y Pulido consiguen contar una historia pequeña, concisa y desconcertante, en solo ochenta y nueve minutos, al servicio de las sensaciones y de las obsesiones, sin melodrama y sin despejar la X; para que el espectador se lleve a casa ese dolor agudo y asfixiante en la boca del estómago cuando a la depresión le sucede la ansiedad por el vacío.

  Curro, conductor en el atraco a una joyería, tiene un accidente durante la huida y la policía le detiene. Durante la condena de ocho años tiene un hijo con Ana, su novia de toda la vida. Entre tanto, la familia de Ana – su hermano Juanjo, la mujer de este, Carmen (Alicia Rubio), y la hija que tienen en común se cambian de barrio – y Ana los acompaña y se desempeña de camarera en el bar que el propio Juanjo regenta. Por allí pulula José, un tipo para el que lo importante parecen los amigos, sobre todos Juanjo, y que se fija en la empanada mental y en soledad de Ana. La oportunidad de José –el personaje terrible creado por Antonio de la Torre, que transmite más que muestra y que va a más allá de la psicopatía– para vengarse del pasado se presenta cuando Curro sale de la cárcel una vez cumplida su condena.

  La violencia visual va de más a menos, mientras la angustia visceral va arrinconando al espectador. Como en esa escena, justo antes del final de la película, en la que José deja tras de sí a la hija de su amigo Juanjo para descargar la escopeta sobre él en la trasera del bar. En todo momento vemos a la niña dormida entre los deberes sobre una mesa del bar y, mientras se mantiene el plano, José entra decidido y la descarga deslumbra los ventanales. La niña se despierta y José se va. No hay aullido ni lágrimas estridentes, solo queda silencio.

  Tarde para la ira es una peli decadente, perturbadora, con la que, después de los créditos, cuando las luces vuelven a iluminar el cine, uno se mantiene en la butaca con cara de nada, sin sangre en las venas, pálido y con los ojos aún despiertos por el terror, sin saber si aplaudir o vomitar, o pegarse un tiro en la cabeza. Porque a uno le acaban de follar el cerebro. Todos los personajes son indeseables por sí mismos. La peli da gusto y repugna a partes iguales, que es a lo que debe aspirar cualquier creador: concisión y brutalidad. Dos características que arrancan del origen del cine tradicional español, junto a una banda sonora y algunas pinceladas fotográficas que nos trasladan al cine quinqui, por ejemplo, pero que solo lo hacen para despistar.

  Prepondera así la conclusión del argumento por sí misma. Por encima incluso de las interpretaciones. Unas interpretaciones dirigidas hacia la violencia y el discurso. Porque sin discurso y violencia no hay ruptura, y sin ruptura no hay punk.

Gabriel Fernández

Decía anoche Gabriel Fernández, canterano y capitán del Atlético de Madrid, al ser preguntado por José Ramón de la Morena en el programa El Transistor de Onda Cero, con motivo de su marcha al Al-Sadd de la Liga de Qatar, que el técnico que más influyó en su carrera fue Gregorio Manzano. Y es que un futbolista, o cualquiera en su profesión, a pesar de los desafectos, se queda con aquellos a los que tiene cosas que agradecer. Con esta premisa, no resulta extraño entonces que Gabi pagase de esa manera la confianza que el jienense depositó en él durante las dos etapas que estuvo entrenando al Atlético de Madrid. En la primera lo hizo debutar con el primer equipo. En la segunda, lo recuperó después de cuatro temporadas en las que el madrileño despuntó en el Real Zaragoza de tal modo que llegó a ser capitán e incluso en el último año que defendió los colores maños -la temporada 2010-2011- se especializó en los lanzamientos directos de falta, marcando once goles, para ser el máximo anotador del equipo y salvar a los suyos de un descenso casi merecido a segunda división.

En cambio, en la memoria del aficionado atlético la figura de Gregorio Manzano no resulta un recuerdo agradable. Gabi regresó de su mano al Atlético de Madrid en la temporada 2011-2012. La temporada de la renovación y también la temporada en que el seguidor colchonero asistía al desdoro de su equipo en el Vicente Calderón por culpa de un inoperante Gregorio Manzano. Lo sustituyó “Cholo” Simeone a mitad de temporada para, con los mismos mimbres, hacer un cesto campeón de Europa League y comenzar, de esa manera, la etapa más brillante de la historia del Atlético de Madrid.

En la era de Simeone, Gabi ha sido la personificación de un conjunto crecido, el hombre trabajador e infatigable con el que el aficionado atlético se podía identificar. Y a la vez, piedra de toque del éxito furibundo frente al monopolio Madrid-Barcelona; la viva imagen de Simeone en el centro del campo atlético. Es curioso que, después de esa identificación tan merecida entre entrenador y jugador, ayer Gabi, con total sinceridad, nombrase a Simeone de refilón, dijese haber discutido con él en ocasiones porque tenían formas distintas de ver algunas cosas, que se lo han dicho todo a la cara. Y es que con el argentino lo jugó todo, incluso parecía que, cumplida la treintena, Gabi era mejor que con veinte, el especialista fundamental para que el centro del campo se mantuviera firme en defensa y ágil en el ataque.

Una Liga, una Copa del Rey -en campo del enemigo-, dos Europas Leagues, una Supercopa de Europa, otra de España y dos “casis” -también frente al enemigo- que han convertido al Atlético de Madrid en un referente del fútbol europeo durante las últimas siete temporadas que Gabi ha vestido la rojiblanca.

Ayer se despidió, sobrio, sin alharacas, fiel a su imagen, fiel al aficionado atlético del que es el mejor representante. Porque, como cualquier “atlético” no lo ha tenido fácil, se tuvo que marchar del equipo de su vida para hacerse un hueco en eso del fútbol. Y tuvo que persistir, caer, perder. Y después regresar para formar parte de la mejor historia. Ayer se marchó el capitán al que los hinchas coreaban con nombre y apellido: Gabriel Fernández.

España 2 – Marruecos 2

Venía Marruecos al partido frente a España calentada por los malos arbitrajes que la eliminaron de un Mundial de fútbol, Rusia 2018, en el que, salvo excepciones como Perú -también eliminada en primera ronda- o Croacia y la propia Marruecos, ningún equipo ha jugado bien al fútbol. Lo que ya es un arquetipo construido a través de la historia de los últimos mundiales, y posiblemente con el que ganó España a la cabeza por ser el peor mundial de la historia reciente.

Pues venía Marruecos quejándose de los arbitrajes y siendo una de las selecciones que mejor fútbol ha mostrado hasta ahora gracias a su seleccionador, Hervé Renard que, además de guapo, conoce al dedillo el fútbol africano y las bazas que deben jugar sus equipos en los torneos internacionales. Ahí están sus copas de África conseguidas con Zambia en 2012 y con Costa de Marfil en 2015, o su puesto de asistente de la mejor selección de Ghana de la historia durante los años 2007 y 2008, una selección que luego llegaría al Mundial de 2010 para ser la sensación de una competición plana de la que Ghana fue eliminada injustamente por la Uruguay de un incipiente Luis Suárez -es memorable el penalti que cometió frente a Ghana y que Gyan, uno de los mejores jugadores del torneo de 2010, falló- y un bota de oro como Forlán.

Así que Marruecos, tras veinte años sin participar en un Mundial, se presentó frente a España, en el partido definitorio para los españoles, solo con la garantía de salvar su honra, una vez que, con dos partidos perdidos, contra Irán y Portugal, sorpresivamente y por el peso de las decisiones arbitrales, ya no tenían opciones para poder clasificarse para los octavos de final.

España, en cambio, con una selección de jugadores adorados hasta el ridículo, se presentó, en el partido determinante para optar a la clasificación para los octavos de final, tras dos encuentros frente a Portugal e Irán en los que el juego de “La Roja” había sido tan plano como el cerebro de aquellos que ahora, en el siglo XXI, vuelven al antropocentrismo y consideran que el planeta Tierra es tan llano como el lenguaje del pobre seleccionador español, Fernando Hierro. Un tipo, el malagueño, que a pesar de todo asegura buenas intenciones para salvar de lo grotesco a una selección apuntillada por la irresponsabilidad de Julen Lopetegui al firmar por el Real Madrid a solo dos días de comenzar la competición.

Con estos fundamentos llegaban las dos selecciones a un enfrentamiento en el que, para ambas, el premio era mucho mayor que solo una victoria efímera.

Así que Marruecos salió alegre en la primera parte, con una alineación ofensiva para tratar de presionar a España en un medio campo que, sin una solución como la que consiguió el exseleccionador Vicente Del Bosque en el Mundial 2010 al poner a dos medio centros defensivos (Busquets y Xabi Alonso) y un medio centro puro (Xavi), aún no se ha determinado por una dirección (defensa-ataque) y en el que la posición de acompañante de Busquets ha rotado en los tres partidos que lleva disputados “La Roja” hasta el momento. De esta manera, la línea de cuatro media puntas marroquíes formada por Ziyech, Belhanda y sobre todos Boussoufa y Amrabat, con El Ahmadi de contención por detrás, puso en muchas dificultades a un medio campo español en el que Thiago siempre partía por detrás de Busquets y al que tenían que bajar los media puntas españoles, Isco e Iniesta, para tratar de desatascar un juego en el que el balón lo manipulaba Sergio Ramos como quien se bebe tres copas y se mira en el espejo y se dice a sí mismo que está en su mejor momento.

En una de esas contiendas llegó una entrada de Piqué con las dos piernas por delante en la que el jugador español debió de ser expulsado. En la siguiente, Sergio Ramos, creyéndose de nuevo Rijkaard en la Holanda de los ochenta, puso en problemas a Iniesta para posteriormente desatender el pase del media-punta, perder el balón y dejar a Boutaib solo frente a De Gea. El delantero marroquí hacía el cero a uno a favor de los “Leones del Atlas”. Llamó la atención en todo esto, mientras Marruecos ponía difícil no solo la victoria de España, sino su continuidad en la competición, que, en la jugada decisiva del partido hasta ese momento, fuera Iniesta el que corriera más que Sergio Ramos para defender el error del defensa.

Pronto, a los cuatro minutos, Isco remató dentro del área un balón cedido por Iniesta al pase de la muerte tras una orientación sensacional de Diego Costa, posiblemente el mejor jugador del partido, en el borde del área defendida por los marroquíes. Isco hacía así el uno a uno y, si mientras Portugal ganaba a Irán, España se clasificaba para los octavos de final, eso sí, en segunda posición. Era el minuto 19’ del partido, y en el 24’ otro error de la defensa española al saque de banda de Marruecos dejó solo, en uno contra con De Gea, a Boutaib que, apresurado, erró el disparo lanzándolo al cuerpo del portero.

Desde entonces siguió errando España. Con un Sergio Ramos aún más romo y preocupado de sí mismo que en su propio club. Con una selección que tiene que adaptarse al juego lento y parsimonioso de Isco, un jugador que solo sobresale cuando se le da esa potestad, ese protagonismo, pero que no es válido para el juego tejido que quiere realizar España. Con un Iniesta que solo aporta detalles sin sentido práctico y que molesta a Isco, igual que Isco molesta a Iniesta. Y con unos Diego Costa y Silva trabajadores, tratando de abrir huecos en la defensa marroquí, pero con poco protagonismo en las combinaciones por la dejadez de Isco e Iniesta. Y con un Thiago Alcántara acompañando a Busquets que solo puede demostrar dos cosas: la primera es que Hierro no tiene claro el compañero de la boya española en el centro del campo; el segundo es que se infiere, con esta alineación -en la que no se produjeron los cambios que vaticinaron los comentaristas de las nadas durante los días previos al partido-, que Saúl debe sufrir un estado físico deplorable para no escoltar al 5 español en el centro del campo.

Las sensaciones que transmitía España al descanso eran las de un equipo agotado y sin rumbo. Y la segunda parte las confirmó. Iniesta e Isco torpes, pero adorados por el colectivo hasta creer que deben seguir jugando como por decreto, mientras esperan en el banquillo Asensio y Aspas. Y mientras Silva, escorado en la derecha, no tiene el protagonismo que sí soporta en el Manchester City.

El juego español en la segunda parte fue desastroso. Diego Costa y Silva se movían entre líneas para intentar aclarar el borde del área marroquí, pero Isco prefería sobar el balón sin una intención clara. España se diluía, salvo por los arranques de bravura de los laterales tratando de echar el balón hacia adelante, con Diego Costa memorable soltando la pelota al primer toque y dejando en posiciones ventajosas a sus compañeros. Pero el fútbol no fluía y Marruecos aún daba la impresión de poder acabar con los españoles en un contragolpe gracias a la presión de la línea de cinco en el medio del campo y al repliegue defensivo que ponía a seis jugadores al borde del área defendida por Munir, pero sin acularse ni achicarse.

En esas, con seis jugadores marroquíes incorporados al ataque, vino un disparo de Amrabat con derecha desde el costado y fuera del área que a punto estuvo de colarse por la escuadra de la portería defendida por De Gea. El balón golpeó la cruceta y rebotó en el suelo mientras el propio De Gea permanecía impasible e incluso cerraba los ojos. El rebote hubiese dado una segunda oportunidad para hacer gol a un delantero con más picardía de la que demostró en ese instante Boutaib. Era el minuto 54’. Y hubo que esperar casi diez minutos más para que España respondiese con un cabezazo de Isco a centro de Carvajal desde la derecha, después de una apertura de espacio de Silva -incluso pudo haber rematado- y un pase de Diego Costa, como un frontón, que dejó al lateral con espacio suficiente como para poner un buen centro.

Sin mucho más que añadir, salieron Aspas y Asensio por Thiago y Diego Costa. Se notó el coraje y la inteligencia del gallego, pero que posiblemente juegue mejor en las posiciones de Iniesta o Isco, por detrás del delantero, como la pasada temporada jugó en el Celta por detrás del uruguayo Maxi Gómez, que hoy debutó en el mundial frente a Rusia.

Así llegó una flamante oleada de Marruecos que terminó con un córner sacado por Fayçal Fajir y que remató de cabeza En-Nesyri a la escuadra izquierda de De Gea. Otro error de Sergio Ramos, esta vez en la marca de En-Nesyri al que dejó solo. De Gea podría haber salido, pero poco más se le puede achacar en este gol al portero. Era el uno a dos y de nuevo España estaba por detrás en el marcador y, con la incertidumbre del resultado del partido que jugaban Irán y Portugal, con los planes de clasificar para octavos completamente desmantelados.

Fue más allá del 90’, de nuevo los minutos más resolutivos en otro partido de este Mundial de Rusia, el momento decisivo del encuentro. Centró Carvajal por la derecha y Aspas, moviéndose como pez en el agua entre líneas, de un taconazo soberbio mandaba el balón contra las redes de la portería marroquí para hacer el dos a dos. Aspas demostró así lo injusto de su suplencia en una selección que ni juega ni gana.

El gol de Aspas vino acompañado de un penalti a favor de Irán con el que los iraníes consiguieron empatar el partido contra Portugal y qué a su vez, gracias al gol de Aspas, puso primera del grupo B a España, salvándose así “La Roja” de disputar los cuartos de final contra Uruguay, selección a la que todos los opinadores dan como muy favorita, pero que hasta hoy no demostró nada.

El lado del cuadro de España a priori debería de estar despejado de selecciones incómodas, a parte de Rusia, la organizadora -como Corea del Sur en 2002- y rival en octavos de final. Pero, teniendo en cuenta que caerán por ese lado Bélgica o Inglaterra -aunque solo se han mostrado ante selecciones de muy bajo nivel como Túnez y Panamá-, y que ni Alemania ni Brasil, ni siquiera Francia -pues depende del último partido frente a Dinamarca, aunque le vale el empate para ser primera del grupo C-, tienen aseguradas las primeras plazas en sus grupos, el descosido futbolístico español se puede unir al destrozo de tópicos en los resultados de este mundial y dar con unos octavos de final encendidos y que pondrían a España en la peor de las situaciones que se podían anticipar antes de comenzar la competición.

Colombia 1 – Japón 2

Cualquier cosa que uno quiera escribir sobre un partido en el que en el minuto cinco ya se ha metido un gol de penalti y se ha expulsado al jugador que lo cometió, dejando con diez y con gol en contra a uno de los contrincantes, está condicionado por esa acción, antiguamente caudal para la controversia, pero que con el VAR no cabe duda imaginable ni ficticia.

Y eso es lo que ha sucedido en el Colombia contra Japón que esta tarde inauguró el grupo H del Mundial de fútbol que se celebra en Rusia. Una acción desafortunada del defensor colombiano Carlos Sánchez dio ventaja a los nipones que, de penalti y en el minuto cinco de la primera parte, se adelantaban en el tanteador con gol de Kagawa y, además, disfrutaban de la ventaja de contar con un jugador más en la cancha.

Colombia, que venía de ser una de las sensaciones del pasado mundial de Brasil en 2014, saltaba al terreno de juego con la suplencia de James y con la compañía de la mala suerte, su personal “parce” en las fases finales de los mundiales de fútbol. Quién no recuerda el gol de Escobar en propia portería durante el partido que los enfrentó a Estados Unidos en el mundial de 1994 y que dejó fuera de las aspiraciones a la copa de campeones por segunda vez consecutiva -ya cayó derrotada por Camerún en la prórroga de los octavos de final de Italia 90’- a la mejor generación de futbolistas colombianos (Valderrama, Higuita, Asprilla) hasta aquellas fechas. Pues parece que la segunda mejor generación de futbolistas colombianos (esta de James, Cuadrado, Quintero, Ospina o Falcao), que subieron un peldaño más que sus antecesores al llegar a los cuartos de final de 2014 y perder contra la anfitriona Brasil, están condenados a repetir fracaso.

Tras la expulsión de Sánchez y el gol en contra, Colombia dominó el balón, incorporando cuatro o cinco jugadores casi siempre en los ataques y teniendo ocasiones de gol tangibles. Como la que tuvo Falcao con un remate al saque de una falta en el minuto 11’. Pero Japón, replegada, infundía respeto al contraataque y mostraba el peligro de Inui por banda izquierda que desperdició una buena ocasión solo frente al portero en el minuto 14’.

Hasta pasar la mitad de la primera parte, los mejores sobre el césped fueron Quintero y Cuadrado. El primero lanzaba los contragolpes con profundidad desde el centro del campo, mientras el segundo, con carácter, se exponía en banda derecha y en el ataque recibiendo a cambio saques de esquina u ocasiones venturosas. Sin embargo, el seleccionador Pékerman, que hasta entonces con lucidez no había modificado el planteamiento primigenio de su selección, a pesar de jugar con diez, decidió en el minuto 31’ sacar del campo a Cuadrado para que entrase un medio centro, Wilmar Barrios, rompiendo así la cadencia que hasta ese momento habían logrado los colombianos y con la consiguiente herida que produjo en el equipo. Sin Cuadrado, uno de sus dos mejores jugadores en la tarde de hoy, Colombia apareció más obesa e inconsistente. Un espejismo fue lo de Quintero en el 33’, que se inventó una asistencia genial sobre la espalda de la defensa nipona que solo pudo puntear Falcao sin garantía de gol, prácticamente solo frente al guardameta Kawashima. Y aún fungosos, a los colombianos les dio tiempo a provocar una falta al borde del área japonesa. Otro espejismo. Corría el minuto 38’ y Quintero, de un disparo indolente y perezoso, rasaba el balón hasta el palo izquierdo de Kawashima que hizo más porque el balón se introdujera en la portería que la propia intención con la que Quintero disparó de golpe directo.

Así fue el gol del empate a uno, tras una desventurada primera parte para “la tricolor” en la que no se puede analizar el planteamiento de Pékerman al retirar a Cuadrado, porque tampoco uno sabe si la actitud propuesta por Nishino, el seleccionador de “los samuráis”, era aguantar el traqueteo de la hormigonera colombiana hasta que esta gripase en la segunda parte por las revoluciones a las que sometió al motor físico desde que los nipones se adelantaran y Barrios sustituyera a Cuadrado.

No podíamos saber si el movimiento de Pékerman antes de ir al descanso iba a solucionar algún problema, si es que lo hubiera habido tras la expulsión de Sánchez, porque Colombia se extendía sobre el campo con vértigo, si bien es verdad que muy por el centro, y porque el gol “cafetero” vino a balón parado. Quizá el aguante físico fuese lo que preocupara al entrenador de nacionalidad argentina.

Tras el descanso Japón salió mejor ordenada y con interés en mostrar la buena capacidad técnica de sus jugadores, aunque no se pudiera nombrar a ninguno por encima de los otros. Quizá Inui, siempre muy bien desmarcado cerca del área y por la izquierda, que en el 56’ volvió a tener una ocasión de gol limpia que Ospina, el portero colombiano, rechazó con veteranía. Así que la labor nipona confluía en el equipo, pese a ser un conjunto plano y sin discurso, y según pasaban los minutos parecía más cerca su segundo gol que la machada de los colombianos.

Para rematar, Pékerman sacó del campo a Quintero, físicamente cascado, eso es cierto, y dio entrada a James, en baja forma y posiblemente no recuperado de sus molestias musculares.

Así las ocasiones llegaron para Japón, sin promesa de gol, pero al menos molestas. Y en el 68’ además Nishino metió a Honda en el campo por Kagawa. Pékerman hizo lo que pudo metiendo a Bacca por Izquierdo. Pero fue el veterano Honda el que lanzó el balón magníficamente desde el córner izquierdo en el minuto 72’ y su compañero Osako lo remató de cabeza contra las redes sin demasiada oposición de la defensa “tricolor” y sin que Ospina pudiera reaccionar.

Fue el 1-2. Y así se llegaría al final, con los “parceros” intentando marcar el gol del empate antes que llegar al área contraria, precipitados en los últimos minutos y en los metros finales, sin dar un sentido al argumento que construyera el discurso necesario para convencer al balón de revolcarse entre las redes defendidas por Kawashima.

Todo lo condicionó el penalti bien señalado en el minuto dos y que en el cinco dejó a Colombia con un gol en contra y con un jugador menos por la expulsión de Carlos Sánchez. Así que aquí no valen los apuntes ni las sesudas conclusiones, la verdad se impuso con toda su crudeza dejando en muy mala situación a los colombianos, sobre todo después de que Senegal haya vencido a Polonia por un gol a dos. No serán los africanos el próximo rival de Colombia, los serán los polacos, quizá ahí puedan comenzar la remontada que no los iguale con el fracaso de la generación anterior.

Alemania 0 – México 1

Sabían bien los versados en el arte de la apuesta, y por tanto intelectuales de la estadística, que no era delirio jugarse unos pavos al X2 en el partido que ha enfrentado esta tarde a las selecciones de Alemania y México. En el fútbol moderno, Francia, Italia, España y ahora Alemania, tras perder cero a uno con “El Tri”, tienen en común haberse precipitado al vacío en el primer partido del mundial posterior al que ganaron. De hecho, Francia, Italia y España se quedaron fueran de esos mundiales en la fase de grupos, por lo que repetir la victoria en ese primer partido, o siquiera una buena clasificación, solo ha estado en las botas de las selecciones brasileñas: finalistas en 1998 tras ser campeones en 1994 y cuartofinalistas en 2006 después de proclamarse campeones del mundo en la edición de 2002.

Con este temor comenzó el partido. México se dispuso larga, veloz y físicamente agigantada. El entrenador Osorio debió pensar que es mucho mejor adelantar el trabajo, antes que tener que terminarlo con prisa, así que desde los primeros minutos “El Tri” intentó doblegar a los alemanes con profundidad. En el minuto 13’ Layún lanzó una falta al centro de la defensa alemana, esta tarde aniquilada y mermada por un deleznable Hummels, siempre lento y descolocado, que estuvo a punto de culminar en gol.

La respuesta alemana en el minuto 15’ fue desplegarse y centrar desde la derecha, para en el rechace disparar desde fuera del área. México entonces contraatacó en el 17’, con un jugadón de recuperación y entrega al primer toque de un lanzado Lozano que terminó en los pies de Chicharito, solo, que en lugar de rematar se revolvió sobre sí mismo perdiendo el balón. Sorprendía entonces la titularidad de Neuer, pese a ser el favorito, en detrimento de ter Stegen que realizó una fenomenal temporada con el Barcelona.

El traqueteo era constante en las dos áreas. Werner, el delantero germano, mostraba pequeñas dosis de su calidad en los desmarques, con elasticidad frente a la portería. Mientras sus compañeros defensas se comportaban como cándidos alevines y en la media-punta se trataba de ganar rápidamente con disparos desde fuera del área de Ochoa que atajaba sin problemas. A la vez Lozano aprovechaba la velocidad en la otra área. De mitad de campo hacia arriba, Herrera lanzaba a los mexicanos como una puñalada, pero que siempre terminaba pinchando en costilla. Acompañaban en los lanzamientos de falta Layún y Guardado. Los alemanes eran entonces una laguna en la que los media-puntas mexicanos – Carlos Vela, Layún, Lozano- surfeaban como jóvenes californianos en los sesenta. Solo Kroos y Draxler por parte de Alemania parecían dispuestos a que no se cumpliese la profecía del campeón derrotado en el debut. Ozil estuvo desaparecido lastimosamente, mientras Herrera y Lozano se hicieron con el centro del campo.

En esas llegaron los últimos quince minutos. En el 33’ Carlos Vela dio un gran pase a la diagonal de Layún por banda derecha que franco la tiró al portero, demostrando una vez más la fragilidad de la defensa germana. Dos minutos después, sin pausa, Herrera recuperó el balón para lanzar de nuevo al equipo hacia Guardado que cruzó frente al área para Lozano en la izquierda que recortó soberbio y con talante la puso al palo derecho de Neuer. Golazo. Cero a uno. El marcador ya no se movería. Pese a que en el 37’ la contestación inmediata de “La apisonadora” se materializó en una falta lanzada por Kroos a la escuadra de Ochoa que resolvió con los dedos enviándola al larguero. Paradón. Y en el 45’ de nuevo Carlos Vela en la frontal disparó para casi el cero a dos.

Los mejores cuarenta y cinco minutos que se han visto en este mundial hasta ahora dejaron en muy mal lugar a la defensa alemana, personificada en Hummels al que tampoco ayudaron las incorporaciones de los laterales y las pocas coberturas de Khedira o Kroos, porque Alemania estaba jugando prácticamente sin centro del campo.

En la segunda parte se notó el agotamiento físico de los mexicanos. Alemania salió mejor, predispuesta a la remontada, pero se mostró fofa en todo momento. El control táctico mermó la emoción que solo caía de un lado: ver si los alemanes eran capaces de responder con dos goles, pero todo se diluía en disparos desde fuera del área.

Ozil y Draxler parecían inclinados a tomar las riendas de su equipo, pero los cambios tampoco acompañaron para desmontar el caos. Antes, Carlos Vela hubiera estado a punto de marcar, en dos contra uno, si Chicharito le hubiese dado en condiciones un balón que le habría dejado solo ante la portería y con Neuer batido.

Entonces, mientras México metió gente de refresco y defensas para contener las ganas de los alemanes – Álvarez, que se incrustó como séptimo defensor, por Vela; y Rafa Márquez, que disputa su quinto mundial consecutivo, por Guardado -, Löw introdujo a tres delanteros o media-puntas más –Mario Gómez, Reus y Brandt – dejando al equipo en un 1-2-1-7 que cumplió a la perfección aquello de que no por meter más delanteros un equipo mete más goles.

Kroos, como único medio, tuvo sus mejores minutos. Mientras México defendía al más puro cholismo, Brandt se inventó una asistencia que dejó a Draxler solo y tirado a la izquierda y cuyo centro trató de rematar Mario Gómez sin fortuna. En el rechazo, el propio Brandt envió un boleón diabólico que se marchó fuera por poco.

Se cumplió así la profecía del campeón devastado, esta vez por México que ganó con justicia homérica.

En principio, Alemania no debería pasar apuros pese a la derrota, sus próximos rivales, Suecia y Corea del Sur, no tendrían que enviar a la lona al actual campeón del mundo. Pero Suecia ya eliminó a Italia en la repesca para clasificarse para este Rusia 2018. Y Francia, Italia y España jamás pensaron quedarse apartadas tan pronto en los anteriores mundiales.

 

Costa Rica 0 – Serbia 1

Casi todo el mundo reconoce que el escaparate de una competición internacional no es el mercadillo de las gangas para los fichajes de calidad. Ejemplos hay a patadas: los nigerianos fraudulentos tras USA 94’, la pléyade de franceses infructuosos que conquistaron los equipos europeos después del Mundia 98’ y la Eurocopa de 2000, Milan Baros, máximo goleador de la Eurocopa de 2004; lo senegaleses cuartofinalistas del Mundial de Corea y Japón; incluso los españoles que se han exportado en los últimos ochos años, la mayoría trabajan con más pena que gloria, aunque estén consiguiendo ganarse la vida dignamente. Al parecer todo el mundo lo sabe, menos los comentaristas de Cuatro, valedores esta tarde del media-punta serbio Milinkóvic-Savic, una frivolidad como que Luque promocionara, durante el encuentro que enfrentó a Costa Rica contra Serbia, que de eso se trataba, la nueva rutina de Mujeres Hombres y Viceversa en el canal rojo, como si aquello fuese algo de lo que presumir tras descabalgar al programa Las mañanas de Cuatro.

Una frivolidad como cuando Florentino Pérez intenta fichar saldos como De Gea y pone en cuestión al portero titular de su Real Madrid, Keylor Navas, el mejor de los ticos esta tarde que, pese a ello, no pudo evitar la derrota de su selección frente a Serbia por cero goles a uno.

El primer partido del grupo E del Mundial de Rusia, se aventuraba algo más ligero que los encuentros disputados entre la tarde del viernes y ayer sábado. Ninguna selección ha salido hasta ahora con carácter de campeón del mundo, ni siquiera Francia, y aún menos Argentina, siendo Croacia la única que ha dado muestras de intensidad con su victoria a Nigeria por dos goles a cero. El fútbol lo puso Perú, pero con poca fortuna pues salió derrotada por cero a uno contra Dinamarca.

Y ligero ha sido el partido porque tampoco se ha mostrado gran cosa. Un arranque prometedor por parte de Costa Rica, con un 1-3-4-3 que conforme pasaban los minutos se transformaba en los repliegues hasta formar casi una línea de seis atrás. Tuvo un cabezazo el defensor González en el minuto 11’ después de córner. Y Venegas fue muy activo por su banda izquierda. Pero a la hora de la verdad, fue Serbia la que demostró más confianza en ataque, sin jugadores que despuntaran, tampoco Milinkóvic-Savic, pero con un conjunto muy ordenado, con temple en el jugo horizontal y esperando su oportunidad.

Costa Rica estuvo muy limitada todo el tiempo. Si Bryan Ruíz no participaba del juego, si no bajaba al centro del campo para conducir y mandar balones hacia los extremos, “La Sele” no explotaba y se perdía en acciones personales de los extremos, principalmente de Venegas que terminaba las jugadas con centros muy malos o perdiendo el balón ante la defensa serbia.

Serbia en cambio aburría con el balón, pero se acercaba con profundidad. En el minuto 15’ Keylor Navas despejó un centro peligrosísimo de Ivanovic por la derecha. Y en el 35’ tuvo que sacar los puños con contundencia ante un saque de esquina mefítico de Kolarov. El orden de Serbia aguantaba el partido ante la evasión de Costa Rica, con un Ureña de delantero titular, una boya ágil con poca fortuna en el disparo a portería y que mandó un balón bien presentado al cielo; y con jugadas aisladas como la del minuto 41’, gran combinación que Calvo lanzó cerca del poste izquierdo. La respuesta de las Águilas Blancas fue una chilena de niño aún con pantalones cortos de Milinkóvic-Savic que Keylor atrapó.

En la segunda parte salió mejor Serbia y a los pocos minutos Navas hizo otro paradón en un mano a mano con Dmitrovic. Pero no pudo hacer nada el portero tico frente a la falta lanzada por Kolarov, desde el borde del área un poco más tarde, que coló el balón en la portería de un zurdazo fantástico.

Así que Costa Rica quemó todas las naves antes del minuto 75’ dando entrada a Bolaños, Campbell y Colindres. Habilidad y velocidad. Pero siempre se fue con precipitación hacia arriba, casi sorteando el centro del campo, y cuando no podía romper la severidad serbia, parecía que a ratos intentaba defender un empate ficticio.

El Costa Rica contra Serbia no ha despejado ninguna incógnita, teniendo en cuenta además que los mejores fueron Keylor Navas, el portero, por los costarricenses; y Kolarov e Ivanovic, los dos laterales, por los serbios. Lo que sí es cierto es que Óscar Ramírez hoy tendrá pesadillas al acostarse, pues la derrota frente al equipo entrenado por Krstajic deja a su selcción con pocas opciones en un grupo en que Brasil es la favorita para ganar los tres partidos.